Número 114  //  9 de febrero de 2001  //  15 Thw al-Qi`dah 1421 H.

 AL- ÁNDALUS

 El resurgir del Islam en Al-Ándalus VII
  Por Ali Kattani


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Capítulo segundo

La opresión y la cristianización  (1492-1568 d.J.)

2.2 Los Tribunales de la Inquisición Católica en España (13)

La idea de los tribunales de la Inquisición apareció en el siglo XIII d.J. con el aumento gradual de la arrogancia de la Iglesia Católica y su esfuerzo en el control de las conciencias de la gente, en los países que estaban bajo su dominio. Fue el Papa de Roma quien hizo el encargo a algunos obispos de castigar a quien tuviese ideas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia, aplicándose este sistema al principio en Italia, Francia y Alemania, dónde habían realizado una gira los representantes del Papa por todos los rincones de dichos países, a fin de hacer llegar las noticias a la gente, y acusar de infiel a todo el que se opusiera, apresarlo y castigarlo. Para ello se celebraron asambleas eclesiásticas temporales como reafirmación de los tribunales iniciales de la Inquisición. Se disolvía el tribunal, después de la persecución de los acusados y su eliminación. Y así castigó la Iglesia Católica durante generaciones completas, a intelectuales y sabios en toda Europa, con la máxima dureza y con métodos criminales que no tenían ninguna conexión humanitaria. 

            Más tarde se crearon tribunales permanentes en los conventos franciscanos y dominicos, dónde los obispos se hicieron cargo de presidirlos con total autoridad. En cuanto a las instrucciones y los alegatos se resolvían por métodos secretos, y el veredicto no podía ser apto para su anulación, después de ser publicado. Así mismo se permitía el testimonio de los niños, esclavos y mujeres en contra del acusado, al tiempo que no se les permitía testificar a su favor. Y en muchos casos los veredictos estaban centrados sobre la base de las declaraciones de culpabilidad del acusado obtenidas por medio de la argucia y las torturas. Estos tribunales fueron verdaderos especialistas en el refinamiento de los métodos de tortura, que mayormente acababan con la vida del acusado, o se veía impedido en lo que le quedara de vida. No tenían los tribunales prevista la prisión fija, sino que se arrojaba a los acusados a las prisiones durante temporadas, estas eran oscuras, con poco aire, y los ataban con cadenas. Les hacían padecer de sed y de frío o calor; hambre y torturas psicológicas. La mayoría de las penas se centraban en la confiscación, para el enriquecimiento de las arcas de los Tribunales de la Inquisición y sus funcionarios; la prisión de por vida; la de remero en galeras; la del trabajo en las minas; y la ejecución de morir quemado en la hoguera. El más dichoso quién era puesto en libertad después de pagar una fianza enorme. Los tribunales de la Inquisición sacaban sus autos criminales con la quema de libros prohibidos. ¿Cuántos libros de sabios y filósofos han sido quemados?

            Así fue como persiguieron los Tribunales de la Inquisición Católica, por todos los rincones de Europa, a seguidores de creencias no católicas, como los alvinos y los judíos. Más tarde comenzaron a dar caza a todos aquellos que presentaban síntomas de duda en sus creencias católicas conforme a los decretos cambiantes de la Iglesia. Así pues, fueron atacados sabios y pensadores; exiliados y quemados, de otro lado, una inmensa multitud de los que fueron acusados de magia y adivinación.

            El primer tribunal de la Inquisición se creó en la Península Ibérica y en el Reino de Aragón en el siglo XIII d.J., y su sistema fue fijado en el año 1242 d.J. conocido por el Viejo Tribunal. Este Tribunal se empleó con tal dureza en contra de los alvinos que el sólo hecho de oír su nombre producía terror y pánico. Más tarde, el Reino de Castilla pensó en la fundación de los Tribunales de la Inquisición para la persecución de los cristianos de origen judío, aquellos que empezaron a ejercer influencia en el Estado y en la Iglesia, y se convirtieron en el centro de las miradas de envidiosos y rencorosos. Llegaron a tener una gran influencia económica y un rango considerable en la sociedad castellana. Comenzó la Iglesia Católica a observarlos con cierta sospecha, y a acusarlos de practicar los rituales judaicos en secreto y de conspirar contra los cristianos. Enrique IV, rey de Castilla, publicó en 1459 d.J., una orden real a los obispos para investigar y recabar información en sus círculos, acerca de los renegados de ideas escondidas discrepantes de las católicas. Y así comenzó la vejación de la Iglesia contra los judíos cristianizados, siendo quemados una gran multitud de ellos antes de la caída de Granada.

