La derrota de Lepanto

Luisa Isabel Álvarez de Toledo


 

La historia, cuando se hace política, deja de ser ciencia, para convertirse en dogma. Donde esto sucede, el camino del investigador honesto está sembrado de trabas, silencios impuestos y represalias. Se dice que da lo mismo saber o no saber cómo sucedieron los hechos, pues es costumbre de vencedor, modelar el pasado a su conveniencia. Pero no es cierto. Tomar conciencia de lo que realmente sucedió y de la razón que aconsejó engañarnos, nos acerca a la verdad. Y la verdad es el arma que permite al oprimido liberarse de quien le oprime por la fuerza. Por añadidura, todo vencedor es un vencido en potencia. Pero relevo no suele cambiar la situación, en el aspecto que nos ocupa. El contrario de lo que sea, instalado en el poder, ofrecerá versión opuesta de los hechos, pero igualmente falsa, quedando inédita la realidad, como si la historia fuese propiedad de quien la paga. Salvo caso de descalabro evidente, es costumbre añeja que las partes implicadas en una batalla, se adjudiquen la victoria. Averiguar quien ganó realmente, exige escudriñar en la documentación anterior al hecho y en la posterior, desentrañando sus consecuencias. En cualquier caso, es obvio que habrá vencido quien alcanzó el objetivo previsto, o cuando menos, causo mayor daño, sin sufrirlo. El 7 de octubre de 1571, la armada de la Santa Liga no consiguió lo primero. Ni lo último.

Felipe II enjugó no pocas derrotas. Pero sólo admitió por tales el saco de Cartagena de Indias, en 1586, la entrada de los ingleses en Cádiz, en 1596 y la “perdida” de la Invencible. Hubiese pasado por victoria de no regresar los navíos, con general al frente, dispuesto a no mentir. Juan de Mesa, agente del duque de Medina Sidonia, consigna en las cuentas de agosto de 1588, el gasto en hachas y músicos, ordenado por el Conde de Orgas, asistente del rey, el día en que  "hizo luminarias y alegrías por toda Sevilla, por la victoria que S.E. tuvo contra la armada inglesa. Y vino a esta casa y plaça a que se hicieran luminarias y fiestas deste regocijo, como a casa más principal y del general que avia tenido la victoria" (2401[1]). En aquellos días navegaba hacia norte, con intención de  rodear las Islas Británicas, entrando en Santander el 20 de septiembre. De lo que sucedió en Lepanto, no nos informa la documentación oficial. Tampoco quienes repitieron la consigna,  por ignorancia, obediencia o instinto de conservación. Pero sí las inevitables alusiones, que intercambiaron en su correspondencia, los que intervinieron en los hechos. Pivote será la de García de Toledo. Nacido segundón, inició la carrera de marino, con "una capa y una espada" (4370). Capitán General de la Mar, en el Mediterráneo, reinando Carlos V y bajo Felipe II, heredero el marquesado de Villafranca, por fallecer su hermano sin descendencia (4341).

Ignoro cuando concibió el Austria la idea de desembarcar en tierra de turcos, con el fin de intentar la conquista de Constantinopla. Pudo traerla de Flandes, en 1559, sin reparar en que no había galeras guardando la costa de Andalucía,  por falta de barcos y fondos. Aquel año saltó el argelino Aligur en la almadraba de Conil, capturando 10 hombres de la mar. Por salvar la empresa,  la Condesa de Niebla, madre y tutora del duque de Medina Sidonia,  pagó al contado rescate de 10.000 maravedís por cabeza (2557). Aligur repitió en Zahara, el 19 de mayo de 1562. Mató acémilas de los arrieros, por diversión, llevándose 49 empleados. Obviando gastos, fue al río de Sanlúcar.  Anclando en la barra, negoció el rescate. Esta vez pidió 22.831 ma­ravedís por cautivo, con aldeala de 19 varas de paño refino de Segovia, que costaron a 3 1/2 ducados una y 3 varas de palmi­lla turquesca, a 16 reales. Pago la Condesa, indemnizando a los carreteros con 20 ducados, por acémila muerta (2557). Entre ambos sucesos, se celebró la “victoria” de los Gelves.

 

Los Gelves

En el origen encontramos uno de esos nombramientos, que el entorno de Felipe II juzgaba “fuera de razón”. El duque de Medinaceli, “tan soldado, que trae una gorra colorada” (4370), accedió al cargo de Capitán General de la Mar. De rigor iniciarse con empresa de relumbrón, le tocó la fácil conquista de Trípoli, aprovechando ausencia del gobernador Dragut, que practicaba el corso de marzo a junio y de julio a septiembre, dejando guarnición de cien hombres. Por cruzar la mar sin encontrarle,  Medinaceli  zarpó de Sicilia, rumbo a Malta, el 1º de enero de 1560  (4332). A 19 se extrañaban en Nápoles, por no tener noticias de la armada (4370). Llegó en cambio la de alzamiento en los Gelves (4356).  No le dieron importancia. Tierra de moros ocupada por turcos, nadie en su sano juicio hubiese tomado el pequeño fuerte, con 60 hombres, por no meterse en la isla que era ratonera, a merced de Constantinopla (4378).

