Número 116  //  23 de febrero de 2001  //  29 Thw al-Qi`dah 1421 H.

 MUJER

 El velo y el terror
  Por Fatima Mernissi


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En nombre de la tradición contra la sociedad civil

¿Es posible que exista alguna relación entre el ideal del velo, aclamado por los jeques y emires del petróleo en los años ochenta ‑a veces impuesto por un programa religioso de Estado‑ y el crecimiento del terrorismo religioso en mu­chas de las capitales islámicas, en esta triste época marcada por la Guerra del Golfo, la crisis y la intolerancia? ¿Qué tiene que ver el ideal sagrado del velo, impuesto como polí­tica de Estado en muchos de los países ricos en petróleo, como Arabia Saudí, con estas oleadas de terrorismo religio­so?

Escribo esta introducción en la sangrienta primavera de 1993, cuando este enfrentamiento inútil entre Estado y oposición fundamentalista, cada día, se cobra víctimas civiles en las calles de El Cairo y Argel. Quiero proponer aquí que tanto las campañas a favor del velo en los ochenta como el terrorismo en los noventa forman parte de una estrategia infame para silenciar a los ciudadanos y frenar el proceso democrático. La extensión del terrorismo justificado por la religión en los años noventa es una respuesta atormentada de una sociedad musulmana mutilada, cuyas fuerzas progresistas fueron reprimidas salvajemente, en parte precisamente por esas campañas sistemáticas que pretendían escon­der la mitad de la población detrás de un velo.

Los artículos reunidos en este libro se escribieron en los años ochenta e intentan responder, desde diferentes ángulos, a la misteriosa pregunta que me obsesionaba por aquel en­tonces: ¿Por qué los Estados árabes son tan hostiles a las mujeres? ¿Por qué no las pueden ver como fuerza motriz del progreso? ¿Por qué ponen tanto empeño en humillarnos y rechazarnos? ¿Porqué siempre nos vuelven a rechazar y a excluir, a pesar del esfuerzo que realizamos para educarnos, ser productivas y útiles?

No comprendí el misterio de la hostilidad estatal hacia la mujer hasta que estalló la Guerra del Golfo. Fue enton­ces cuando se vio claramente que no se trataba tanto de una guerra contra la feminidad como de una guerra contra la democracia. Las mujeres simplemente constituían un grupo fácil de manipular porque no estaban organizadas y por lo tanto no ostentaban ningún poder, y además por la rica tradición misógina que se podía recalentar fácilmente y difundir por medio de las nuevas tecnologías (televi­sión, el monopolio de Estado sobre los libros de texto, etc.).

La Guerra del Golfo ilustra la perfidia de los Estados árabes. Fue iniciada no para defender los intereses de los ciudadanos sino para aplastar cualquier intento de construir una sociedad civil y de censurar cualquier posibilidad de controlar a los dirigentes. Además, la Guerra del Golfo de­mostró que no tiene sentido dedicar presupuestos elevados al ejército en los países árabes (en los años ochenta compra­ron el 4o% del total de las armas vendidas mundialmente), y según un estudio americano: «Oriente Medio sigue siendo el mayor mercado para la venta de armas y equipamiento militar. En 1987 en esta parte del mundo se importaron unos 17,9 billones de dólares en armas en total, casi el 38% del mercado mundiat.» (1)

De hecho esta inversión surrealista en la compra de armas inútiles, en países en los cuales la explosión demográfica es preocupante y donde el paro juvenil está creciendo rápida­mente, no‑ hubiera sido posible si las fuerzas progresistas hubiesen podido desempeñar su papel de constructores de la sociedad civil. No se hubiera podido malgastar parte de los recursos en la importación de armas inútiles, si los represen­tantes de los gobiernos y los ministros de los gabinetes tu­vieran que responder de sus decisiones, si sus políticas se debatieran y si los ciudadanos las pudieran controlar. La Guerra del Golfo también ha puesto en evidencia la impor­tancia del petro‑dólar y las inversiones de los emiratos del petróleo ‑con Arabia Saudí a la cabeza‑ en reforzar el Islam y los movimientos conservadores de extrema derecha. Son estrategias del Estado para debilitar la sociedad civil, lo mismo que la obligatoriedad del velo.