            Los Tribunales entonces, no abarcaban a los musulmanes o los mudéjares, sino que el Papa de Roma Sixto IV, envió un emisario encargado de la confirmación, la captura, y la correspondiente pena de los disidentes de la Iglesia. Temieron por su autoridad en principio, los Reyes Católicos Fernando e Isabel, y se plantaron contra esta tentativa papal, deteniendo a los obispos en la persecución de los cristianos de origen judío. Sin embargo, la resistencia de los Reyes Católicos no duró mucho, ya que enviaron a su embajador al Papa el año 1478 d.J. para este asunto. Y el Papa publicó un edicto en el mes de noviembre del mismo año con la fundación del “Tribunal de la Inquisición” en Castilla y el nombramiento de los inquisidores para la “caza del infiel y el proceso a los renegados”. Fueron enviados como delegados los tres primeros inquisidores en el mes de septiembre del año 1480 d.J., a Sevilla, la capital de Castilla entonces. Comenzando así su trabajo infernal los Tribunales de la Inquisición en contra de los musulmanes en España.

            En su primera acción, el Tribunal, exigió a todos convertirse en espías para la Iglesia, realizando investigaciones sobre los “desviados” y los “infieles”, y colaborando en la aportación de pruebas contra ellos. Los primeros sacrificados por estos Tribunales fueron los cristianos de origen judío, siendo procesados miles de ellos, confiscadas sus riquezas, y quemados en el fuego cientos de inocentes, mientras que el resto fue despojado de sus derechos y hasta de su humanidad.

            Fue ampliado el “Santo oficio de la Inquisición” en febrero del año 1482 d.J., con el nombramiento papal de siete nuevos inquisidores, promulgado por los Reyes Católicos. Así mismo, a continuación se fundaron Tribunales para la Inquisición en Valladolid, Segovia, Toledo, Córdoba y Jaén, generalizándose después los Tribunales en los dos Reinos, el de Castilla, y el de Aragón.

En enero de 1483 d.J., se publicó un edicto papal con la creación de una Corte Suprema para el Santo oficio de la Inquisición, compuesta de cuatro miembros, uno de ellos el Inquisidor General, Presidente de la Corte, con plenos poderes en todos los asuntos religiosos. Y en octubre del mismo año, se publicó otro edicto papal con el nombramiento de un confesor (e.d. el sacerdote, al cuál se le declaran los pecados para perdonarlos, conforme a las creencias de los cristianos) de los Reyes, el sacerdote Tomás de Torquemada,  Inquisidor General, y le fue encargada la elaboración de nuevos estatutos para el Santo oficio mencionado.

Compuso Torquemada en Sevilla una Comisión de Inquisidores generales, que  instauró en el año 1485 d.J., el nuevo sistema del Santo oficio con una serie de decretos y ordenanzas. Después, se reunió una segunda Comisión en Valladolid el año 1488 d.J., y una tercera en Ávila en el 1498 d.J. Más tarde, la Corte Suprema tomó el cargo del orden y la elaboración de las ordenanzas.

Y así fue como se formaron los Tribunales de la Inquisición Católica en España, los cuáles reúnen entre el carácter religioso y el nacionalista, y que infringieron a los musulmanes toda una gama indescriptible de castigos, torturas e injusticias. Y el primer “Inquisidor General”, Torquemada, fue un hombre malvado y fanático, no tenía escrúpulos ni conocía la compasión, con un apasionamiento desmesurado por la altivez, la pompa, el lujo y el poder. En el año 1494 d.J., el Papa le envió como delegados a cuatro de los Inquisidores Generales y les confirió la misma autoridad que él tenía. Al morir en el año 1498 d.J., le sucedió en el cargo el “Inquisidor General” el clérigo “Diego Deza”, obispo de Jaén.  

