El silencio

Por Yasin Casado


 

El silencio, la calma y el retraimiento (o mejor, el recato), liberan lo auténtico de las cosas. Alumbran las cosas desde dentro. De ahí la vigencia sempiterna, para el hombre instalado en la autenticidad, de lo dicho en el Antiguo Testamento: “Haz para tus palabras balanza y peso, y para tu boca puerta y cerrojo” (Ecc. 28,29). A nosotros, hombres del estrépito, el silencio nos es de urgente necesidad. Si en un momento se llegara a la calma completa; si enmudeciera todo lo incidental, caduco y múltiple; si cesara el clamor de los sentidos, acaso entonces, se llegaría a pensar el ser hasta su borde y amarlo de corazón indiviso.

El que quiera oír lo auténtico, tendrá que acallar una vez todas las voces. El silencio no significa mera ausencia de palabras. No es una cosa negativa, sino que él mismo es algo. Es una profundidad, una plenitud, una corriente apacible de vida oculta. Todo lo grande y auténtico se cosecha en el silencio. Sin el silencio erramos la realidad, no sondeamos el ser... Lo que se hace, se hace callado... Por eso, todos los santones y los místicos de todos los tiempos han fomentado la práctica del silencio. Porque, realmente, sólo en el silencio comienza el alma a interiorizarse. El silencio está preñado de grandeza y autenticidad. Lo importante resuena en las fibras del corazón.

El silencio no se hace automáticamente en el hombre. Es una tarea. Hoy necesitamos, precisamente, del recogimiento. El recogimiento es la victoria de la unidad en el fondo del alma... El silencio esencial (de un hombre ‘recogido’) surge, casi siempre, sólo al cabo de una vida larga y muy probada. Cuando tenemos ante nosotros a uno de esos “callados ancianos”, barruntamos una nueva posibilidad de ser, una gran dicha y un tesoro escondido. Esos hombres han tocado el fondo, donde han liberado lo esencial, lo que es independiente de toda circunstancia externa, lo que doquiera y en todo tiempo está presente, así en el dolor como el gozo...

Decía Sören Kierkegaard que “los silenciosos son lo poco que nos queda de seres sometidos a Dios”. Y es que la auténtica ‘experiencia’ se realiza siempre en el apartamiento del ‘tumulto’, en el desierto. “...Pero he aquí que Yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón” (Oseas 3,14). La postura primordial de la mente es, como decía Heráclito , “oír la verdad de las cosas”, distanciarse del tumulto de la inautenticidad, de la mediocridad, de la medianía y del palabreo. En el silencio, con los ojos bien abiertos y admirativos, había de recorrerse el paisaje del ser. La plenitud de la autenticidad no se le abre al hombre que no realice el silencio que todo lo envuelva, que no sepa hacer de la cortesía y del miramiento para con todos los seres, su actitud esencial. Esta actitud distinguida de que carece tanto el hombre del  estrépito y de la cháchara, es la propia de una persona que a nadie ni nada infiere violencia o sufrimiento. En este ‘callado desprendimiento’ se abre la realidad al hombre.

Mamad (s.a.a.s.) no era hombre de gritos. En el corazón de Rasulullah tenía el silencio el primer puesto: el amor venía antes que la acción, la pureza antes que el éxito, el sentimiento antes que la obra, el silencio antes que la palabra. Las decisiones más importantes de su vida las tomó ‘aparte’, en el silencio... Silencio que él ya conoció en la etapa previa a la Revelación coránica, en su etapa de desierto, hasta que Allah (t.) le dictó el Sagrado Qur’an. Con respecto al propio Corán, hay que señalar que el Libro sale del silencio y vuelve al silencio (sukut). Es un Libro recitado. Una lectura. Es dinámico y por eso emerge de su opuesto, la quietud. Como dice Sheij Abd al-Qadir, “el silencio es tanto el vacío continuo del que vienen las palabras y las letras como la zona en la que el sonido resuena y a la que los sonidos vuelven”. Es el espacio dentro del cual se manifiesta el tiempo de las letras. O se podría decir igualmente que es el tiempo dentro del cual se manifiesta el espacio de las letras. El silencio ‘dura’, pero también ‘se extiende’[i]. “El primero que fijó la atención en el silencio del Qur’an fue Al-Hallaj, afirmando que ‘el que escucha las palabras del Corán, percibirá también su silencio...’ El que verdaderamente recita el Corán puede escuchar también su silencio a fin de ser perfecto...” Pero la sentencia más impresionante del místico sufi es ésta: “El libro es la Palabra que procedió del silencio...”[ii]