Los artículos «Reconstruir Bagdad» y «Vale más escribir que hacerse un lifting» se han escrito después de la guerra y explican lo que significa ser una mujer árabe y caer en la cuenta, después de años de estudio, que los representantes del Estado y los burócratas, los apparachiks que nos niegan la ilusión y la oportunidad de conseguir algo de dignidad, de disfrutar de nuestros derechos y de convertirnos en ciuda­danos responsables, capaces de debatir los problemas y de proponer alternativas, de hecho son nulidades mediocres sin otro poder aparte de la espada que blanden por encima de nuestras cabezas. Los burócratas de los países árabes no solo malgastan nuestro dinero, además convierten a la mujer en un objetivo estratégico para paralizar las libertades civiles.

Las campañas que se llevaron a cabo en los años ochenta para reforzar la obligatoriedad del velo tuvieron muchos efectos trascendentales. En primer lugar constituían un ata­que a la democracia: obligada a ponerse el velo, la mitad femenina de la población se hizo invisible como por arte de magia, volvió a la esfera doméstica y dejó de participar en la vida pública. Fue una manera de advertir a las mujeres que no había lugar para ellas en la esfera pública, que de hecho también estaba vedada a la otra mitad de la población.

En segundo lugar el velo distraía la atención, con mucho éxito, del problema acuciante del desempleo que crecía a pasos agigantados, sobre todo a causa de la explosión demo­gráfica incontrolada. Con uno de los índices anuales de na­talidad más altos del mundo (3,9%) se estima que la pobla­ción del mundo árabe ha crecido de 188 millones de personas en 1985 a 217 millones en 1990, un aumento de 29 millones de personas. Pero en lugar de obligar a sus ciuda­danos a debatir las causas del crecimiento demográfico in­controlado, que probablemente hubiera puesto en duda muchas políticas sociales y económicas, como la educación, la salud y la creación de empleo, además de reforzar las fuerzas progresistas, partidos, sindicatos y asociaciones no gubernamentales, los Estados árabes hicieron todo lo con­trario. Las fuerzas progresistas no solo fueron aplastadas por métodos autoritarios clásicos como el acoso y el encar­celamiento de los intelectuales, la prohibición de libros, la represión de la oposición por medio de la prohibición de las asociaciones; además se gastaron grandes reservas de petró­leo en la fabricación de una cultura antidemocrática. Se promocionó un petro Islam creado en el Ministerio del In­terior, cuyo mensaje principal es la obediencia ciega al jefe.

A principios «de los setenta la financiación sistemática de movimientos religiosos conservadores fue llevada a cabo como un programa estatal panárabe, impulsado principalmente por el presidente Sadat. «Anwar Sadat, al llegar al poder comenzó a revocar muchas de las políticas de Nasser. Comunistas y seguidores de Nasser se convirtieron en enemigos oficiales del régimen. Como el poder de Sadat se basaba únicamente en el apoyo del ejército, decidió reforzar la política de la derecha, sobre todo de la derecha religiosa. Así en 1971, alentado por Sadat, rey Falsal de Arabla Saudí ofreció cien millones de dólares al jeque Abdel Halim Malimotid, rector de Al‑Azhar (la famosa universidad religiosa de El Cairo y el centro más importante del saber islá­mico), para financiar una campaña a favor del Islam y en contra del comunismo y del ateísmo, en lo que de hecho era un tratado único entre un estado y una institución religiosa extranjera. La campaña publicitaria no ahorró en gastos: se escribieron libros, se construyeron mezquitas nuevas y se reclutaron estudiantes». (2)

El objetivo del Islam financiado por los petro‑dólares era bloquear el debate democrático en el mundo árabe: se prohibió el control de natalidad y se disimuló el desempleo así como la migración de los jóvenes que era su resultado, hasta llegar a la situación actual. Hoy día miles de jóvenes intentan escapar de sus tristes países autoritarios como in­migrantes clandestinos a Europa, mientras otros se unen a la protesta islámica militante y a veces caen en la violencia del extremismo terrorista.

