Número 114  //  9 de febrero de 2001  //  15 Thw al-Qi`dah 1421 H.

 PENSAMIENTO

 Las tradiciones y el modernismo
  Por René Guenón

  
  La mentalidad moderna occidental llama progreso a marchar en  
  cualquier dirección, pero sin preguntarse hacia qué avanza, y llama 
  enriquecimiento a la dispersión en la multiplicidad materialista sin  
  principio ni fin.

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Mientras los otros hombres buscan para encontrar y para saber, el occidental de nuestros días busca por buscar, como un fin en sí mismo.

Las aspiraciones del occidental están por lo general estrictamente limitadas al mundo sensible y a sus dependencias, entre las cuales comprendemos la totalidad del orden sentimental y una buena parte del orden racional; hay seguramente loables excepciones, pero aquí no podemos tomar en cuenta más que la mentalidad general y común, que es la verdaderamente característica del lugar y la época... Mientras los otros hombres buscan para encontrar y para saber, el occidental de nuestros días busca por buscar.

El gusto enfermizo por la búsqueda, verdadera "inquietud mental" sin término y sin salida, se manifiesta muy particularmente en la filosofía moderna, cuya mayor parte no representa más que una serie de problemas absolutamente artificiales, que no existen sino porque están mal planteados, que no nacen y no subsisten sino en virtud de equívocos cuidadosamente mantenidos; problemas insolubles en verdad, dada la manera en que se los formula, pero que nadie tiende a resolver, y cuya única razón de ser consiste en alimentar indefinidamente controversias y discusiones que no conducen a nada y que no deben conducir a nada.

Así, sustituir el conocimiento por la búsqueda es simplemente renunciar al objeto propio de la inteligencia y es fácil comprender que, en estas condiciones, algunos hayan llegado finalmente a suprimir la noción misma de la verdad, pues la verdad no puede ser concebida más que como el término que se debe alcanzar, y ellos no quieren un término para su búsqueda...

Sentimentalismo y racionalismo no representan más que abusos.

No protestamos, desde luego, contra la existencia misma de la sentimentalidad, que es un hecho natural, sino solamente contra su extensión anormal e ilegítima; hay que saber poner cada cosa en su lugar y dejarla en él pero, para ello, hace falta una comprensión del orden universal que escapa al mundo occidental, donde el desorden es ley.

Denunciar el sentimentalismo no significa negar la sentimentalidad, así como denunciar el racionalismo no conduce necesariamente a negar la razón; sentimentalismo y racionalismo no representan más que abusos, aunque se manifiesten en el Occidente moderno como los dos términos de una alternativa de la cual es incapaz de salir.

El Occidente moderno, salvo en casos excepcionales, toma al mundo sensible como único objeto de conocimiento; y ya sea que se ligue preferentemente a una u otra de las condiciones de este mundo, o que lo estudie desde tal o cual punto de vista, recorriéndolo en cualquier sentido, el dominio en el que se ejerce su actividad mental no deja por eso de ser siempre el mismo; si dicho dominio parece extenderse en mayor o menor medida nunca llega muy lejos, y eso cuando no es puramente ilusorio.

El progreso material y la decadencia intelectual, en el estado actual de Occidente, se sustentan y acompañan mutuamente. No pretendemos decidir cuál de los dos es causa o efecto del otro, y tanto más cuanto que se trata en definitiva de un conjunto complejo en el cual las relaciones de los diversos elementos son en algunas ocasiones recíprocas y alternativas.

Sin intentar remontarnos a los orígenes del mundo moderno ya la manera en que ha podido constituirse su mentalidad propia, cosa que sería necesaria para resolver enteramente la cuestión, podemos decir esto: fue necesaria una depreciación y una disminución de la intelectualidad para que el progreso material llegara a tomar una importancia lo suficientemente grande como para franquear ciertos límites; pero una vez que comenzara este movimiento y que la preocupación por el progreso material fue absorbiendo poco a poco las facultades del hombre, la intelectualidad ha seguido debilitándose gradualmente.

La degeneración de la idea religiosa y el "moralismo".

Uno de los síntomas más notorios de la preponderancia adquirida por el sentimentalismo es lo que denominamos "moralismo", es decir la tendencia claramente marcada a relacionar todo con preocupaciones de orden moral y a subordinarles todo lo demás, y particularmente lo que se considera como propio del dominio de la inteligencia.

La moral, por sí misma, es un elemento esencialmente sentimental; representa un punto de vista tan relativo y contingente como sea posible concebir y que, por otra parte, ha sido siempre propio de Occidente; pero el "moralismo" propiamente dicho es una exageración de este punto de vista, que no se produjo sino hasta una época bastante reciente. Cabe señalar la obsesión, hasta en los materialistas más probados, de lo que se denomina "moral científica" o la "moral laica" que se sitúan en oposición con la moral religiosa.

¿Qué hay que entender por tradición?