Quiso la mala suerte que el hijo de un jeque, muerto en la revuelta, parase en Malta. Ofreció la conquista a  Medinaceli, que al no estar informado, cambió el plan sobre la marcha. El aviso de que la armada navegaba “la vuelta de los Gelves”, llenó de consternación a los españoles (4383). Corrió rumor de que Medinaceli había desembarcado en la costa de Trípoli, formando hospital. En marzo se confirmó que había ocupado la isla de Djerba, porque zarparon de Constantinopla 120 galeras, con intención de atrapar a la gente de Felipe II (4383). Galera de Sicilia se cruzó con 10 de la armada. Portadoras de relación de pérdidas, restablecieron el contacto (4383). Poco después Medinaceli y Juan Andrea Doria aparecieron en Mesina (4378). Dejaron en los Gelves 1.500 soldados viejos (4383), "muy apretados y con mucha falta de agua" (4356), a punto de ser cercados por los turcos. Ordenó Felipe II juntar "nuestras galeras", con "gran diligencia", pues apenas zarpasen “se tiene por cierto que la gente de los enemigos se retirará, a poner en recaudo las suyas" (4356). No eran tan optimistas los veteranos de la mar. Lamentaban "la pérdida que se ha hecho... en los Gelves” (4378), como si hubiese sucedido, comentando García de Toledo: "si nos dan otro bofetón, no quedará muela ni diente sano en la boca. Ni estado seguro de cuantos el Rey tiene. Y no será la pérdida nada, aunque sea de toda nuestra armada. La importancia del todo será el acabar de perder el ánimo nuestra gente, porque éstos son peores de aderezar, que de rehazer una armada" (4341). Días después trotaba hacia Italia por real orden, para reunir "el mayor número de galeras que fuese posible". Quería Felipe II que atacasen en la costa de Levante, obligando a los turcos a dejar los Gelves (4378), que se empeñaba en conservar, sin atender  a los muchos que aconsejaban evacuación inmediata.

El Prior Antonio de Toledo calificó la conquista de "dispa­rate". Y  de "burla" intentar mantenerla: "con todo esto ay personas que tienen por cierto que desde el Cid Ruy Dies acá, non avido español como Alvaro de la Cerda". Procediendo esta opinión del rey, sólo quedaba acogerse al Altísimo: "Dios lo remedie" (4341). Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba, tuvo reaños para encararse con el Austria: "sy V.S. me dize como sé yo que el rey sabya antes de aora, que el duque de Medina no era ombre para estas cosas, lo sé de la boca del rey". Cierto día, a la salida del Consejo, le confesó que García de Toledo iba a Italia, a remendar "parte del daño hecho". Y añadió que "lo que avía esperado syempre deste negocio, yendo guiado por la cabeça que lo governaba". Al ser el nombramiento del real dedo,  Fadrique no se retuvo, expresando su "parecer por términos que quiçá nunca él los a oydo más duros". Espetó al rey "que era su merecido lo que le avya acontecido, pues guiava sus cosas más por pasyón de los que andan con él, que por raçón". Influenciable, caprichoso e irreflexivo, pero sabiendo encontrar "soldados y que tengan esperiençia, para encargalles el remedio del daño recibydo por los ministros bovos", le culpó como primer responsable, de que "sucediera como a sucedido". Cobarde Felipe II, por no estar acostumbrado a enfrentar la verdad,  "no me respondió a esto y a otras cosas artas que le dixe otra palabra, sy no que tenía raçón. El golpe a sido tal y él está de manera, que a un negro que le dixere mucho más de lo que yo le dixe, si más se podya dezir, callara" [2](1286).

Nombrado Juan de Mendoza suplente de Medinaceli, el retraso escandalizó a Gonzalo Pérez: "aora quieren socorrer con naves. A mi juizio no puede tener buen suceso. Y es de llorar que lo que se pudiera hazer sin peligro XX días ha, aguardan a hazerlo quando se perderán las naves y 700 solda­dos, los mejores despaña. Dios perdone a quién tiene la culpa" (537). No había zarpado el socorro, cuando se supo el desembarco. Cuando soldados estaban en la isla, quedaron cautivos. Solidario con sus colegas, García de Toledo lamentó en no­viembre: "hasta agora no se ha rescatado ninguna persona, de las que se perdieron en los Gelves" [3] (4383).  Imposible posponer el relevo de Medinaceli, en marzo de 1561 corrió que le reemplazaría Juan de Austria. Gonzalo Pérez puso el grito en el cielo,  pero los más consintieron. Arropado por "buenos capi­tanes y consejeros", no podría perpetrar desatinos irreparables: "tres días ha que andan aquí unas nuevas muy calientes, entre los gran­des y los chicos. Y es que han dado el cargo de Capitán Gene­ral de la Mar a Juan de Austria. Y que le haga V.E. por él" (4348). García de Toledo expresó su rechazo a vuelta de correo: "no quiero negar que lo de D. Juan de Austria no me altere, si dello havía de nazer hazerme a mí guía de Su Señoría, por mil ynconvenientes que no ay para que es­cribirlos. Y todos dañosos al servicio de S.M.. No digo en la elección del moço, que esto no me toca, si no en la confusión forçosa que nacería en todo a un ombre que quisiera acer­tarlo, y ser mártir en ello" (4348).

Al tropezar su candidato con oposición cerrada, el rey dejó correr, profetizando Gonzalo Pérez: "S.M. no se ha querido resolver en el cargo de ge­neral. Y si se van apocando las galeras, como van estos dos años, poco le avrá menester, pues no terná que governar ni a quien mandar" (537). A final de verano, aún titular Medinaceli, Juan de Mendoza partió hacia Trípoli, con intención de desembarcar, recuperando por la fuerza  a los cautivos. Pero perdió sus barcos en La Herradura. La noticia llegó por boca de franceses (4356). Y los españoles lamentaron más el desprestigio de la publicidad, que el suceso: "bien boló la mala nueva del naufra­gio" (4370). Francisco de Mendoza fue "a buelta de La Herradura, a recoger los despojos que se han hallado" (4341), y Juan Andrea ejerció por dos meses, de Capitán General mercenario (4355). Según Antonio de Toledo, dado el estado de las galeras, "no es mucho le dexen gozar las reliquias" (4341). Despechado Felipe II, en agosto de 1563, se dijo que  "la mar" sería del Duque de Sesa.  Lo fue efectivamente, pero apenas se acercó a las galeras, el titular dimitió. "Del cabo de Mesurca hasta el estrecho de Gibraltar”, toda la costa era de los otomanos, “y en todo ay puesta su guarnición". A principios de 1564, se supo en Nápoles "que V.E. viene por virrey de Sicilia y Teniente de Capitán General de la Mar, por don Juan de Austria" (4370). García de Toledo lo confirmó a 18 de febrero, rectificando. Ejercería en solitario, pues se negó a compartir el cargo con el Austria (4370).

