Pasos en el Islam

Abdurrahman Pérez


 

(...) Cuando buscamos el Espíritu, cuando intentamos hacernos receptivos a Él, usamos formas que necesitamos de apoyo. Somos nosotros, no el Espíritu, quien necesita las formas. Pero si hablamos del Espíritu no podemos ser exclusivistas, no podemos distinguir entre ninguno de Sus mensajeros. El mensaje del Espíritu es tan amplio como las criaturas que deben recibirlo, y nosotros, como individuos, no podemos ni soñar en agotar Sus vías.

Es cierto que, con la mejor de las intenciones, podríamos intentar constreñir a nuestro hermano dentro de la ropa con que nos sentimos tan cómodos. Pero quien se vence a sí mismo, quien se sobrepone a sus pasiones y obsesiones, ése es el vencedor.

Y si alguien, ingenuo, intenta imponernos algo, digamos Allâh, y dejémoslos con sus caprichos. Vale la pena intentarlo.

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Decíamos Allâh, y dejábamos a los ingenuos con sus caprichos. Pero, ¿qué es eso de decir Allâh?

Decir Allâh puede ser muchas cosas:

Puede ser afrontar cada situación en la vida con algo que es más grande. Cuando algo nos preocupa, Allâh es más grande y más real que nuestra preocupación. Cuando algo nos hostiga, Allâh es el refugio y la defensa ante el que todo hostigamiento revela su falta de realidad.

Allâh puede ser todas las formas y apoyos que necesitamos para cruzar el puente de nuestra vida. Puede ser cada hito en el camino, cada parada y fonda que nos nutre y repara nuestras fuerzas para otra etapa, tras la cual nos espera amorosamente para compartir las penas y alegrías de la jornada.

Pero decir Allâh es también decirlo; simple y llanamente decir: Allâh.

Y mientras lo decimos, lo llamamos y lo evocamos. Buscamos a Allâh mediante su nombre. Lo decimos, y volvemos a decirlo, una vez, y otra, y otra... Creemos que sabemos lo que es, pero son caprichos y pretensiones que vamos dejando de lado. Y seguimos diciendo Allâh mientras dejamos que se vaya toda idea con que lo queramos unir. Allâh no es esto ni aquello, no es ninguna criatura, no podemos abarcarlo con el pensamiento. Decimos Allâh constantemente, sin limitarlo con imágenes ni ideas, sino sólo con el corazón.

Digamos Allâh con el corazón, y dejemos caprichos y pretensiones.  

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Decimos Allâh con el corazón, y dejamos caprichos y pretensiones.

¿Cómo es esto posible? Si decir Allâh con el corazón se ha convertido en la voz natural de nuestro interior, estará alumbrando en nuestra consciencia el pensamiento de que Allâh es algo que es mayor que cualquier cosa que podamos concebir: Allâhu akbar. Esta es la expresión que dama por salir de nuestro ser. Decimos Allâhu akbar. Lo decimos, lo decimos, lo volvemos a decir... Allâhu akbar. Allâh es mayor que todo, que cada cosa, que cada pensamiento. Allâhu akbar, porque nos llena. Allahu akbar, porque nos embarga y nos supera. Allâhu akbar, y nos postramos con la frente en el suelo. Allâhu akbar, y todo lo que podríamos contraponer para comparárselo no es nada, está a la altura del suelo, y por eso llevamos al suelo la mente arrogante, rendida al corazón que dama sin parar: Allâhu akbar, Allâhu akbar, Allâhu akbar.

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Allâhu akbar: esto dice nuestro corazón y nuestra mente se inclina ante la evidencia de que Allâh, en nuestro corazón, es mayor que cualquier cosa concebible. Y es que Allâh es único en su género, no hay nada como Allâh: lá iláha illá Allâh.

Nuestro corazón, henchido de Allâh, acompañado por la prosternación de cuerpo y mente, se desborda por la boca y nos hace decir: lâ ilaha illâ Allâh, lâ ilaha illâ Allâh, lâ ilaha illâ Allâh... La lengua no llega a parar el paso del aire, nada para al Espíritu.