Para nosotros la tradición, puede ser escrita lo mismo que oral, aunque habitualmente, si no siempre, haya debido ser antes que todo oral en su origen. Pero, en el estado actual de las cosas, la parte escrita y la parte oral forman por doquiera dos ramas complementarias de una misma tradición, ya sea religiosa o de otra especie, y no vacilamos en hablar de "escrituras tradicionales".

Etimológicamente, la tradición es simplemente "lo que se transmite" de una manera u otra. Además, es necesario comprender en la tradición a título de elementos secundarios y derivados, pero sin embargo importantes para tener de ella una noción completa, todo el conjunto de las instituciones de diferentes órdenes que tienen su principio en la misma doctrina tradicional.

Considerada así, la tradición puede parecer que se confunde con la misma civilización que es, según ciertos sociólogos, "el conjunto de las técnicas, de las instituciones y de las creencias comunes a un grupo de hombres durante un cierto tiempo". Pero esta definición no tiene en cuenta lo que hay de esencialmente intelectual en toda civilización, porque esto es algo que no se podría hacer entrar en lo que se llama las "técnicas", ... por otra parte, cuando se habla de "creencias"... hay ahí algo que supone manifiestamente la presencia del elemento religioso.

Nosotros decimos simplemente que una civilización es el producto y la expresión de cierta mentalidad común a un grupo de hombres más o menos extenso. De todos modos, no es menos cierto que, en lo que se refiere al Oriente, la identificación de la tradición y de la civilización toda entera está justificada en el fondo: cualquier civilización oriental, tomada en su conjunto, se nos presenta como esencialmente tradicional.

En cuanto a la civilización occidental, está por el contrario desprovista de todo carácter tradicional, con excepción de su elemento religioso, que es el único que ha conservado este carácter.

Las instituciones sociales, para que se las pueda llamar tradicionales, deben estar efectivamente unidas, como a su principio, a una doctrina de carácter tradicional también, ya sea esta doctrina metafísica, ya religiosa, o de cualquier otra clase concebible.

Una doctrina cuya naturaleza fundamental es, en todos los casos, de orden intelectual; pero la intelectualidad puede hallarse en ella en estado puro, entonces se trata de una doctrina propiamente metafísica, o bien encontrarse mezclada a diversos elementos heterogéneos, lo que da nacimiento al modo religioso y a otros modos de que puede ser susceptible una doctrina tradicional.

En el Islam, la tradición presenta dos aspectos distintos, de los cuales uno es religioso, y es al que se adhiere directamente el conjunto de las instituciones sociales, mientras que el otro, el que es puramente oriental, es verdaderamente metafísico.

Confundir tradición con costumbre o superstición.

Pero es en los pueblos anglosajones donde el "moralismo" se encarna con más intensidad, y es también allí donde el gusto por la acción se afirma en las formas más extremas y brutales; estos dos elementos, están en consecuencia fuertemente relacionados entre sí. Hay una singular ironía en la concepción corriente que representa a los ingleses como un pueblo esencialmente apegado a la tradición, y quienes así piensan confunden simplemente tradición con costumbre.

La facilidad con que se abusa de ciertas palabras es verdaderamente extraordinaria; hay quienes han llegado a llamar tradiciones a usos populares o inclusive a hábitos de un origen totalmente reciente, sin alcance ni significado; en cuanto a nosotros, nos rehusamos a dar ese nombre a lo que no es sino un respeto más o menos maquinal de ciertas formas exteriores, que en ocasiones no son más que "supersticiones" en el sentido etimológico de la palabra.

El moralismo no es más que una regla de acción en un período de decadencia intelectual".

La verdadera tradición está en el espíritu de un pueblo, de una raza o de una civilización, y tiene razones de ser de una profundidad absolutamente diferente. El término superstición designa una cosa que se sobrevive a sí misma en tanto ha perdido su verdadera razón de ser. En efecto, atribuir un valor a las palabras por sí mismas independientemente de las ideas, no introducir idea alguna bajo estas palabras y dejarse influenciar solamente por su sonoridad, constituye una superstición.... es la tendencia a referir a la experiencia sensible, el origen y el término de todo conocimiento: negación de todo lo que es intelectual, eso es lo que siempre encontramos como elemento común en el fondo de todas estas tendencias y de todas estas opiniones, porque es, efectivamente, la raíz de toda deformación mental y porque dicha negación está implicada, como presuposición necesaria, en todo lo que contribuye a falsear las concepciones del Occidente moderno.

El sentimiento debe estar guiado por la idea.

No puede haber ningún cambio importante ni durable si no descansa desde un principio sobre la mentalidad general. Los que sostienen lo contrario son todavía víctimas de una ilusión muy moderna; al no ver más que las manifestaciones exteriores, toman los efectos por las causas y creen de buen grado que lo que no ven no existe; lo que se llama "materialismo histórico", o la tendencia a referir todo a los hechos económicos, es un notable ejemplo de dicha ilusión.