Los países europeos protegen sus fronteras como si fue­ran las puertas de un harén, algo que en lugar de solucionar el problema de la migración crea situaciones muy desagra­dables, como la descrita aquí por la experta Graciela Mal­gesini: «Casi cada día en la costa mediterránea los windsurfistas adinerados despliegan sus velas coloridas y se echan al mar. Cada vez que el viento invita a estos acroba­tismos arriesgados en las crestas de las olas, también con­vierte al estrecho en una tumba inmensa para inmigrantes clandestinos marroquíes. Solo entre enero y octubre de 1992, se ahogaron más de doscientas personas. Cruzan el estrecho tomando muchos riesgos y con muy pocas posibi­lidades de éxito. La mayoría son capturados en cuanto lle­gan a tierras españolas o incluso en alta mar. En los prime­ros diez meses de 1992, 2.000 inmigrantes indocumentados fueron detenidos en las costas de Cádiz. En 1991, 2.500 fueron capturados solo en Andalucía. Por lo visto prefieren arriesgarse a seguir soportando la terrible miseria que reina en sus países.» (3) Al preguntarles porqué decidieron emigrar, muchos de los jóvenes contestaron: «La muerte es mejor que la miseria.» (4)

No se puede entender la extensión del extremismo y de los movimientos fanáticos de protesta que actualmente se producen en la cuenca sur del Mediterráneo, sin tener en cuenta a estos jóvenes desesperados de ambos sexos que no tienen ningún poder para influir sobre las decisiones políti­cas de su país y que cruzan el mar en barcos inestables en busca de una Europa fantástica que ya no existe. La inmi­gración clandestina y el fanatismo militante son dos caras de la misma moneda: la represión de la sociedad civil por gru­pos de interés y lobbies del petróleo, tanto nacionales como extranjeros; una situación que se hizo bien clara en la Gue­rra del Golfo.

En lugar de alertar a la opinión pública por la explosión demográfica y de analizar las mejores opciones para reducir el índice de natalidad ‑la educación de las mujeres es una de ellas, según los estudios demográficos internacionales‑, los Estados árabes insisten en la obligatoriedad del velo y se niegan a reconocer el analfabetismo y la marginación de la mujer como un problema. Actualmente no existe ningún programa estatal serio, comprensivo y democrático para combatir la explosión demográfica (significaría la promoción de la mujer) y por lo tanto se estima que en el año 2.000 la población árabe alcanzará los 281 millones de personas.' Si se tiene en cuenta que actualmente dos tercios de la po­blación árabe son menores de veinticinco años, esto significa que para el año 2.000 se tendrían que crear aproximada­mente unos 145 millones de puestos de trabajo.

Sin embargo, actualmente hasta las naciones desarrolladas y ricas del Mercado Común Europeo tienen que admitir que hay una recesión. Para justificarse ante los ciudadanos los gobiernos, cada día, proponen nuevas estrategias para crear esos puestos de trabajo ‑apenas unos millones‑ que hacen falta para cubrir todas las demandas. Los gobiernos árabes, en cambio, no tienen que dar explicaciones de ningún tipo. Evitan cualquier discusión de los graves problemas econó­micos, distrayendo la atención al campo de la discusión religiosa y dándole una connotación moral a cuestiones básicamente financieras, fiscales y comerciales. Por esto el comportamiento sexual de las mujeres (qué hacen con su cuerpo, si se peinan o se cubren el cabello), se discute en la televisión (controlada por el Estado) como si fuera una cuestión vital para la supervivencia de las naciones. Y de hecho en la historia de los países árabes modernos, el velo realmente lo es.  

La función del velo, hidshab, que en árabe literalmente quiere decir cortina, es evitar la transparencia, velar o escon­der determinados asuntos. Está claro que no me refiero al velo de una mujer que por libre albedrío, sin recibir presio­nes de los políticos o de su marido, decide llevar un pañuelo en la cabeza y cubrirse el cabello y la cara. Esto constituye una iniciativa propia, una elección personal como lo pueden ser la preferencia de un cosmético y de un peinado determi­nado. El velo del cual hablo continuamente en esta intro­ducción es un velo intrínsecamente relacionado con la polí­tica. Es el velo obligatorio impuesto por autoridades políticas como Jomeini, quien en julio de 1980 pasó la ley del hidshab, decretando la obligatoriedad del velo para todas las mujeres que trabajaban para el Estado, o el velo impuesto por la policía en Arabia Saudí. En este país las mujeres no pueden salir a la calle sin cubrirse el cabello; incluso las mujeres extranjeras tienen que cumplir este mandato.