No hay nada como Allâh, lâ ilaha illâ Allâh...

Y el corazón sigue creciendo mientras dice lâ ilaha illâ Allâh, una y otra vez. Prosternado con el cuerpo, la lengua desatada en lâ ilaha illâ Allâh, y el corazón rebosante de Allâh. Tanta plenitud nos empuja y nos lleva a la acción. Y empezamos por el salât.  

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Empezamos por el salât. Por el salât nos hacemos conscientes de lo que somos, de qué es la vida, de qué es la muerte. Pasamos de la arrogancia de creer saber, al reconocimiento de que no somos nada permanente; no somos sino lo que Allâh quiere que seamos. Y descansamos sentados, ni arrogantes ni aniquilados, sino en una postura de equilibrio desde donde podemos ver cielo y tierra, y amoldar la tierra al camino del cielo.

El salât es escuela, y el salât es camino. El salât nos habla desde nosotros mismos. Agucemos el corazón para escuchar las múltiples voces del salât.

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Aguzamos el corazón para escuchar las múltiples voces del salât, y escuchamos la voz de nuestro propio testimonio. Con nuestro salât nuestro cuerpo dice que lá iláha illá Allâh, que no somos sino lo que Allâh quiere que seamos. Pero lo decimos con el cuerpo; no abandonamos el cuerpo cuando lo decimos, sino que nos proyectamos a Allâh desde nuestro cuerpo, como cuerpo que somos. El cuerpo es el ser que Allâh nos da, es un signo de Allah, es uno de los nombres de Allâh, es un mensaje de Allâh... Cuando nuestra conciencia se abre al sentido del cuerpo como mensajero de Allâh, sólo puede verse embargada por esa revelación y alabar, aliviada y agradecida. este regalo de la existencia real: ¡Alabadísimo es el Mensajero de Allâh! Muhammad rasúl Allâh - Muhammad es el rasül de Allâh. Y entonces no diferenciamos entre todos los mensajeros de Allâh; no los diferenciamos en la práctica, en el trato, sino que todos nuestro hermanos como criaturas de Allâh participan en el derecho a aquello que Allâh pone en nuestras manos para administrarlo. Compartir no es hacer concesiones. ¿Quiénes somos nosotros para conceder nada? Compartir es hacer que las cosas crezcan, es hacer zakát, es hacer que las cosas recobren, mediante nuestro acto de compartir, la dimensión inmensa de regalos de Allâh, que llegan a la existencia en nuestras manos.

Dejemos de hacer cosas, ayunemos de todas nuestras costumbres, y nos estaremos asomando a una dimensión infinita del universo, descubriendo lo que son realmente las cosas, descubriendo lo que somos realmente. No voy a estropear ese descubrimiento personal manchándolo y deformándolo con mis palabras particulares. El ayuno hay que vivirlo buscando a Allâh, apartando los ídolos que nos reclaman que les rindamos culto, cuando el camino nos lo había marcado el testimonio de que lá iláha illá Allâh, y que Muhammad rasûl Allâh.

Tras todo esto sólo nos resta volver a casa, al centro del Ser. Quien pueda, tiene el camino libre para cumplir su anhelo, para festejar en la Casa de Allâh, meta a la cual nos orientamos y orientamos nuestros pasos en el Islam.

Y Allâh sabe más sobre nuestros pasos.