Nosotros somos la ex-sistencia de una ‘sistencia’ que nos permite estar distendidos (en el tiempo) y extendidos (en el espacio), subsistiendo en Allah, el Señor de los mundos. Y el silencio es la matriz de toda palabra auténtica en el tamiz del universo. Del silencio primordial surgió el logos. El silencio es la encrucijada entre el tiempo y la eternidad. El silencio asoma en el momento en que estamos situados en la fuente misma del Ser; la fuente del Ser no es el Ser, sino ‘la fuente’ del Ser —el Ser ya está de este lado del velo—. Este locus previo, anterior, originante, es el Silencio de la Vida. La vida pura y desnuda es el don que nos ha sido dado —y que en última instancia somos—. Y a partir de aquí, podemos adquirir —en estado adámico— conocimiento (Ma‘arifa).

Hay unos cuantos dísticos de Ángelus Silesus que nos conminan a no salir del ámbito del silencio para llegar a una experiencia cognitiva profunda, porque “no hay nada en todo el universo que se parezca tanto a Dios como el silencio” (Meister Eckhart). Esto no es teología apofática  y mucho menos aún asociacionismo, pues no se trata de otra cosa sino de una aproximación al Único Real, sin asociado, abriendo la puerta de la contemplación, sabiendo escuchar; y escuchando descubrimos que el más alto saber es no saber, y que cada vez que se intenta conceptuar o encerrar en cualquier molde —teologizando— a Allah, estamos cometiendo una profanación, una blasfemia.

“Dios está tan por encima de todo, que no se le puede hablar.           Adórale por eso en silencio” (I, 240)

"Hombre si quieres pronunciar  el Ser de la eternidad, antes tienes que romper por completo todo hablar” (II, 68)

  “Cuando piensas en Dios, le oyes dentro de ti. Te callas y te estás quieto; te habla entonces continuamente” (V, 330)

[Der cherubinische Wandersmann. El peregrino querubínico.]

—Ángelus Silesius—

Ningún concepto, ninguna noción pueden definir a Allah, que no es cognoscible ni reducible a lenguaje alguno. De nuevo el místico alemán nos lo dice repitiendo una tradición unánime:

“Mientras más conozcas a Dios, más te darás cuenta que menos puedes conocer quién es” (V, 41)

Dicho de otra manera, aquello que el hombre forja con su mente es lo que puede comprender; pero por aquello que puede comprender no es Dios. La idea de Dios que el ser humano forma por sí mismo no es más que un fantasma, una ilusión, puesto que Dios está más allá de toda razón humana. El Islam, por eso, no considera a Dios como objeto de estudio (de ahí que le sea extraña, afortunadamente, la ‘teología’), pues sabe que esto equivaldría a convertirlo en ídolo. Encerrar a Dios en el molde de nuestro yo sería egolatría e intentar representarlo un sacrilegio. Todo esto es propio de las religiones —como lo es el rito, la magia, el sacramento...—, y el Islam no es una religión.

El Islam es adoración pura, y el musulmán es el hombre natural, inocente, desnudo, que experimenta la infinitud tanto a través del intelecto —por el conocimiento (‘irfân) que no llega a su fin—, como a través del corazón —por el amor que nunca alcanza totalmente el objeto amado en esta vida—, como por la acción, que no llega jamás a completarse. Por eso, ante el abismo inconmensurable e inefable de Allah, que es insondable e inasible, el silencio se impone.

Nunca se insistirá lo suficiente: no hay diálogo más comunicativo que aquel en que no hay palabras, o las palabras han  sido desplazadas por el silencio. Los walis de todos los tiempos constatan admirablemente este hecho: en la medida en que el alma va elevando y profundizando sus relaciones con Dios, van desapareciendo primeramente las palabras exteriores, y después las palabras interiores. Finalmente, desaparece todo diálogo. ¡Y nunca hay comunicación tan densa como en este momento en que no se dice nada!