 

La evolución del corso.

Los desembarcos de turcos y moros, en las costas de Felipe II, se sucedían: en  mayo de 1561, metieron 25 galeras en una cala, a media legua de Cartagena, desembarcando 1.000 hombres, para "saquear aquella ciudad" (537). "Quiso dios" que apareciese el Marqués de los Vélez, "con 40 de cavallo y arcabuzeros ... alançeando algunos turcos". Muertos nueve, "a él le hirieron tres hombres y diez caballos. Y si no llevara buen peto, quedara él allí" (537).  En el mismo mes, los infieles saltaron en  San Feliú de Guixols. Cinco soldados “viejos” del Capitán Miranda, destinados a perseguir guerrilleros hugonotes, murieron a manos de turcos (4371). Queriendo evitar la guerrilla  y a los bandidos del interior, los condes de Altamira y Puñoenrostro fueron por la costa de Valencia a Barcelona. En el paso del Col de Balaguer, "les salieron" 20 moros de una cala. Puñoenrostro y Diego Vargas escaparon heridos, quedando en el terreno un portugués y el Conde de Altamira (4979). En la mar de Italia, los turcos campaban por sus respetos. El 27 de julio de 1561, tenían siete galeotas frente al Monte Carcello y 24   navegando hacia Salerno. Veinte galeras españolas, que estaban en Nápoles, no asomaron del puerto: "si les diesen a todo el mundo, no llegarían a cabo Pusilipo". Estando "toda esta costa... llena de fustas, no hay galera que ose salir del muelle". Las llamadas de Italia, "no han podido atravesar 260 millas", aguantando dos meses en Trapana, a  la espera de que los enemigos despejasen la mar. En diciembre, "las señoras galeras toparon una galeota en las Salmas y diéronle caça", sin lograr alcanzarla. De  Roma a las Bocas de Ponça, piratas y corsarios "se andan como por su casa" (4370).

El 2 de junio de 1562, la compañía del Marqués de Lauro,  dedicada a perseguir luteranos y rebeldes, se alojaba en Montalbano. Siete galeotas  acostaron a 10 millas. Guiados por dos renegados del pueblo, los turcos pasaron el día a seis millas, entre los juncos de un pantano. Por la noche entraron en el caserío. Huyeron los soldados, muriendo 17 vecinos, que intentaron defenderlo. Siguió pillaje, marchando los turcos al amanecer, con botín y rebaño de 260 cautivos: "según la poca resistencia que hicieron, fue milagro no se llevaran el resto que quedaba" (4331). Intentó la autoridad ocultar el descalabro, pero se supo: "los de Nápoles han cogido gran miedo a los turcos. Y son tantos los corsarios que ay, que no están seguros en las marinas ni en el interior de la tierra" (4330).  El 21 de mayo de 1563, una galera y dos galeotas de "Trípol" entraron en Chaya,  urbanización de lujo, frecuentada por la sociedad napolitana: "si el perro acertara a venir el día antes, que fue el de la Asçensión, pudiera hazer harta caça" (4330).

Visitas similares se sucedieron: "anoche a media noche", cinco galeotas dieron "entre Netuno y Astún. Y tomaron trezientas ánimas de las xavegas, questaban en aquella costa". Un día de marzo, "dos horas antes de que amaneciese, llegaron 6 galeotas a un cuarto de milla de Mola". Echaron 50 hombres en tierra, pero al acudir los vecinos, volvieron a embarcar. Navegadas 8 millas, tomaron un "barco y una fragata, que venían de Nápoles". El 3 de abril escribía Barrientos: "en este punto entra un hombre, de los que escaparon en las barcas a la boca de la Fiumara. Y dize que tomaron nuebe barcas" con trigo de Corneto y Montalto. Otra día capturaron  "cincuenta personas" y jábegas "con gente". En mayo de 1568,  surgieron cinco galeotas en Therrachina, antes de amanecer. Atacaron "unas osterías y no las tomaron". Por el Monte de Cuna vieron dos barcos corsarios. Se llevaron 20 hombres "de las xábegas que estavan ay pescando y un navío de Sorrento cargado de vino, con cuatro hombres". A último de agosto, "se metió una galeota entre Scala y Mola, antes del día. Y saliendo de aquí una fragata de armada, cargada de pasajeros", la capturaron a vista de Gaeta. Ausentes los turcos en el otoño, por ocuparles le guerra con Persia, no comparecieron en 1569 (4370). En abril de 1571, pintor reclutado en Roma por el Cardenal Granvela, para García de Toledo, embarcó rumbo a Nápoles, con su colega Rolando,  contratado por el Duque de Villahermosa. Abordados en ruta, escaparon de milagro, perdiendo Rolando la "ropa" de su patrón "y la poquilla suya" (4384).