Bien mirado, el velo y el terror tienen mucho en común: son dos fenómenos que se producen en lugares donde la libre expresión es censurada cruelmente, donde los políticos han optado deliberadamente por bloquear el proceso demo­crático para asegurar su propia supervivencia. El ideal políti­co del velo y del terror no son más que dos reflejos extraños y sexualmente distorsionados de la misma represión brutal de las voces de los ciudadanos y de su deseo de expresarse. Son reflejos de la misma mutilación de la expresión perso­nal, solo que el velo atañe a las mujeres y el terrorismo suele ser cosa de hombres.

La obligatoriedad del velo como una política de Estado que se apoya en la religión, la impusieron en los años ochenta señores musulmanes con petróleo tan distintos en­tre sí como el Imám Jorneini y el rey de Arabia Saudí. No perseguían un objetivo espiritual inspirado por la religión y dirigido contra el sexo, como muchos pensaron. De hecho la obsesión agresiva por el velo de los políticos ricos en petró­leo de los años ochenta no pretendía atacar a las mujeres, era un asalto al proceso democrático y una ofensiva contra so­ciedades civiles llenas de esperanza. El objetivo principal era evitar que hubiera transparencia en la toma de decisiones políticas. Y si escondían a las mujeres tras un velo no solo callaban al 50% de la población; además era una manera de difundir su mensaje: «Callaros y que no se os vea» como diría McLuhan. Y este mensaje se dirigía a ambos sexos, aunque solamente las mujeres fueron utilizadas como acto­res pasivos del escenario político.

En los años ochenta me preguntaba una y otra vez: ¿Por qué tantos políticos musulmanes utilizan su manera de en­tender la religión y nuestra tradición sagrada como excusa para obligar a las mujeres a cubrirse el cabello con un velo, a esconder su pecho en pesados tchadors y a caminar con la mirada modesta fija en el suelo? Si su objetivo era enseñar­nos el Islam ‑según ellos nos habíamos desviado del buen camino‑, entonces ¿por qué no nos enseñaban la belleza del Islam del Profeta Muhammad? Descubrí a Muhammad du­rante la investigación que llevé a cabo sobre Medina, ciudad donde vivió durante la primera década del calendario mu­sulmán (622‑632 del calendario cristiano). Se convirtió en el protagonista de mi libro Le Harem polítique, por ser un defensor de la dignidad de las mujeres y por abrirles las mezquitas en igualdad de condiciones que a los hombres. ¿Por qué estos políticos convertidos en imames insisten en una lectura del Islam que nos niega nuestra dignidad y nos exige obediencia? ¿Cómo es que no perciben todos estos datos históricos que demuestran el potencial de la mujer que podrían aprovechar para construir un Islam basado en los derechos humanos? El artículo «Las mujeres en la historia del Islam» ‑el impulso inicial de la reflexión que culminó en Le Harem polítique‑, da una idea de la facilidad con qué se podrían encontrar datos en las escrituras sagradas y en la historia clásica para defender los derechos humanos y la dignidad de la mujer, si este realmente fuera el objetivo de­los Estados islámicos, de sus líderes políticos y de los grupos que compiten con ellos, alegadamente por diferencias reli­giosas.

Es evidente que este no es el objetivo de los imames y emires del petróleo. Su interés por nuestra tradición espiri­tual más sagrada solo persigue el fin de mantenerse en el poder. Han utilizado el Islam como credo y como herencia histórica y cultural, únicamente para justificar a sus verdugos y para reafirmar su autoridad como censores y represo­res.