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Allâh sabe más sobre nuestros pasos, unos pasos que nosotros, como individuos particulares, necesitamos dar. Cada decisión que tomamos es un paso que damos: ahora doy un paso, ahora me detengo... Siempre estoy decidiendo, siempre estoy dando pasos. Y mis pasos no tienen por qué llevarme a ningún sitio, pero necesito mis pasos para llegar a mi meta. Mis pasos no me llevan, pero son la compañía que necesito. Puedo creer que mis pasos me llevan a mi prójimo; que me llevan a mi Origen, que es mi Meta; que me llevan a mí mismo, que me soy tan íntimo. Y es verdad que mis pasos me acompañan en mi camino hacia el momento en que abra los ojos a mi prójimo, a mi Señor, a mí mismo. Hasta ese momento seguimos dando pasos. Cada salât es un paso, cada ayuno es un paso, cada zakât es un paso, el peregrino da pasos, cada esfuerzo es un paso, y la shahâda, la contemplación activa, es el gran paso que nos pone en ruta hacia ser plenamente humanos, es el gran paso que nos libera de ser esclavos de las fantasías ilusorias; la shahâda nos libera de ser como animales que sólo responden a estímulos, a premios y castigos. Esta contemplación activa de la shahâda nos hace posible que tomemos decisiones basadas en el conocimiento de la realidad, no por conseguir un premio o por evitar un castigo, sino porque nuestra decisión corresponde a algo real, verdadero, auténtico, haqq. Y entonces nuestros pasos comienzan a tener sentido, empiezan a llevamos al despertar.

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Cuando empezamos a tomar decisiones basadas en el conocimiento de lo real, nuestros pasos comienzan a tener sentido y a acompañarnos al despertar. Pero se trata no sólo de despertarse, sino de permanecer despierto. Y para mantenernos despiertos necesitamos apoyarnos en algo real. Si buscamos el apoyo de algo ilusorio seguiremos soñando un mundo irreal, viviremos en un espejismo que terminará por esfumarse; pero si nos apoyamos en algo que refleje, en sí mismo, el lugar que ocupamos en la realidad, entonces ese apoyo será siempre una luz y una puerta abierta a ese estado de continuo despertar con que damos sentido a nuestros días.

Si vivimos cada detalle de cada acto de ‘ibâda, estamos despertando. Cuando buscamos lo real de cada cosa, cuando nos concentramos en vivirlo en cada momento, estamos despertando a aquellos aspectos de lo real que se nos quieren revelar en cada ocasión. Vivimos inmersos en la realidad, pero a veces relajamos la mirada, y entonces confundimos nuestras brumas miopes con las luces que nos empeñamos en difuminar. Enfoquemos la mirada. El mundo no es el caos que parece, el mundo no es la imagen chata de una pantalla plana; el mundo es un bello volumen en relieve que nos habla del sentido que tiene. Enfoquemos la mirada, y que la realidad nos hable hasta que aprendamos a entender los infinitos sentidos que nos regala. Enfoquemos la mirada hasta descubrir este infinito regalo que siempre estuvo ante nuestros ojos, este regalo que está inserto en el propio tejido de aquello que me mueve, que me - rodea, y que me hace ser. Enfoquemos la mirada, que este sentido, que este tesoro, es la realidad.  

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Enfoquemos la mirada en la realidad.

Pero enfocar la mirada no es cosa de un momento único para luego revivir el recuerdo de lo que se nos dio a ver en aquella ocasión, porque vivir del recuerdo es negarse a vivir la riqueza de aquí y ahora.

Enfocar la mirada es apartar y quitar todo lo que no nos deja mirar a lo que realmente tenemos delante. Un pensamiento, una idea, una creencia, un apego, una aversión, una certeza, un objeto, una persona, una arrogancia, una humildad, una justicia, una injusticia... Todo ello puede taparnos la mirada. Por eso necesitamos acostumbrarnos a tener una mirada de hierro, afilada, que traspase y rasgue el velo de lo aparente, de lo parcial, de lo temporal. Debemos acostumbrarnos a lo real...

Enfocar la mirada y acostumbrarnos a lo real: ésta es la tarea del despertar. Cada ídolo al que nos aferramos se esfuma en un espejismo cada vez que despertamos, y vemos que era un sueño vacío. Mientras estemos dormidos necesitamos despertamos, y la ‘ibâda plena y consciente es clave para este despertar. Cada acto de ‘ibâda es dejar a un lado los ídolos y enfocar nuestro ser en lo real. Cada acto de ‘ibâda es una shahâda en la que contemplamos activamente el despliegue de lo real. Cada acto de ‘ibâda es ser plenamente humano al vivir, en todo nuestro ser, la realidad de que lâ ilaha illâ Allâh.

Wa alhamdulillahi rabbu al'alamîn