Los "dirigentes", conocidos o desconocidos, saben bien que para actuar con eficacia deben ante todo crear y sostener corrientes de ideas o de pseudoideas y no se privan de hacerlo; aun cuando estas corrientes son puramente negativas, no por ello dejan de ser de naturaleza mental, y es en el espíritu de los hombres donde debe germinar en primer lugar lo que inmediatamente después ha de realizarse en el exterior; aún para abolir la intelectualidad hace falta en primer lugar persuadir a los espíritus de su inexistencia y orientar su actividad en otra dirección.

El sentimiento, si no está guiado y controlado por la idea, no engendra más que error, desorden y oscuridad; no se trata de abolir el sentimiento, sino de mantenerlo en sus límites legítimos, y del mismo modo con respecto a todas las demás contingencias.

En Occidente el desorden en todos los dominios se ha vuelto tan evidente que se comienza a poner en duda el valor de la civilización moderna y de su antitradicionalismo.

La restauración de una verdadera intelectualidad, se nos manifiesta como el único medio de poner fin a la confusión mental que reina en Occidente; no es sino a través de ello que pueden ser disipadas tantas vanas ilusiones que estorban el espíritu de nuestros contemporáneos, tantas supersticiones con un grado distinto de ridiculez y de falta de fundamento como el que evidencian todas aquéllas de las que se burlan equivocadamente las personas que quieren pasar por "esclarecidas"; y no es sino a través de ello que se podrá encontrar además un terreno de unión con los pueblos orientales.

Si Oriente puede soportar pacientemente la dominación material de Occidente, es porque conoce la relatividad de las cosas transitorias y porque lleva, en lo más profundo de su ser, la conciencia de la eternidad.

La tradición admite todos los aspectos de la verdad; no se opone a ninguna adaptación legítima; permite a quienes la comprenden, concepciones mucho más vastas que todos los sueños de los filósofos que pasan por ser los más atrevidos, pero también mucho más sólidas y valiosas; en fin, abre a la inteligencia posibilidades tan ilimitadas como la Verdad misma.

La fabricación del mundo moderno

De la ruptura con la Tradición ha nacido el mundo moderno en Occidente.

"Hay una palabra que fue honrada durante el Renacimiento y que resumía por adelantado todo el programa de la civilización moderna: esta palabra es "Humanismo". En efecto, se trataba de reducirlo todo a proporciones puramente humanas, de hacer caso omiso de todo principio de orden superior y se podría decir simbólicamente de dar la espalda al cielo con el pretexto de conquistar la tierra" (La crisis del mundo moderno).

"Si todo en la civilización moderna aparece como cada vez más artificial, desnaturalizado y falsificado... nos parece que bastaría con un poco de lógica para decirse que si todo se ha vuelto artificial, la mentalidad misma que corresponde a este estado de cosas no debe serlo menos que el resto, que también ella debe ser 'fabricada' y no espontánea" (El reino de la cantidad...) y que es el producto de una "gigantesca alucinación colectiva" (Oriente y Occidente).

"¿Cómo una atrofia tan completa y general de ciertas facultades ha podido producirse efectivamente? Para ello ha sido necesario que, de entrada, el hombre haya sido inducido a poner toda su atención exclusivamente en las cosas sensibles y es por allí por donde, necesariamente, se ha debido empezar esta obra de desviación que se podría denominar la "fabricación del mundo moderno" (El reino de la cantidad...).

Satán en hebreo es "el adversario", es decir, aquel que invierte todas las cosas, es el espíritu de la negación y de subversión, que se identifica con la tendencia descendiente o "inferiorizante", "infernal" en el sentido etimológico, la misma que siguen los seres en este proceso de materialización progresiva según la que se efectúa todo el desarrollo de la civilización moderna" (La crisis del mundo moderno).

"Cuando calificamos de 'satánica' la acción antitradicional... debe ser bien comprendido que esto es totalmente independiente de la idea más particular que cada uno podrá hacerse de lo que es denominado 'Satán' en conformidad con ciertas ópticas teológicas o de otro tipo, pues es evidente que las 'personificaciones' no tienen importancia desde nuestro punto de vista. Lo que hay que considerar es, por un lado, el espíritu de negación en el que 'Satán' se convierte metafísicamente hablando, sean cuales fueren las formas especiales de las que pueda revestirse para manifestarse en uno u otro terreno y, por otro, lo que propiamente lo representa y 'lo encarna', por así decirlo, en el mundo terrestre donde consideramos su acción y que no es más que lo que hemos llamado la contrainiciación".

"La contrainiciación (en lo que se refiere a su origen mismo, procede de la fuente única a la que está vinculada toda iniciación...) pero procede de ella por una degeneración que llega hasta su grado más extremo, o sea, esa 'inversión' que constituye el 'satanismo' propiamente dicho".

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