Número 115  //  16 de febrero de 2001  //  22 Thw al-Qi`dah 1421 H.

 MUJER

 La mujer musulmana y la economía
  Por Hend Razgallah*


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Probablemente el tema de mi pequeña ponencia os resulte inusual, pero tranquilos, no voy a soltar un rollo soporífero, sino que hoy quiero compartir mi modestísima opinión con los presentes, y contribuir en lo posible a que salgamos todos de aquí ya que no ricos económicamente, por lo menos sí en ideas y en respeto mutuo.

 Las relaciones económicas deben interesarnos a las mujeres como musulmanas, como productoras y como consumidoras. El trabajo, génesis de la economía y fuente de muchas formas de riqueza, es el fundamento de toda vida social. ¿Qué dice específicamente el Islam respecto a la economía? Todo lo escrito se reduce a tres ideas esenciales: la economía debe tener una dimensión ética, no debe existir riba o usura (traducido en lenguaje moderno, ni intereses ni especulación), y no debe haber una dialéctica social basada en la lucha de clases. Los llamados bancos islámicos surgen a finales de los 70 y principios de los 80, gracias principalmente al boom del petróleo.  Aunque los bancos islámicos aparecieron inicialmente para favorecer la financiación de pequeños artesanos, han acabado financiando a los que ya son ricos. Dicen atenerse 
a la prohibición de la usura, pero muchos de ellos realizan sus inversiones especuladoras a través de bancos extranjeros. El florecimiento de la banca islámica es prooccidental, aunque culturalmente islamista, por lo que algunos críticos la llaman “Petro Islam” o Islam americano debido a la obvia alianza estratégica de los EEUU y las familias gobernantes del Golfo dentro de un capitalismo mundial liderado por los americanos. Así que no nos hagamos ilusiones, no suponen ninguna alternativa al capitalismo.

Creo que todos estaremos de acuerdo en que no existe contradicción alguna entre economía e Islam. La polémica está en la asociación de dos sustantivos, mujer y trabajo. Es un hecho que en demasiadas de nuestras sociedades de mayoría musulmana hay una fuerte oposición a compatibilizar ambos términos. Que nos quede claro que esta supuesta incompatibilidad no está ligada a nuestra religión, sino a una cierta lectura del Islam hecha por los dirigentes políticos, sean del signo que sean. Dentro de las familias urbanas de clase modesta, el trabajo no es un fenómeno nuevo para la mujer. En las regiones rurales es sencillamente indispensable, ya que la mayoría del trabajo agrícola es realizado por mujeres. Y la mujer trabajadora no sólo en el ámbito doméstico era figura habitual en los primeros tiempos del Islam. Hoy día, como mujeres musulmanas nos vemos confrontadas a dos tipos de argumentos: una tesis “tradicionalista” que reduce el ideal de mujer sólo a madre y esposa, y un segundo argumento “modernista” en el que contamos sólo si somos “miembros productivos”.

Debemos elegir.  Pero tengo un problema, y es que yo no me quedo ninguno de los dos. Hoy quisiera que las musulmanas dejáramos de lado nuestra supuesta “sumisión” y ejerciéramos la verdadera libertad, la que radica en nuestra mente,  la que no nos da ni nos quita ninguna prenda de vestir, ningún hombre o mujer, ningún Estado ni ninguna ONG. Porque como mujeres musulmanas podemos y debemos demostrar que las ideas no dependen de que se vea el pelo o no. Decía que no me conformo con ninguno de los dos modelos que se nos ofrece, creo firmemente que debemos encontrar una tercera vía. Nada nos impide a las mujeres musulmanas asumir libremente un trabajo digno, pero debemos conseguir cambiar el concepto laboral actual para que la economía esté nuestro a servicio y de nuestras familias, y no como ahora, que se reduce a la máxima “produzco beneficios, luego existo”. Esta tercera vía debemos crearla nosotras mismas, en nuestros países, y debe surgir de nuestras propias experiencias para cubrir nuestras necesidades, en vez de responder ciegamente a las necesidades ideológicas del mundo occidental. Aún estamos a tiempo  de evitar recrear un ritmo de vida que desfasa y borra nuestras referencias existenciales,  que engendra el desarraigo cultural, la pérdida del sentimiento de identidad y la precariedad social. Si queremos plantar cara de forma efectiva, debemos aprender a conocer el cacareado nuevo orden mundial que adora exclusivamente los tipos de interés y que destruye sociedades enteras, nuestras sociedades llamadas con desprecio tercermundistas, y producto conscientemente buscado de la división internacional del trabajo.