Apretada Malta, García de Toledo atendió a la urgencia, sacando las galeras de Mesina a 24 de agosto de 1565, sin aguardar real licencia  (4357). Llegado a destino, lo "hallé… tal, que me espantó" (4341). No había trincheras "ni ningún género de reparo", estando "baçías todas las cisternas que ay" y sucias las "cinco o seys, que de nuevo se han hallado en el mismo monte..., que cierto también éste ha sido notable descuido" (4379). Organizándose como pudo, consiguió éxito rotundo: "buen fin de verano havemos tenido, Antonio, pues havemos liberado tu religión y echado de Malta una armada tan poderosa. Y co­mençado a poner el Rey las manos en enemigos..., que nunca su padre ni aquellos lo vieron de sus ojos". Apoca­dos los caballeros,  García criticó su ti­bieza: "para con vos", tenía Felipe II razón sobrada, para "quexarse de los que governaban en tierra, porque fue pereza increyble tardar cinco días en llegar a la ciudad. Y viendo retirar los enemigos, huvo grande negligencia en no dar sobre ellos, que además del daño que recibieron, perdieron la mayor parte de la artillería" (4341). Siendo el trabajo de españoles, "podemos muy bien contentar por este año.., con ver bolver el armada del turco con tanta vergüenza a su casa. Y seguidolé tantas millas, sin aver perdido (4376)... ni un hombre ni un remo" (4370). Remitido el informe, García esperaba felicitaciones. No las hubo. Posteriormente, el historiador Cabrera atribuyó la iniciativa a Felipe II. Y calificó la jornada de hazaña. Efecto del suceso sería la ausencia de corsarios en el Mediterráneo, durante el verano de 1566 (4341).

 

La Santa Liga

Sin capacidad para detener a los turcos, Felipe II movió los hilos con cautela, necesitando a Pío V por cabeza, para tener por aliadas a las armadas de la cristiandad. A cargo del embajador Luis de Requeséns involucrar al Papa, negoció el nombramiento de Juan Andrea Doria, como capitán general de la armada pontificia, compuesta por tres galeras (4371). Firmado el acuerdo, siguió defenestración de García de To­ledo. Tripulantes de cierta galera, publicaron en Palermo "que S.M. ha hecho a D. Juan de Austria Capitán General de la Mar. Y que V.E. quedava sin ningún cargo de los que tenía" (4361). Confirmado el relevo, De Toledo se declaró "muy satisfecho", porque escapaba "bien saneado" en lo tocante a reputación, por la "demostración que ha hecho S.M. con­migo", al darle por sucesor a su "propio hermano", nacido de estirpe, situada por encima de los mortales. Dolido sin embargo,  valoró su pasado: "yo solo de los de nuestra era, he alçado la mano desta obra después de 40 años, sin sentir, loho­res a Dios, golpe de adversa fortuna" (4361).

Capitán General de la Mar, general victorioso en las Alpujarras, guerra provocada, que parece haber tenido por fin dotarle de laureles, Juan de Austria debía ser nombrado general de la armada. De conseguirlo se encargó la embajada en Roma, encabezada por el Cardenal Granvela. Miembro el Cardenal Pacheco, convino en que tocaba a España designarlo, por ser “do sale y ha de salir la mayor parte del dinero, para sustentar la misma Liga” (4979).  En mala relación con el hijo, desde que regresó de Flandes, Felipe II inició la preparación del Real Bastardo, en 1564. Al regreso de viaje a Baleares, Gregorio González de Vera, que estaba en la corte, comentó: “se ha  mareado bien”. En 1568,  año de la prisión y muerte del Príncipe, D. Juan fue al encuentro de la flota del Perú, “por tenerse andado camino para lo de adelante”. El comentario se repitió: “diz que se ha mareado bien” (4344).  Antonio de Toledo, viendo general al muchacho, añadió: “no valdrá jamás nada” (4341). Iniciadas las negociaciones para formar la Liga, Francia, Portugal y el Imperio se negaron a participar. Obligada la colaboración de Venecia, por tener barcos para engrosarla, Marco Antonio Colonna, encargado de convencer a la República, optó por comprarla. En la primavera de 1569, se dijo que "traía la liga hecha". Aceptó Felipe II pagar 80 galeras de venecianos y el grano para la jornada, al precio que fijase el Papa, pero no los gastos de las guarniciones, que quedasen en los presidios de Venecia (4979). Juan de Zúñiga advirtió que la exigencia tenían por fin dar largas. Los venecianos, "seguros ya hogaño" de no recibir el "daño", que temían del Turco, "quiçá de­searan más concertarse con él, que con nosotros" (4383).

En febrero de 1570, el Cardenal Pacheco abogó por la componenda: "se puede tratar de la paz como el Turco la quisiere", sin perder la es­peranza de "hacer una liga, que no solamente nos defienda, más en que podamos ofender" (4979). Aun considerando "deshecha" la que traía entra manos, porque así "lo ha determinado el rey", las galeras de España navegaron con las del Papa, bajo pabellón del Pontífice, (4344). Acudió Juan Andrea a la costa de los Balcanes, en ayuda de los enclaves de Venecia, buscando comprometerla, para que no pusiese abandonar la Liga, sin "publicar ante el mundo la bellaquería que nos hazían. Y que S.M., de su parte, no había faltado a la causa pú­blica". Los cortesanos esperaban "muy gran victoria",  considerando la armada otomana "tan mal preparada, que quizá no se aventurase" a salir de puer­to (4383), opinión que no compartía Juan Andrea. Habiendo zarpado en agosto (4979), contó su experiencia al capitán Barientos: "no ba nada contento de la jornada. Y a mi parecer tiene razón: las galeras son de muchas naciones, las chusmas nuebas, la infantería nueba y mal plá­tica. Morírseles han muchos y adoleçelles han", antes de lle­gar a las costas del Turco, que tendría oportunidad sobrada,  para saber "qué baxeles son y qué gente pueden llevar". Llegados al archipiélago de Corfú, los cristianos no podrían abstenerse "de combatir, si el enemigo lo procura. Y está en su casa y toma gente fresca y sana. Y no ha menester vitualla, si no henchir las galeras de hombres y armas, que es lo que hace al caso". Equilibradas las armadas en cantidad, no lo estaban en calidad: los "turcos pelean muy bien en la mar y hayúdales el bestido y las armas. Y andan asortados", es decir, coordinados, pero no la gente de la Liga. Inaugural la jornada que se preparaba, Barrientos la hubiese querido "con más pies de plomo y más reforzada, porque si esta armada recibe algún rebés, ymportará mucho para lo por venir" (4370).