            El tribunal comienza su trabajo con el informe, de parte de un individuo en persona o no. De manera que cuando el informante es conocido se le hace venir para que presente su testimonio, el cuál se considera “inspección preparatoria”. Es posible la acusación a una persona por el método de la sospecha o por medio de la confesión ante su sacerdote. Ya que los católicos tienen el deber de confesar sus pecados o faltas al sacerdote para que éste le absuelva, y a su vez podía utilizar estas confesiones en contra del confesor. Después se exponía “la inspección preparatoria” a los “clérigos declarantes”, aquellos que declaraban si la sospecha dirigida contra el acusado podría entrar en la consideración de infiel o no. Y teniendo en cuenta que la mayoría de los clérigos eran ignorantes fanáticos, sus declaraciones iban encaminadas a la culpabilidad en la mayoría de los casos.

            Y conocido el caso de culpabilidad, se apresaba al acusado y se mandaba a la cárcel secreta del Tribunal, se le confiscaban sus bienes y se liquidaban al momento, y se le cortaban sus conexiones con el mundo exterior hasta que terminara el proceso, el cuál duraba largos años. Los gastos del proceso y la cárcel del acusado se pagaban de sus bienes confiscados, que a veces hasta se le confiscaban incluso antes de que se conociera su culpabilidad.

            Cuando el acusado era apresado ni siquiera sabía cuál era la causa de su ingreso en prisión, y además se le concedían tres “comparecencias de aviso” en tres días consecutivos y en los que se le pedía que confirmara la realidad. Se le prometía un trato amable en el caso de que lo confirmara todo, y por el contrario, un duro castigo si lo negaba. Pero esa promesa, en realidad era una vergonzosa deslealtad, y aunque el acusado confesara el delito que no había perpetrado se le imponía la pena sin compasión ni miramiento alguno, y si se confesaba infiel no tenía escapatoria de morir en la hoguera. Mientras que, si el acusado rehusaba confesarse culpable de cualquier delito después de las tres comparecencias, se le enviaba a la tortura. A veces, hasta incluso se le enviaba a la tortura aunque se confesara culpable de los delitos que se le imputaran, si se suponía que hubiera ocultado otras cosas.

            Era tal la variedad y dureza de las torturas y los tormentos, llegando a un grado de salvajismo inimaginable, que en muchas ocasiones el acusado reconocía todo cuanto se le imputara, prefiriendo morir antes que soportar la tortura. A veces, la crueldad de las torturas llegaba al extremo de morir el acusado en brazos de los clérigos torturadores. Los procedimientos de tortura eran numerosos y diversos como: la inmersión en el agua; el arrastre; la atadura; hincar el florete; machacar los huesos; despellejar la piel; el despedazamiento de miembros; el desgarro de mandíbulas y otros refinamientos. Las torturas eran presenciadas por los verdugos y los clérigos inquisidores, y sin que el acusado supiera la causa de su tortura y que era concretamente lo que se le pedía que confesara. Y después de confesar todo lo que se le pedía durante la tortura de una forma total y completa no era posible la vuelta atrás ni los clérigos inquisidores detenían el tormento al acusado, si no estaban realmente satisfechos con sus confesiones. Y si por el contrario, el acusado persistía en su negativa a confesar y se libraba de morir durante la tortura, su paciencia no le iba a servir de nada, ya que en cualquier caso se le aplicaría la acusación que se le imputaba. Cuando concluían los clérigos jueces instructores de la asamblea de tortura, pedían al acusado que se presentara al día siguiente para aclarar su confesión durante la tortura, y si se contradecía era devuelto de nuevo al tormento.

