Manco en Lepanto

Umar Ribelles


 

“A la guerra me lleva mi necesidad.
Si tuviera dineros, no fuera, en verdad.”(Quixote II,24)

El maestro Cervantes no es escritor a la violeta, soldado raso en Lepanto y recaudador de impuestos en Andalucía, publica la primera parte del Quixote a los 57 años, antes apenas publica nada. Metido siempre en trabajo duro no aprende ni enseña desde el oficio de las “Letras” sino desde la escuela de las “Armas”, libérrimo empedernido, paga lo que escribe con su dinero. Su pluma enfrenta al poder absoluto de su tiempo (Iglesia y Estado al alimon más poderosos que nunca) y deja testimonio de ello en toda su obra. Arriesga hasta lo inverosímil, asombran sus regates bajo fuego real ante “las despiertas centinelas de nuestra Fe”(II,62), y nos lo manifiesta para que quede constancia de la dificultad y riesgo de su hazaña: “Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan y bien podría ser que nos abrasasen” (II,34).   

Lepanto es (junto con la pretendida invasión árabe que precedió a la Reconquista y el descubrimiento de América) una de las mentiras fundacionales del Estado español. Impresiona el ánimo que en el año 2000 sigan siendo secreto de Estado y que el pueblo español todavía no haya recuperado la memoria histórica. Cervantes, simple soldado raso, estaba en Lepanto en 1571 y sigue en el escenario bélico del mediterráneo hasta que es apresado en 1575 por los turcos, es testigo presencial tan altamente cualificado que se convertirá en protagonista. Describirá el encuentro naval con todo el contexto y consecuencias dentro del entramado burlesco que es la compleja arquitectura del Quixote. El testimonio del que fue hecho manco en Lepanto y cautivo cuando volvía a casa, es explícito y hasta palmario contra la versión del poder: desdice frontalmente lo que vomitaban los púlpitos (auxilium cristianorum fue la letanía que se añadió al rosario y que los católicos devotos repetirán hasta el final de los tiempos) y afirma la propaganda política de Felipe II incluso en nuestros días. Irónicamente lo pone en boca de un triste capitán de infantería que estuvo 18 años cautivo de los turcos tras ser hecho prisionero en Lepanto, es el protagonista de la historia del cautivo en la primera parte del Quixote. La verosimilitud de su relato mantuvo quedo y atento al auditorio de la polivalente e interactiva Venta. Tras escuchar del mismo Don Quixote el famoso discurso de las Armas y de las Letras el microcosmos venteril es advertido con un rotundo flash de la importancia de lo que va a escuchar: Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero a quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse” (II, 38). El maestro Cervantes, rompe el arrullador estilo indirecto, pasa al directo y comienza capitulo, resalta así el relato realista del cautivo que no interrumpirá a lo largo de tres capítulos para no mezclarlo con la ficción del Quixote. Va a contraponer la verdad con la mentira elaborada “con curioso y pensado artificio”. Verdad y mentira que en el relato solo se pueden referir a Lepanto y otros desastres bélicos adversos a las armas cristianas, no hay otro asunto de interés general en el que quepa componer discursos “mentirosos” de “curioso y pensado artificio”. Si escalofriante es lo que dice, más lo es el silencio con el que el pueblo español ha respondido siempre:

“Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, más que mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar, en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo solo fui el desdichado; pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguió a tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos.

Y fue desta suerte: que habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido y venturoso corsario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres caballeros quedaron vivos en ella, y éstos mal heridos, acudió la capitana de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compañía; y haciendo lo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria, la cual, desviándose de la que la había embestido, estorbó que mis soldados me siguiesen, y así me hallé solo entre mis enemigos, a quien no pude resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y como ya habréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil cristianos los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todos venían al remo en la turquesca armada.

Lleváronme a Constantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de la mar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo llevado por muestra de valor el estandarte de la religión de Malta...

Volvimos a Constantinopla, y el año siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo en ella cómo el señor don Juan había ganado a Túnez, y quitado aquel reino a los turcos, y puesto en posesión del a Muley Hamet, cortando las esperanzas que de volver a reinar con él tenía Muley Hamida, el moro mas cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho esta pérdida el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen, hizo paz con venecianos, que mucho más que él la deseaban, y el año siguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte que junto a Túnez había dejado medio levantado el señor don Juan.