En el invierno surgió desacuerdo en torno a la persona del general. Y la Liga estuvo a punto de romperse: "el Papa está como una roca en su opinión.., enconado con todos nosotros y principalmente contra Granvela" (4979). A Marco Antonio le inquietaba el arrepentimiento de los venecianos: "teme tanto la resolución que él mesmo la va dilatando, para ganar algunos votos, que están inclinados a la paz con el Turco" (4383). Habiendo aceptado Granvela pagar "lo que este año meterán más de galeras y gente",  pero sin ceder "ni por pensa­miento", en la cuestión de los presidios, Felipe II aceptó crecer la guarnición de los suyos, pobre compensación, pues no la aumentó en "un solo sol­dado" (4979).  Estampadas las firmas, Juan de Zúñiga  deseó "que la execución sea más fácil, que ha sido la capitulación" (4383).

 

Lepanto

La Liga se publicó en consistorio, a 24 de mayo de 1571: "la semana que viene se harán muestras de alegría espi­ritual". Perfilada la jornada a gusto de Pío V, estaba decidido que D. Juan "tomase qualquier pie en tierra de enemigos, para alo­jar este ynvierno allí la gente. Y tenella amaestrada y he­chos soldados para la primavera". Antes de iniciar la campaña en territorio turco, teniendo por meta Constantinopla, iría una segunda armada con refuerzos, que supliesen las bajas. El proyecto asustó a muchos. Siendo España pagana, mantener doce meses el "arreo de 20.000 infantes" (4979), sí no más, terminaría de arruinar a un país en precario. D. Juan llevó consejo a bordo, formando por Luis Requeséns, Antonio Doria y el Marqués de Travico. Antonio de Toledo, gran escritor entre líneas, apuntó: "herrando y acertando se hazen los buenos soldados", pero a los dos últimos, "poco tiempo les queda ya para aprender" (4341). García de Toledo esgrimió la salud, para quedar en tierra, pero no negó su opinión. Mandó pliegos al secretario Vargas, sobre negocio "tan importante al bien de la humanidad", cerrando con advertencia, habitual en aquel tiempo: "en acabando de leerlos, los mande romper" (4355).

Encaminó informe destinado a Juan de Austria, por mano de Requesens. La armada no tenía "recaudo" de gente, "no digo en número si no en bondad". Habiendo sido remitidos a Flandes, donde continuaba la guerra, 9.000 soldados viejos, que eran "el nervio de toda ella.., de mala gana vendría yo sin ellos a las manos, si lo tuviese a mi cargo". Nueva la  gente, "apenas sabrán disparar dos arcabuzes, que los ca­pitanes les han dado", aprovechando cada turco "tres armas, por ser todos soldados pláticos", defecto al que se había de sumar la deformidad, dimanante de la diversidad. Siendo navíos, oficiales y soldados de diferentes "dueños y vicios", habría divergencias, pues "a las veces cumple a los unos, lo que no cumple a los otros", lo que sería desventaja frente a un enemigo homogéneo, sometido "un solo patrón y voluntad y obediencia", que tenía "ganado el ánimo contra venecianos" y "contra nosotros no lo tienen muy perdido". Confesó que de estar en el pellejo de  D. Juan, se guardaría de "aven­turallo a una jornada", procurando "escusar el venir a las manos". Era preferible que los turcos viniesen "a buscarnos a no­sotros y no nosotros a ellos". De no haber más remedio que pelear "en pays de enemigos", procurarían acercarlos a tierra, "para hacer puente a sus soldados de huirse a ella".  De Toledo, que guardó el borrador del informe, advirtió: "es bien que no sepan venecianos, por buen respeto, que ministro ni criado de S.M., trata de que no se pelee". Leída "de mi parte esta carta al Sr. D. Juan", Requeséns  se ocuparía de "rasgalla luego",  para que no "fuese por otra mano" (4376).

El Cardenal Pacheco, que tuvo noticia del escrito, comentó: "aseguro a V.E. que su consejo, aunque no fuera tan bien fundado, se to­mara para no pelear, porque el miedo que nos ha entrado en el cuerpo es tal, que ni venecianos, ni spañoles, ni ginoveses se meterían a este peligro". En verdad, Felipe II no deseaba la jornada de Levante. Habiendo prometido el rey de los aláraves a D. Juan, si España le ayuda a recuperar el reino de Argel, entregar Túnez y Bizerta, prefería que fuese a recibirla. Se dijo que aun siendo promotor de la Liga, deseo hacerla saltar. Le retuvo el temor a que Venecia firmase la paz con Turquía y a que el Papa, justamente ofendido, revocase la concesión para vender indulgencias, otorgada al Austria, "que importan millón y medio cada año". Asustado por la impericia de la tropa, Pacheco antepuso, muy católicamente, el fin a los medios: "dexarnos comer de ética y que este diablo sea señor de un cristiano, no se puede considerar sin gran lástima". Votó por renunciar a caterva de bisoños, acudiendo a mercenarios. Profesionales de la guerra saldría más barato, pues ahorrarían gente. De Toledo abogó por la paciencia. Antes de emprender acción de envergadura, la armada debía navegar junta un año, haciendo soldados y corone­les prácticos en la misma Italia, "dando a cien ochavos.., que asy se dan mil". Pero el Cardenal no compartió su opinión. Teniendo el Turco "ducientas galeras, sin las de los corsarios, que serán hasta sesenta bajeles.., sí no somos superiores en la mar este año, no haremos nada" (4379).

