Lo infinito y lo finito*


Leo Schaya


 

Lo Infinito tiene la posibilidad de adoptar la apariencia de algo distinto de Sí, y que es lo finito. Lo finito es, en efecto, existencialmente distinto a lo Infinito, pero, en esencia, no es diferente de Él. Entre Uno y otro no hay ni confusión ni separación total. Lo finito, lo relativo, no es absolutamente distinto de lo Infinito, en virtud de su propia esencia infinita; lo cual es también válido para sus perfecciones, que dependen de la Perfección de lo Infinito. Si lo finito, lo relativo, fuera absolutamente distinto de lo Infinito -que, en Sí mismo, es lo Absoluto-, sería otro absoluto, y habría algo fuera de Aquello que no tiene límites y que, por lo tanto, nada deja fuera de Sí.

Lo finito está en lo Infinito, del mismo modo que el término mismo que lo califica se encuentra en el que designa a este último. Permaneciendo en lo Infinito, lo finito es afirmado por Él, al mismo tiempo que es negado por el significado, la verdad y la realidad de lo Infinito. Siendo afirmado por Él, está relativamente separado de Él y es finalmente reabsorbido en Él.

Así pues, lo finito no está sino relativamente separado de lo Infinito: en su esencia, está unido y es idéntico a Él. No hay más que una relativa discontinuidad entre lo Infinito y lo finito, siendo lo Infinito la Continuidad subyacente e inmanente en lo finito. Sin lo Infinito, no hay lo finito; sin continuidad subyacente entre Uno y otro, este último no podría ser creado "a imagen y semejanza" del primero (Génesis, I, 26), y la Escritura tampoco podría afirmar que el alma del hombre es una luz de Dios, o que lo finito es una "porción" de lo Infinito (Deut., XXXII, 9): una particularización ilusoria de Aquel que no tiene partes.

El maestro sufí 'Abd al-Karîm al-Jîlî ha formulado la relación entre esta particularización y el Todo invisible de la siguiente forma: "Si tú eres Él, tú no eres tú, pues Él es Él mismo; y si Él es tú, no es Él, pues tú eres tú mismo" (2). El "yo" no podría ser Él en tanto que "yo": sólo la Esencia infinita de lo finito es lo Infinito; y a la inversa, si lo Infinito se particulariza aparentemente en lo finito, si Él toma la ilusoria apariencia de algo limitado, no por ello su Infinidad se reduce a tal finitud. Ésta es lo que es, no solamente en su existencia efímera, sino también, mutatis mutandis, en su arquetipo eterno; y lo Infinito es lo que es, más allá de los arquetipos en tanto que éstos prefiguran o predeterminan a lo finito como algo distinto que Él. Pero, en su esencia, que es infinita, no son distintos a Él.

Los arquetipos tienen entonces un doble aspecto, por un lado determinado y vuelto hacia lo finito, y por otro indeterminado, puramente esencial e idéntico a lo Infinito; y este doble aspecto se refleja en sus efectos creados, que no son, a su manera, "ni Él ni distintos a Él" (lâ huwa wa lâ ghayruhu), -expresión sufí que define las cualidades divinas con las que directamente se identifican los arquetipos. Pero, como acabamos de ver, con respecto a estos últimos, sus efectos no son distintos a Él, allí donde ya no son ellos mismos, ni están determinados en tanto que arquetipos, -allí donde su esencia les supera, donde ya no hay huella de lo finito, aunque sea de orden principial. En tanto que se trate de un "yo" o de algo cualquiera frente a Él, existe, entre Él y dicha alteridad, identidad esencial, subyacente a la discontinuidad que les separa, pero ésta permanece como tal, aunque sea bajo el aspecto de su determinación eterna y arquetípica. Es lo que demuestra esta sentencia del Profeta de Allâh: "Yo soy Él, y Él es yo, con la excepción de que yo soy quien soy, y Él es Quien es".

No obstante, repitámoslo, no hay discontinuidad absoluta entre lo finito y lo Infinito, pues de lo contrario el Profeta no habría podido decir: "Yo soy Él, y Él es yo", o Al-Jîlî: "Si tú eres Él" y "si Él es tú". Es cierto que, si Él es tú, eres tú quien tú mismo eres; pero Él es tú siendo Él mismo en ti, Él, que es el Todo indivisible y que, por ello, es todo en ti, como es todo en todos. Sin Él en ti, no podrías ser tú, que no eres más que una particularización ilusoria de Él, tu Sí divino, infinito y absoluto: si en tu apariencia existencial tú eres distinto que Él, en tu realidad esencial tú no eres diferente a Él. Es esta verdad lo que ha hecho cantar a Su prometida, en el Cantar de los Cantares: "Yo soy para mi amado y mi amado es para mí" (VI, 3).