No penséis que las relaciones económicas internacionales  no influyen en nuestras vidas, porque una gran injusticia engendra cien pequeñas, y un Estado tirano crea mil pequeños tiranos familiares. Recuerdo un proverbio africano que dice que cuando los elefantes luchan, es la hierba la que sufre.  Y todos los días nosotras, nuestras familias, nuestros países son hierba pisoteada por el mercado mundial. Como musulmanas debemos conocer para denunciar ese espejismo de la globalización económica que lo único que globaliza es la injusticia, la desestructuración y la dualización del tercer mundo en unos cuantos, riquísimos, y una inmensa mayoría pobres de solemnidad. Se nos dice que la democracia será la panacea de todos nuestros problemas, pero nunca ha sido menos democrática la economía mundial. En 1960, el 20% de la humanidad, el más rico, tenía 30 veces más que el 20% más pobre. En 1990, la diferencia era de 60 veces, y en el presente año ronda las 90 veces. Nuestras economías están exhaustas, gracias al rol policial que ejercen los organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional que obliga a los Estados a someterse  al mercado mundial y practican un auténtico terrorismo económico sobre los grupos sociales más vulnerables.

Se habla de comercio mundial,  pero las exportaciones latinoamericanas no llegan al 5% de las mundiales, y las africanas suman el 2%. Cada vez cuesta más lo que el sur compra, y cada vez cuesta menos lo que vende. Pero es que además la única manera de enriquecerse es ejerciendo la economía virtual, en la que el dinero se reproduce por generación espontánea, técnicamente llamada especulación. En 1997, de cada 100 dólares negociados en divisas, sólo 2 dólares y medio tuvieron algo que ver con intercambio de bienes y servicios.

Los países desarrollados, muy generosamente, tienen una cantidad destinada a ayuda externa. Claro ejemplo de ello es el África Negra que padecía, en 1995, el 75% de los casos de sida en el mundo, pero sólo recibía el 3% de los fondos distribuidos por los organismos internacionales para la prevención de esta enfermedad. Pero aún hay más: Según las Naciones Unidas, los países en desarrollo envían a los países desarrollados, a través de las desiguales relaciones comerciales establecidas, 10 veces más dinero que el dinero que reciben por la ayuda externa.

Son en países del Tercer mundo, muchos de ellos musulmanes, en los que se libran las más encarnizadas batallas de este siglo. Datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos indican que los mayores vendedores de armas son los EEUU, el Reino Unido, Francia y Rusia. Está claro quién pierde vidas y quién gana dinero.

Los musulmanes no debemos permitir que nos reduzcan a cifras de producción, a cantidades, a beneficios. Un ejemplo de esta reducción es un informe de UNICEF de 1998, que argumenta así para pedir ayuda:

“Las carencias de vitaminas y minerales en la alimentación cuestan a algunos países el equivalente de más del 5% de su producto nacional bruto en vidas perdidas, discapacidad y menor productividad”. Este informe, este cinco por ciento del PIB, se refiere a los 12 millones de niños menores de 5 años que mueren anualmente por diarrea, anemias y diversos trastornos ligados al hambre. 12 millones de nuestros hijos.

Y nada de todo esto cambiará nunca si no tomamos conciencia del mundo en el que estamos, y sobre todo si no nos posicionamos. Si no participamos en él como mujeres, como musulmanas, codo a codo con nuestros hombres. Corramos la voz sin miedo, hablemos entre nosotras de cómo la división internacional del trabajo, en la que nuestros pueblos ponen el sudor y las multinacionales se llevan el dinero, no es una ley natural; contemos nuevos cuentos a nuestros hijos en los que les expliquemos cómo esos lindos juguetitos que la cadena McDonald’s les regala se fabrican en Vietnam, donde las obreras trabajan 10 horas seguidas por 80 centavos, en barracones cerrados a cal y canto, o como sus Nike  las han hecho niños igual que ellos, explotados de mil maneras diferentes para que nosotros tengamos nuestros bonitos artículos de consumo.

Como musulmana, lo mal repartida que está la riqueza en el mundo me apabulla, ver como los Gobiernos esquilman a su propio pueblo con la connivencia internacional cuando interesa políticamente, me apabulla. Pero también me apabulla no escuchar casi ninguna de nuestras voces  que se alce contra ello. Debemos ser capaces de ofrecer una alternativa seria al actual orden socioeconómico,  tomando como base el Islam, pero bien lejos del engañoso discurso emocional integrista que, desgraciadamente, es el único que se está escuchando desde hace una década.

* Ponencia presentada en el debate "Musulmanas puertas abiertas", debate entre mujeres, del 8 de marzo del 2000

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