Según el cronista oficial Cabrera, a Lepanto  fueron 200 ga­leras y 100 naos, con 500 caballos y 50.000 infantes, sin contar ventureros. La cifra, desatinada para batalla en la mar, hace desbarrar a los historiadores. Políticamente incorrecto el proyecto de desembarco en tierra turca, por no haber sido consumado, dan en suponer que la táctica española del abordaje, exigía cantidad ingente de gente de tierra. El autor presta a Selín  230 "galeras reales" y 70 galeotas, efectivos que reduce la documentación. En carta fechada el mismo  7 de octubre, día de la refriega, se dice que el Bajá había "reforçado" cien galeras, poniéndolas en la mar de Corfú "y embiado las demás a Constantinopla", por si eran rebasadas (4370).  Costumbre del Turco tener escuadra de 14 galeras, en aguas de Corfú, para guardar sus mares y costas, se limitó a crecer el número[4] (4373). Los de la Liga querían 250 velas, "pero bien creo que no pasa­rán de 220", con las 9 galeazas y 40 naos de carga (4383). Reunidos unos 32.000 infantes, los aliados se propusieron crecerlos hasta 40.000 (4383). Deseando que zarpasen cuanto antes, el Papa ordenó que las galeras se reuniesen "con brevedad" en Otranto, mandando las suyas por dar ejemplo. Siguieron las de Venecia, con Marco Antonio, doliéndose Pío V y el Cardenal Pacheco del retraso del Austria. Concentrada la armada, "considere bien V.E. quánta gente morirá... antes que D. Joan llegue" (4979). Juan Andrea lamentó la demora, desde su base genovesa: "lo que da pena es que el Señor D. Juan me tiene mandado que me esté aquí, hasta que me embíe correo propio", indicando el puerto donde debía ir a recogerle (4357). Los Venecianos propusieron llevar la armada a Brindisi. Y se sospechó que pretendían escaquearse (4376).

El flamante general pisó suelo de Italia en julio de 1571. Le visitó Alonso Descala para "dalle ánimo y prisa, para remediar tantos males", de parte de Pío V (4379).  No impresionó al joven. Hasta el 14 de septiembre no se anunció que iría a Otranto o Brindisi, para "em­prender alguna cosa" (4979). La armada partió rumbo a Zante, fuera de tiempo. Lo criticó el Capitán Barrientos, cifrando en Juan Andrea la esperanza, de "que lo encamine todo bien". Hubo temporal y regresaron a puerto, dando oportunidad sobrada a los turcos, para medir al enemigo  (4370).  Habla Cabrera de visita voluntaria a las Gumenizas. Y de parón involuntario, junto al río Calamo, debido a "contrario tiempo".  El 26 de octubre, Hernando de Toledo empezó a impacientarse. En la corte estaban sin noticias de D. Juan, "con grandísimo deseo de algún buen suceso de la ar­mada", pero temían que "estando el tiempo tan adelante", hubiese suspendido  la jornada  (4342).  El 27 de octubre, veinte días después de la batalla, se supo en Roma "la vitoria que Nuestro Señor ha dado a su armada". Partícipe Requeséns, la definió como la mayor "que cristianos hayan tenido jamás en la mar". Y desató el incensario: "del gran valor y ánimo del Señor D. Juan, no se podían espe­rar si no muy grandes sucesos". Y agradeció a De Toledo el consejo de "pelear çerca de sus mismas tierras de los enemigos, lo qual me pareció acor­dar, sabiendo cuán obstinadamente combaten quando se ven lexos dellas". Pero "en esta ocasión de qualquier manera habían de quedar vencidos, según el ánimo grande con que se iban a buscar" (4376).

Según costumbre, los parabienes siguieron en cascada.  Pacheco  com­paró la batalla  a las que Dios "daba a su pueblo, quando le tenía muy en su gracia", felicitándose por haberse convencido los incrédulos, que lo pusieron en cuarentena: "muchos que no la creyan al principio, están ya rendidos", porque "todos los avisos" confirmaban la noticia. El Papa estaba el "hombre del mundo más alegre", por haber "hecho cuajar esta Liga", deseando sin embargo que "tienten los ánimos en Morea" [5], en costa no pudieron desembarcar, por impedirlo los turcos. El Cardenal cerró el tema, con pregunta insidiosa: "deseo saber de V.E., a dónde piensa que yrá la armada a hazer algún efecto, antes que yberne" (4979), lo cual indica no  lo consiguió de provecho.

El 30 de octubre llegó a Madrid nueva de "la armada tan copiosa", derrotada por Juan de Austria. El aviso recomendaba guardar las costas españolas, por existir el "riesgo de que algún corsario pase adelante". Esto dejó perplejos a los cortesanos. Recordaban que tras el encontronazo en Malta, siendo de menor importancia, los turcos no asomaron al Mediterráneo en un año.  Que pudiesen presentarse a días de descalabro,  era contradictorio. La incomparecencia de los generales, "en un tiempo tan de sazón" para acopiar laureles, aumentó la inquietud, puntualizando González de Vera: "lo que aquí quiero significar a V.E., sólo es este dudar y juicios, que aquí no son tan livianos que no tengan bien mohíno a S.M. Y de manera que se echa de ver". El intercambio de pa­rabienes "no basta, para que algunos no duden que sea verdad la victoria que se ha escripto. Y los que ya en esto piadosa­mente no quieren poner duda, sino acreditar a venecianos, afirman gran pérdida en las galeras y gente de S.M. Y lo uno ni lo otro no satisface". Sabido el "daño notable" que recibieron los cristianos, los "regocijos" públicos quedaron en procesión general, siendo pospuesto el “triunfo”, al regreso de Juan de Austria (4344). En diciembre tenía la Liga  tenía 100 velas: 60 españolas y 40 venecianas (4381). De ser cierto que salieron hacia Lepanto unos 220 barcos, habría perdido más de la mitad, justificando el temor del Cardenal Pacheco a que Venecia "nos hiciese alguna burla",  pues solo podía retenerles en la alianza, el miedo a "ver del todo hecho monarca al truco, con una tal ocasión", imponiendo una ley, "tiranía y injus­ticia", muy diferente a las costumbres de los venecianos (4376).