            Al término de la confesión el acusado preguntaba por su defensor, y si no tuviera, el Tribunal elegiría para él un abogado de los registrados en el Santo oficio para su defensa. Y ésta no era más que una farsa, porque el abogado se comprometía a abandonar a su defendido en cualquiera de las etapas del proceso si viera que la razón no estaba de su parte, y no fuera posible acceder al expediente del caso o sentarse a solas con el acusado. Y si el abogado se compadecía del acusado, se exponía a la misma acusación de su defendido.

            Después del alegato y el interrogatorio se elevaba el asunto a los clérigos inquisidores para dar su opinión de nuevo como preparación del veredicto final. Y en la mayoría de las veces el nuevo veredicto no difería del anterior. Si existía la culpabilidad se le permitía al acusado interponer un recurso. Y pocas veces conducía el recurso a la revisión del veredicto. Al acusado le era posible anunciar su arrepentimiento y pedir el perdón al Papa a cambio de una gran suma de dinero, si lo tuviera.

            Si la sentencia del acusado era la absolución, y pocas veces sucedía, se le daba un certificado por su limpieza de pecados y como una compensación a la pérdida de su dinero, su honor y su salud injustamente. En cuanto a la acusación si era grave, se le conducía de la cárcel sin saber su destino y pasaba por el Auto de Fe. Se le vestía con la túnica “sagrada”, se le ponía una cuerda al cuello, y en su mano una vela. Después, se le conducía a la iglesia para el arrepentimiento y más tarde a la plaza de ejecución. Allí se le leía la sentencia por primera vez: prisión a cadena perpetua y confiscación total de sus bienes, o la sentencia a morir quemado en la hoguera en el caso claro de “infiel”. Y si la acusación es leve la sentencia es de cárcel por un periodo limitado de tiempo o el pago de una multa. Y ésta sentencia se llamaba del “acuerdo”. 

            Las sentencias a morir en la hoguera eran muchas, y tenían lugar como inmensos espectáculos tumultuosos a los que asistían de espectadores los obispos, hombres del Estado, y la gente llana, de la misma forma que la gentuza de Roma era espectadora de los primeros cristianos cuando eran arrojados a los leones hambrientos en las grandes celebraciones. Los que más acudían a presenciar estas celebraciones de quema en el fuego eran el propio Rey y los hombres más prestigiosos de su Estado. Se quemaban a los acusados colectivamente en procesiones de la muerte y a veces, hasta familias enteras de padre, madre e hijos. El Rey Fernando era de los admiradores en la observación de los musulmanes quemándose.

            Los Tribunales de la Inquisición a veces juzgaban incluso a los muertos, se levantaban sus tumbas y se sacaban a los cadáveres para castigarlos. Los ausentes también eran perseguidos por los Tribunales de la Inquisición en su ausencia. Y los miembros de estos Tribunales gozaban de inmunidad total para cualquier seguimiento. En la mayoría de las veces eran viles de comportamiento, y no se avergonzaban de cometer todo tipo de crímenes y atrocidades, el menor de ellos era dejarse sobornar y desfalcar la riqueza de los inocentes, y el peor era el de la violación y muerte de mujeres y hombres, como mencionan los libros expuestos sobre este tema tanto en España como fuera de ella.

            Cuando los andalusíes fueron forzados a cristianizarse y se les cambió para pasar de un pueblo islámico al pueblo morisco, musulmanes en secreto y cristianos manifiestos. Y cuando fracasaron todas sus revoluciones después del año 1502 d.J., se convirtieron en un bocado apetitoso en manos de estos Tribunales de la Inquisición, que los consideraban cristianos y que los observaban con atención individualmente y en grupos para arrancarles todo vestigio del Islam, de creencia, cultura o lengua. Y los musulmanes de Granada estuvieron sujetos a esos Tribunales de la Inquisición desde el anuncio de su cristianización forzosa en el año 1499 d.J.. Y fue designado el Tribunal de Granada parte de la jurisdicción del Tribunal de la Inquisición en Córdoba. 

            Veremos ahora la tragedia de los moriscos en manos de los Tribunales de la Inquisición.

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