En todos estos trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no esperaba tenerla por rescate, porque tenía determinado de no escribir las nuevas de mi desgracia a mi padre. Perdióse, en fin, la Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales plazas hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros y alárabes de toda la África, más de cuatrocientos mil, acompañado este tan gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de gue­rra, y con tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran cubrir la Goleta y el fuerte.

Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entonces por inexpugnable, y no se perdió por culpa de sus defensores, los cuales hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían, sino porque la experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheras en aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos no la hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron las trincheras tan altas, que sobrepujaban las murallas de la fuerza, y tirándoles a caballero, ninguno podía parar, ni asistir a la defensa. Fue común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta, sino esperar en campaña al desembarcadero, y los que esto dicen hablan de lejos y con poca experiencia de casos semejantes; porque si en la Goleta y en el fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunque más esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar en las fuerzas, contra tanto como era el de los enemigos? Y ¿cómo es posible dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y porfiados, y en su misma tierra?

Pero a muchos les pareció, y así me pareció a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentaran. Perdióse también el fuerte, pero fuéronle ganando los turcos palmo a palmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron, en veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de trescientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su esfuerzo y valor, y de lo bien que se habían defendido y guardado sus plazas” (II, 39).

En este texto vemos que sobre un fondo de victoria inicial aparecen clarisimas referencias a algo que no es precisamente una victoria: “entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo solo fui el desdichado”. Vamos, que lo dice en verso macarrónico para que se resalte más:

“(Porque más ventura tuvieron
Los cristianos que allí murieron

Que los que vivos y vencedores quedaron)”.

 ¿No veis al joven Cervantes, ya manco, lamerse las heridas del arcabuzazo turco?. Es un desastre lo que describe Cervantes dentro de ese paréntesis. No forzamos la interpretación cuando entendemos que los muchos “venturosos” son “los cristianos que allí murieron”. Dice que era mejor la muerte que sobrevivir a la denominada victoria de Lepanto. Las pruebas documentales existentes tras somera cata en los archivos, estiman la pérdida de Lepanto en más de la mitad de la armada cristiana, no se llegó a tanta pérdida con la aceptada derrota de la Invencible (1). El ex cautivo acaba de desembarcar, con 18 años de cautiverio a cuestas, en Velez-Malaga, llega a la Venta y allí coloquialmente comparte su experiencia con el pueblo español reunido por Cervantes: “Y como ya habréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra”. Pocas perdidas de barcos en la flota turca reflejan estas palabras de un testigo directo, el cautivo o el manco, es lo mismo. El Uchalí es el jefe de la flota turca que tras Lepanto el 7 de octubre de 1571, toma Famagusta en Chipre en noviembre y regresa a Constantinopla donde le nombran General de la mar por méritos de guerra hasta su muerte 16 años después (1587), no pasa esto a ningún derrotado: “Llevaronme a Constantinopla, donde el Gran Turco Selin hizo general de la mar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo llevado como muestra de su valor el estandarte de la religión de Malta”.

Las derrotas se ocultaban con dinero, desinformación y terror. Son el agujero negro donde la dinastía austríaca enterró el oro esquilmado a América y que de tan poco sirvió al pueblo español. El bastardo de Juan de Austria era un chico para poco, tropezó en Lepanto con la flota de el Uchalí y no pudo desembarcar sus naves atiborradas de infantería y caballos para tomar Constantinopla, los almirantes que le rodeaban salieron de allí como pudieron. Dos años después (1573) pudo desembarcar a sus soldados en Túnez. Fue fugaz esta aventura, en 1574, el mismo Uchalí ya en tierra, los mató a todos menos a trescientos heridos que quedaron cautivos. Ya se cuida Cervantes de explicar dulcemente cómo los turcos con más de 475.000 hombres barrían del mapa a esos 7.000 bravisimos españoles. El relato del cautivo pasa desapercibido pero si así, tal y como lo leemos, lo aceptaba la censura del poder, los hechos reales han debido de ser mucho peores para los ejércitos de España, los venecianos ya habían abandonado la Santa Liga y hecho paz con los turcos.

Lepanto fue solo victoria en la perversa propaganda del poder y mentira contada al pueblo español. Cervantes paga los platos rotos con algo más que dinero: manco de por vida y cautivo cinco años y medio en Argel. Cuando regresa a España escucha la versión del poder. No soporta la mentira y responde de forma global. Tardará veinticinco años, una vida completa en el empeño y una novela inmortal que debieramos leer: El Quixote.

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(1). “Alonso Perez de Guzman, General de la Invencible”. Luisa Isabel Alvarez de Toledo. Ed. Universidad de Cadíz.