El Islam del petróleo fue financiado para enmascarar la realidad del despilfarro de los recursos humanos y económi­cos. Así los líderes pudieron continuar ejerciendo su poder autoritario sin ser controlados. Y esto era precisamente lo más urgente para los musulmanes, sobre todo las mujeres, en los años ochenta. Si las mujeres hubiesen podido influir en lo que los ingenieros políticos hacían, sus problemas reales, que iban más allá de peinados y velos, igual se hubie­ran llegado a discutir. Entre sus mayores preocupaciones estaban el analfabetismo, un sueldo justo, la seguridad social y como no, el control de natalidad. El analfabetismo de las mujeres en muchos países islámicos es grave y más extendi­do que en cualquier otra parte del mundo. Más del 80% de las mujeres son analfabetas en Mauritania, Sudán y Somalia, el 75% en Arabia Saudí, dos terceras partes en Marruecos y la mitad en Argelia, Libia, Túnez y Egipto, según un estudio de la UNESCO sobre el mundo árabe.(6) Sin embargo, esto nunca ha preocupado mucho a los políticos que hacían del Islam su causa, olvidando que los rasgos más importantes de esta religión son las solidaridad con la comunidad y la distri­bución igualitaria de los recursos y de las oportunidades. Un jefe de Estado musulmán realmente preocupado no podría haber ignorado el problema del analfabetismo; esta mutila­ción terrible que muchas mujeres tienen que soportar como si estuvieran ciegas en un mundo en el cual poder descifrar información, leer y escribir, se han convertido en derechos humanos básicos.

Si estos Estados en los años ochenta hubieran desarro­llado estrategias para combatir el analfabetismo de las mu­jeres en lugar de financiar los mensajes del Ministerio del Interior que incitaban a la obediencia, camuflados de reli­giosidad tradicional, el problema de la explosión demográ­fica se podría haber resuelto. Estadísticas realizadas en el Tercer Mundo vienen demostrando desde principios de los ochenta que el mejor control de natalidad es educar a las mujeres. Según los sondeos realizados, una mujer marroquí analfabeta probablemente tendrá de cinco a seis hijos. Si tiene acceso a la escuela primaria solamente tendrá cuatro. Con una educación secundaria, empieza a tomar en cuenta su calidad de vida y la de sus hijos, hace planes para ade­cuarse mejor a sus recursos y reduce el número de sus em­barazos. La miseria más apremiante, de la cual el analfabe­tismo es un buen indicador, no permite que la mujer se considere como un agente autónomo que puede controlar y dirigir su vida. La solución a la presión demográfica y a la cada vez más problemática migración en el Mediterráneo está enteramente en manos de las mujeres. Pero como seña­la el artículo «¿Planificación familiar sin democracia?», la solución no está en obligar a la mujer a tomar pastillas, sino en ayudarla a construir su propia autonomía económica y política. Y esto nos devuelve a la misma pregunta obsesiva que me formulo cada vez que pienso en nuestro absurdo mundo árabe surrealista, en el cual tenemos más que sufi­cientes recursos energéticos y talentos humanos como para emerger como una potencia mundial equilibrada, adminis­trada sin violencia y con una conciencia ética, pero dónde la mala administración, el dolor, la tristeza y la violencia son nuestro pan de cada día.

¿Por qué los políticos no pueden soportar a una mujer musulmana desafiante, que se planta delante de ellos, con los hombros bien altos y el pecho muy avanzado, mirán­doles a los ojos audazmente para descubrir lo que están tramando? ¿Por qué los políticos no soportan ver nuestro cabello y nuestras caras sin velo o que les miremos sin miedo de frente? Durante años me pregunté por qué era tan importante para los políticos que tuviéramos una acti­tud modesta, humilde, resignada, con la cabeza caída co­mo víctimas? ¿Por qué todos sueñan con esa criatura si­lenciosa y sumisa, totalmente escondida tras un velo? ¿Qué misterio se esconde tras este sueño político que contagia todos los escenarios políticos islámicos, tanto los de izquierdas como los de derechas, tanto los regímenes oficialmente establecidos como las oposiciones clandesti­nas? ¿Por qué todos los hombres musulmanes que eligen la carrera política de emires, si pueden controlar suficiente petróleo, o de presidentes de república, cuando no hay (o muy poco) petróleo a su alcance, de repente están obse­sionados por el sueño de la dama humildemente inclinada y siempre silenciosa?»

Algunas tardes de verano en la playa de Temara, cuando estoy muy cansada de todo, me siento en el balcón y obser­vo a todos estos jóvenes de ambos sexos que andan miles de kilómetros para escapar de sus barrios de chabolas y calles oscuras, para disfrutar de las playas de] Atlántico. Me pre­gunto hasta cuándo este mundo árabe, a punto de entrar en el siglo XXI, podrá permitirse el lujo de bloquear el diálogo entre el Estado y la juventud en general y las mujeres en particular. ¿Hasta cuándo los políticos árabes mantendrán vivo el sueño de la mujer obediente, cuando ellas no solo han dejado de vivir sus papeles tradicionales sino incluso han abandonado las fantasías tradicionales de los hombres, para crear otras como andar kilómetros para ir a la playa? ¿No sería mejor crear escuelas especiales en las cuales se formarían mujeres tradicionales para nuestros políticos, así se casarían con ellas y las amarían y nosotros podríamos seguir adelante con este país y organizar nuestros recursos democrática e inteligentemente para que sean más producti­vos .