Ciertos historiadores señalan la pérdida de Chipre, como causa de la Liga. Pero la noticia de la toma de Tamagusta por Aluchali, fue recibida por la cristiandad, poco  después de conocer la victoria. La difundió Juan de Austria, mezclando los hechos en declaración farragosa, suscrita por dos renegados, que decían haber huido de Chipre, con la galera capitana: "demandados los di­chos como avían tomado los turcos la pérdida de la armada.., dizen que toda la Turquía lo ha sentido mucho, que están to­dos muy amedrantados”. Y que si la gente que estaba en Tamagusta las otras partes de la isla, “estuvieran en tierra firme, ya se habría ido toda". Quedaron "hasta diez mil turcos, gente baja y de poquísima facción", origen social, esgrimido como prueba de derrota que negaba Alu­chali, exhibiendo el pabellón de Malta,  capturado con la capitana de la Orden.  Según los declarantes, Constantinopla podría sacar 80 galeras corsarias en 1572, pero "mal armadas por falta de gente y marineros, que por cuatro o seis años no basta hazer el Gran Turco otra tanta armada, como la que perdió" (4376).  El optimismo de la confesión, no impidió que la pérdida de Tamagusta pusiese al Papa en tanta "congoxa", como "la desorden que comenzaba a entrar en nuestra armada, sobre si se yría a Candía, como querían venecianos", o "cerca de nuestras marinas", según proponía D. Juan. Los "clarísimos" de Venecia empezaban a revolverse, "buscando todas las oca­siones que pueden para quejarse de nosotros. Y aceptar la paz quando se la diere el Turco". Habiendo escrito Selín al rey de Francia, pidiéndole que se mantuviese al margen de la Liga,  obispo portador de la respuesta, que hizo escala en Venecia, confirmó el supuesto  (4979).

El 6 de noviembre de 1571, García de To­ledo escribió al Prior: "yo he gran miedo, Antonio, así por lo que hasta agora ha sucedido en Chipre, como por no haver resul­tado de la junta de la armada, el efecto que se esperaba".  Previsible que los venecianos, "pareçiéndoles que ya no tienen" otra solución, "se concierten y hagan nueva tre­gua con el Turco, lo cual sabrán muy bien hazer, no obstante lo pasado", Felipe II habría de mandar embajador con bolsa bien dispuesta, para "que por ningún interés del mundo, hagan ni piensen una cosa tan fea". Únicamente obligándoles a  persistir en lo que "conviene, se podrá el año que viene remediar lo pasado", cumpliendo lo "concertado en lo de la Liga" (4341). El Cardenal Pacheco apunto que no habrían de salir "tan tarde a la empresa, que por fortuna de mar, añadiésemos otro daño a los pasados" (4979). Tratando de la próxima jornada, el capitán Barrientos se refirió a la de 1571: "todo mi negocio es que no fueran este año a Levante, porque se perdía reputación". Habiendo ganado batalla "como la de aora un año, havíamos de ir de manera que tomásemos a Tauris, que es la cebeça del reino de Persia. Y no llegar hasta Corfú y bolvernos a casa", como sucedió en Lepanto: "la empresa de Levante se ha de ha­zer de una vez, sin volver atrás. Y para esto es menester mu­cho poder y haventurallo todo. Y que quede lo de acá muy se­guro". De no ser así,  "podrán robar y quemar. Y esto también lo hace un corsario. Y que tomasen La Modón o La Corón o algunos lugares en la Morea o más adelante", no tendría utilidad, pues "en bolviendo las espaldas, los tornarán a perder. Y la gente que dexaren en ellos". Necesario "mucho tiempo para ganar reynos”, a más de ofrecer “grandes dificultades", lamentó el dinero gastado. Hubiese sido más útil en Argel o empleado en dar escarmiento a los corsarios,  "y no sé si se podría hacer los años venideros", porque el gasto de la gloriosa jornada, dejó la bolsa exhausta (4370).

 

Al año siguiente

Se incensó al General de Lepanto, celebrando "su gran valor y prudencia", pero en la intimidad, se comentó la impericia de los jefes: "yo veo pocos maestros de mar ny de tierra. Y esta vitoria que Dios nos ha dado, sin abrirnos y mirarnos bien lo que hacemos, será causa de mayor perdición... Veo pocos maes­tros y muchos discípulos, que piensan que son maestros" (4370). Antonio de Toledo coreó a Barrientos, desde Madrid: "la jor­nada de ogaño me pone gran miedo, por las pocas cabezas que veo. Y por los muchos que piensan que son para governallo todo. Dios nos ayude, que mucho más es menester ogaño el mi­lagro, que el pasado" (4341). El Cardenal Pacheco, en carta a García de Toledo, abundó en opinión, que parece general: "el escrivir V.E. al Señor D. Juan su parescer en la jornada que lleva en la mano, tengo por obra tanto de caridad como necesaria, por­que a mi juicio lleva gran necesidad de sano y desapasionado consejo". El vencedor de en Las Alpujarras y Lepanto le inspiraba "grandísima compasión", por sus "pocos años y menos experiencia" (4979). Pidieron al viejo marino análisis del suceso de Lepanto. Y se negó a emitirlo, "no sabiendo muchas parti­cularidades" (4376) del hecho. En carta a Pacheco, repitió la dis­culpa: "para no hablar desatinos, sería menester tener luz de muchas particularidades que ay entre los colegados, que hombre no las save" (4979).