El universo también fue silencio a lo largo de millares de siglos. No había abajo ni arriba, no había límites ni contornos. Todo era un silencio informe... En medio de este silencio cósmico resonó la Palabra —pronunciada por Allah: sé (tú) Kun—  y brotó el universo. La Palabra fue, pues, fecunda. Pero el silencio también fue fecundo.

Por analogía, podemos observar cómo todo artista, científico o pensador necesita desplegar en su interior un gran silencio para poder generar percepciones, ideas e intuiciones. La vida crece silenciosamente en el oscuro seno de la tierra y en el silencioso seno de la madre. La primavera es una inmensa explosión, pero una explosión silenciosa...

Fijémonos también cómo los grandes movimientos de la historia se han gestado —con el permiso de Allah (t.), que es el que todo lo dispone— en el cerebro de los grandes silenciosos.  Los hombres más profundos y dinámicos de la historia son los que han sido capaces de sostener cara a cara el combate con el silencio y la soledad, sin quebrarse. Así, el Profeta Elías (cf. 1 Rey. 17, 1-8), el Profeta Jesús (cf. Mt. 4, 1-12), y, por último, Muhámmad el Enviado de Dios, la corona de la profecía, en su etapa previa —de soledad y silencio en la cueva de Hira...— a la Revelación coránica. La soledad y el silencio nos remiten a la metáfora del desierto, puesto que en el desierto el espacio y el tiempo están aún más cerca del origen que en los propios bosques —la patria del vidente es el desierto, la del hombre de acción, el bosque—. Sin distracciones, sin dispersiones, sin fragmentaciones, en el desierto nos entregamos totalmente a Allah ‘como un cadáver’ en manos de quien lo lava.

Permanecemos en Él (Hu) no sólo momentáneamente, durante unas horas pasajeras, sino permanecemos en Él... Permanecemos en Él durante nuestras relaciones con las personas y nuestro trato con las cosas. Penetramos cada vez más íntimamente en esta profundidad. Aquí está ciertamente la soledad interior donde Dios quiere atraer al alma para hablarle. De esta manera, descendemos cada día por ese sendero del Abismo que es Allah, pues “un abismo llama a otro abismo” (Sal. 41,48). Es ahí, en lo más profundo, donde va a realizarse el encuentro divino, donde el abismo de nuestra nada, de nuestra miseria, va a hallarse frente a frente con el abismo de la misericordia, de la inmensidad, del todo de Allah. Es ahí, donde lograremos la fuerza necesaria para morir a nosotros mismos y donde, aniquilando nuestro nafs, quedaremos transformados en amor; “Bienaventurados los que mueran en el Señor” (Apoc. 14, 13). Los ‘locos de Dios’ han elegido este lugar de reposo interior para descansar en Él eternamente. Este es el Silencio donde ellos, en cierto modo, se han perdido. Liberados de su prisión, navegan por el océano de la Divinidad sin que nadie se lo estorbe o se lo impida. “Soy un pájaro: este cuerpo era mi jaula, pero me he ido volando, dejándola como un signo”, así rezaba un poema escrito por Gazzali (el gran sufi del siglo XI).

En consecuencia, el alma debe primeramente humillarse, sumergirse en el abismo de su nada, penetrando tan profundamente en él, que, según la sublime expresión de un místico cristiano unitario, “halle la paz verdadera, inalterable y perfecta que nada puede turbar, pues ha descendido tanto que nadie irá allí a buscarla” (J. Ruysbroeck). Es entonces cuando el alma podrá adorar —¡Ah, la adoración!, es una palabra propia del Paraíso—. Se la podría definir diciendo que es el éxtasis del amor. Es el  amor que padece —la ‘patti divina’— una especie de desfallecimiento, que cae en total y profundo silencio, en aquel silencio de que hablaba el Profeta David cuando decía: “el silencio es tu alabanza” (Sal. 71,15). Entonces el alma, sumergida en el silencio y sin diálogo interior alguno, ‘siente’ una corriente cálida y palpitante, aunque latente, de comunicación, y ya no afirma nada. Nada explica. No entiende ni pretende entender. Está en esa posesión colmada en que los deseos y las palabras callan para siempre. Al wali que está en dicho estado le basta estar ‘a los pies’ del Único Real sin saber y sin querer saber nada, sólo mirando y sabiendo que es mirado (aunque, en realidad, en el último estadio de la gnosis sufi nos percatamos de que nunca miramos, sino que siempre fuimos mirados: la alteridad es el último ídolo a batir...), como en un sereno atardecer en que se colman ‘completamente’ las expectativas, donde todo parece una eternidad quieta y plena. Podríamos decir que el alma contemplativa está muda, embriagada, identificada, envuelta y compenetrada por la presencia, por la Faz de Allah, que está doquiera nos volvamos...

“Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado”.

Fray Juan de la Cruz. “Noche oscura”, 8.

Al ser espiritual, al amigo de Dios, no le interesan los ‘vestidos’ de Dios, le interesa ‘Él mismo, en sí mismo’, no la figura sino la sustancia, no Dios-Palabra sino Dios-Silencio, aunque nunca Él es ‘tan’ Palabra, ‘tan’ sustancia como en este momento de silencio. Pues sólo el silencio puede abarcar a ‘Aquel que es’ y está por encima de los conceptos y las palabras. Por eso, debemos evitar siempre y a toda costa ‘figurarnos’ a Dios. Toda imagen, toda forma representante de Dios debe desvanecerse. Hay que ir, pues, ‘silenciando a Dios’, despojándolo de todo cuanto signifique ‘localidad’, recordando que a Dios le corresponde el verbo ‘ser’, y no el verbo ‘estar’: Él ‘no está’ lejos o cerca, arriba o abajo, adelante o atrás. Él es el Ser. Él es la presencia pura y amante y envolvente y penetrante y omnipresente. Él es.

De todo lo anteriormente dicho, se deduce claramente porqué en el Islam no existe una teología. No es necesaria. La declinación del Ser de Allah, el Ser de los Seres, está definida por Él en el Corán. Por ende, la declaración de la Unidad del Ser es suficiente. En su “Fusus al-Hikam” dice Muhÿi l-Din Ibn al-‘Arabi: “En el universo no hay sino lo significado por la multiplicidad. Quien se detiene junto a la multiplicidad, lo hace junto a la existencia formal, junto a los Nombres iláhicos y los nombres del Mundo. Y quien se para al lado de la Unicidad, lo hace junto al Verdadero en cuanto a Su Identidad suficiente y que prescinde de los mundos. Y si es suficiente en Sí frente a los mundos, la determinación de Su suficiencia lo es respecto a la relación de los Nombres a ellos: los Nombres Le corresponden del mismo modo que la significan y significan otros denominados que verifican sus vestigios. “Di: Él es Allah, Uno y Único...”, en cuanto a Sí mismo, “...Allah es Absoluto...”, en cuanto a que nos apoyamos inevitablemente en Él, “...no ha engendrado...”, tampoco, “...Nada se le iguala”, también. Estos son sus epítetos: hace singular Su Identidad en Allah es Uno y Único, y a la vez afirma la multiplicidad por Sus atributos con los que se nos hace conocido. Nosotros engendramos y somos engendrados, y en Él descansamos, y nosotros nos asemejamos los unos a los otros. He aquí al Uno abstraído de todos esos epítetos: Él es suficiente en Sí ante ellos, como lo es ante nosotros.” (“Los engarces de la sabiduría: engarce de sabiduría fulgurante en la palabra de José”).

Terminemos este artículo con la Surat al-Ijlas, la azora de la pureza, una de las más bellas del Sagrado Corán y en la que se proclama con una sinceridad inigualable la Unidad divina:

Bismillahhir-Rahmanir-Rahim.

Qul huwa’llahu ahad,

Allahu samad,

lam yalid wa lam yulad,

wa lam yakun lahu kufu’an ahad.

 

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.

Di: ‘Él es Dios, es único,

Dios, el solo,

no ha engendrado ni ha sido engendrado,

y no tiene a nadie por igual”.


[i] Cf. “Indicaciones de los signos”, cap. 1

[ii] “Riwayat”, V,II