A veces pienso que deberíamos hacerlo. Crear escuelas de este tipo o hacerles un lavado de cerebro a nuestros políticos para que olviden este ideal obsesivo de la mujer obediente, cabizbaja, sumisa y silenciosa. Quizás las mujeres musulma­4as deberían pensar en una vacuna liberadora que se podría inyectar en nuestros líderes políticos a los veintiún años. Si muestran algún interés por la política siendo niños, darles una pastilla para que acepten a una mujer autosuficiente e independiente. En cualquier caso, deberíamos hacer algo para ayudar a estos hombres para que vean la realidad y entiendan que esta criatura obediente ha desaparecido del mapa. ¡Y esto incluye a los países árabes!

Ninguna excusa de tipo cultural puede salvar a los políti­cos musulmanes de tener que enfrentarse a mujeres inde­pendientes. Igual que la esclavitud, que muchos de nuestros países árabes defendieron como nuestra cultura sagrada a principios del siglo, cuando las potencias coloniales inglesas y francesas la prohibieron en 1807 (7). Las clases dominantes africanas defendieron la esclavitud y consiguieron resistirse a la prohibición durante casi un siglo, hasta que la acción de vender o comprar esclavos fue criminalizada, pasaba a los tribunales y se cumplía la condena. De hecho todavía en 1956 un delegado saudí declaró que en su país entre 150.000 a 500.000 personas vivían como esclavos. Espero que noso­tras las mujeres no tengamos que esperar hasta el año 2093 para que nuestros líderes se olviden de sus fantasías de mujeres sumisas como animales de compañía. Necesitamos una vacuna o un truco mágico para que metan a otra mujer en su fantasía.

El verano pasado pensando en todo esto, me acordaba de un conocido anuncio de combustible: «¡Pon un tigre en tu motor!». Pensé que las mujeres musulmanas deberían lanzar una gran campaña publicitaria enfocada a nuestros líderes para machacarles el cerebro con el slogan «¡Pon una mujer fuerte en tu vida!». Aunque lo que realmente sería maravi­lloso, y el principio de una revolución cultural, sería tener acceso al dinero del petróleo, a los petro‑dólares, para fi­nanciar esta campaña.

Espero que la lectura de los artículos reunidos en este libro sea grata y que no se olvide que no podemos cambiar Wall Strect si no logramos cambiar la fantasía obsesiva de los emires. Porque los emires necesitan a Wall Street y Wall Street necesita a los emires. Y a ninguno de los dos les interesa tener mujeres independientes y autosuficien­tes, ni en tierras musulmanas ni en tierras del capitalismo herético.

Estos viejos artículos constituyen un intento desespe­rado de comprender lo que estaba pasando en mi vida y en la de millones de personas como yo en los años ochenta y espero que su lectura nos ayude a salir de este laberinto.

Ojalá alguien encuentre una solución alternativa para los emires, aparte de la vacuna, la publicidad o un lavado de cerebro.

 

Notas

1. Daniel Galik (ed.): World Military Expenditures and Arms Transfers, Washingtn D.F., US arms Control and Disarmament Agency. Defense Programs and Analysis division, 1988.

2. Mary Anne Weaver: «The Trail of the Sheikh», The New Yorker, (Nue­va York, 12‑4‑1993).

3. Graciela Malgesini es coordinadora del Centro de Investigación para la Paz de Madrid. Es experta en economía y estudios sociales. Su artículo apareció en el Middle East Report (marzo‑abril 1993).

4. Artículos en El País, (26‑8‑1993) y (4‑1‑1993).

5. Anuario Estadístico de la UNESCO, 1988.

6. Abdelkade Sid Ahmad: «Le Monde Arabe á PHorizon 200D», Unesco, BEP GP1/51.

7. Ibrahim Baba Kabé: «La Traite Négriere». en Présence Africaine, 1987.

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