"Yo soy" quiere decir aquí, en principio, yo soy en tanto que "yo"; y en tanto que yo, no soy Él, aunque soy "para Él"; yo Le pertenezco -simbólica e imperfectamente hablando- como una gota de agua al mar. Pero cuando mi amor por Él es "fuerte como la muerte" (ibid., VIII, 6), mi "yo", mi alma, todo mi ser particular, se licúa hasta el fondo en Él, y ya no soy sino el océano sin orillas de nuestra Beatitud una e indivisible: me he transformado en mi Amado. Entonces, "mi Amado está en mí", hasta tal punto que, si regreso de Él hacia mí, todo lo mio es Suyo: "Yo soy para mi Amado" totalmente, así como Él es desde entonces mi Todo, tal como afirmó san Francisco de Asís al escribir: "Mio Dio, mio tutto". El Todo toma posesión de su particularización efímera hasta en su más tangible apariencia; el Amado desciende hasta el cuerpo de su amante, según la promesa hecha a Mohammed: "...cuando Yo le ame, seré el oído con el que entenderá, el ojo con el que verá, la mano con la que asirá, el pie con el que avanzará".

Pero el Amado no se reduce sin embargo a su amante, y ello a pesar de su identidad esencial: lo Infinito no es lo finito, que no es más que una posibilidad de su Omni-Posibilidad, aquella que precisamente Le permite adoptar la apariencia de algo distinto a Sí. En el presente caso, Uno revela al otro que Él es la Realidad única en el seno de toda apariencia, la Fuente inmediata de toda vida, de toda luz, de toda forma, substancia y facultad creada. Le revela el estado a la vez primordial y final del hombre terrestre, y que está íntimamente unido a su estado universal y divino. En el hombre, que espiritualmente ocupa estos dos estados que esencialmente no son más que uno, lo finito ha alcanzado su perfección; su total receptividad hacia lo Infinito implica su participación más amplia posible en Él, y la extinción de esta misma participación que, en última instancia, no es sino una particularización ilusoria del Todo, mientras que su desaparición en Él desemboca en la eterna identidad con Él.

La extinción espiritual del ser humano en su Esencia divina es la de la luz de su alma y de su espíritu en el Sol supremo y en las Tinieblas más que luminosas, al mismo tiempo que la de las tinieblas inferiores de su substancia o receptividad psíquica y corporal en la materia prima que, en sí, no es sino la Receptividad propia y maternal del Infinito, en la que Él actualiza y reabsorbe los límites de lo finito. Las actualiza y absorbe siempre de nuevo, y esto, en realidad, a cada instante; y, gracias a su Continuidad, a la vez esencial, arquetípica y creadora, asegura a lo finito su propia continuidad relativa, la de su existencia renovada. Esta renovación está simbolizada por la inspiración tras la expiración, el despertar tras el sueño, la primavera tras el invierno, o, escatológicamente, por la existencia póstuma o por la resurrección de los muertos -otras tantas imágenes del nuevo renacimiento espiritual del hombre en este mundo, así como de su supremo renacimiento en lo Infinito.

Citemos a propósito de ello el siguiente pasaje del Corán, que trata literalmente del destino natural e integral del hombre, y anagógicamente de su destino espiritual, perfectamente cumplido, y que es lo que en primer lugar nos interesa aquí: "Estabais muertos (no manifestados en lo Infinito) y os dio la vida (manifestándose Él mismo con vuestra apariencia); os hará morir (a vuestra apariencia, reduciéndoos a Él, que es vuestra Realidad) y después os resucitará (en vuestra apariencia, pero dejandoos la plena conciencia de vuestra identidad esencial y espiritual con Él); más tarde a Él seréis devueltos (de nuevo, para ser absolutamente uno con Él)" (II, 28).

Lo finito tiene un comienzo y un fin; pero el fin de lo finito coincide con su reabsorción en su Esencia, que es infinita, eterna: Ella es lo que es, tanto tras la existencia de lo finito, como durante esta existencia, como antes de su comienzo.

NOTAS:

1. De l'Homme universel, trad. T. Burckhardt, Dervy-Livres, París, 1975, p. 45.

* Cap. II de Leo Schaya, Naissance à l'Esprit, París, Dervy-Livres, 1987.