Coincidiendo con el Papa, se manifestó partidario de intentar otra vez la jornada de Levante, procurando ocupar dos o tres plazas, "como serían Corón, Rodas y Negroponte". Fuertes y do­tadas de defensa,  serían bastión que detendría a los turcos, al menos por dos o tres años, dando respiro a la cristiandad para reponerse (4381). En diciembre Juan de Austria, Granvela y Reque­séns, le remitieron amplio interrogatorio. Felipe II deseaba saber si  podrían rematar el plan de la temporada (4381). Respondió  De Toledo que "sería muy bien, pero yo temo que sea muy dificultoso el acabar tantas cosas juntas". No pudiendo zarpar las galeras antes de abril, siendo aconsejable que se recogiesen a finales de septiembre, por no ser barco de invierno, conquistar Argel, ir  a Levante para "hacer algún efecto", "tornar a lo de Berbería", recibiendo Túnez y Bi­zerta del Rey de los aláraves,  entrega que podría complicarse, "si los moros convecinos, movidos como es de temer por su religión, harán por aquella parte un gran esfuerzo de caballería", todo en cinco meses, apuntó: "como esto se pueda poner en execución, la experiencia de lo que vimos el año pasado, nos lo muestra" (4381). Sensato, aconsejó que la armada se limitase a cumplir lo concertado con el Papa y la Liga (4979), rematando el fallido proyecto de Levante. Podría llevarse a cabo con 100  velas, cargadas de infantes y 600 caballos, dejando a cargo de los venecianos el transporte del "pan" para la gente, que se pondría en Zante, Corfú, Otranto o Brindisi (4381).

Debió convencer a Felipe II, pues abandonó veleidades argelinas: "S.S. y S.M., quieren que sea este año la empresa de Le­vante". Se formaría un "gran exército por tierra", que permitiese "tentar de una vez" el desembarco, que se proyectó desde un principio (4370). Difícil la operación, se quiso convencer al Emperador, para que entrase por Ungría, pero se negó, permaneciendo pasivo (4383). Empantanados los preparati­vos, Pío V temió nuevo fracaso. Enfermo en abril, falleció a primeros de mayo (4383). Sucedió Gregorio XIII, aprovechando Felipe II el relevo, para mandar sus barcos a la costa de Argel, sin consultar con los coaligados (4370), que zarparon por su cuenta: "gran negocio ha hecho herrar Marco An­tonio y los venecianos, en no querer aguardar al Sr. D. Juan", lamentó De Toledo (4341). Colonna pasó por Corfú, continuando hasta Albania: "siembran tantas victorias de mar y tierra, que han avido en Tamagusta, que yo me contentaría con la mi­tad" (4979).  Al olor de la gloria, Felipe II  ordenó al her­mano "que se prosiga en lo que estaba capitulado. Y es tanto el contentamiento del pueblo y el que S.S. tiene que vaya toda la armada de la Liga en Levante, que espero que ha de encami­nar Dios el suceso de la manera que lo hizo el año pa­sado, quando menos lo pensávamos" (4383). Siendo la intención reparar el daño, ocupando Morea, el Austria llevó 45 galeras, 54 para la historia oficial, con dos galeazas de Florencia (4979). Se dice que Aluchali fue derrotado en los mares de Grecia por Marco Antonio Colonna, a 7 de agosto, antes de que llegase el Austria, suceso que fue adobado en Madrid: "llegó noticia de que D. Juan había también ogaño tomado la armada del Turco. Se ha sabido por el fundamento que ha tenido esta burla, me­dio creída ya. Y ha dado que reír" (4344).

En 1572, un baylo de venecianos, delegado en Constantinopla, anunció que "Luchali" sacaba 180 galeras (4383). En septiembre, seis galeras y siete galeotas de Argel, penetraron en el Mediterráneo español, capturando un barco en aguas de Ibiza, que transportaba lana de Alicante y Liorna (4342). Los datos recogidos son el resultado de una cata, en el archivo de la Fundación Casa de Medina Sidonia, con destino al apéndice de obra, que ofrece visión aportada por sus coetáneos, de diferentes hechos, ocurrido en el reinado de Felipe II,. Estudio más profundo en este depósito, el Archivo General de Simancas, el de Asuntos de Exteriores y el Vaticano, si algún día se terminan de catalogar y abrir al público, a más de los italianos y los que se conserven en el mundo musulmán, permitirá completar el relato, que esbozó en esta modesta aportación.


[1] El número, como los siguientes, corresponde al legajo del archivo de la Fundación Casa de Medina Sidonia, en el que se encuentra el documentos original, donde aparece el dato. Cuanto contiene este artículo, figura en la obra de la autora, “Alonso Pérez de Guzmán, General de la Invencible”, publicada por la Universidad de Cádiz, con la  Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, en 1994.

[2] * No tardó Fadrique de Toledo en pagar la diatriba. Descubiertos sus amoríos con Magdalena de Guzmán, el Rey intervino. Escarceo habitual en la corte, se convirtió en delito, que el joven general pagó con muchos años de prisión, pérdida de la carrera e imposibilidad de tener descendencia, dada la edad en que fue liberado.

[3] * Hasta 1562 no se anunció, vía Venecia, que D. Sancho, D. Alvaro y don Berenguer "quedavan ya libres en Constantino­pla". Acostumbrado a los falsos rumores, García de Toledo lo puso  en cuarentena: "plegue a Dios no sea como las otras vezes" (4330).

[4] En 1564, García de Toledo predijo, sin equivocarse, que no sacaría armada, "más de 15 o 20 galeras, para la guardia del archipiélago" (4373).

[5] Península de Esparta, al sur de Grecia.