Arco moresco

Umar Ribelles


 

La Historia oficial, la que se cuenta como dogma obligatorio por el Poder en todos los medios desde siempre, es la que nuestros abuelos contaron a nuestros padres y saben nuestros hijos. La que escucharán los marcianos cuando las carretas de los primeros colonizadores terrestres asomen. Es Historia global, intransigente y absoluta, polarizada en torno a muy pocos hechos y basada en ningún documento. Está diseñada de forma que al que la asimila le vacuna y no le permite reconstruir la verdadera Historia. Sus asombrosos mecanismos rechazan con sutiles automatismos las siempre escasas evidencias en contrario. Inasequible al razonamiento, todos la defienden, pocos piensan que podrían atacarla. Sus cancerberos oficiales, arropados al calor de la nómina vitalicia, cumplen con tan solo destruir las pruebas documentales y callar.

Al hombre de la calle, la falsa Historia oficial se le suele resquebrajar con la irrupción de datos aislados que aparecen en su intelecto en clave surrealista dejándole perplejo. Con el tiempo, más datos y la Providencia, el cerebro perplejo puede llegar a captar el koan histórico, comienza a atar cabos e imagina retazos de la verdadera Historia. Lo tiene difícil, pocas son las piezas que sirven en el gigantesco puzzle de mentiras cuidadosamente elaboradas, trabadas y obligadas a creer por el poder. Opinar, lo que se dice opinar con fundamento, es algo que pudiera costar caro. A Sabora Uribe de Gernika, tan solo hace 16 meses, en España, le costó recibir cincuenta (50) puñaladas. Lo mismo también pasa en la Inglaterra de hoy. El Basileus (mandamás de la Constantinopla romana hasta que los turcos la tomaron el 1453), castigaba el delito de opinión con la originalidad de arrancar los ojos sin más. A Joaquín Almunia, por reconocer la derrota de Lepanto, todos le tratarán, incluso compañeros y votantes, como al tonto de la clase. Envejecerá con ese estigma imborrable porque, al estilo de Don Quixote, un día cualquiera arremetió contra auténticos molinos de viento y, cándidamente, dejó sueltos, sin derribar, a los fementidos frailes benitos de Aznar y Rajoy.

Ya conté hace unos días el susto que sentí cuando comprobé de forma cierta que la Mezquita Aljama de Córdoba tiene una Quibla imposible, con 43º de diferencia con la Mezquita vecina de Medina Azahara. No fue menor la sensación que tuve en Toledo cuando, perdido por sus calles, encontré el museo de arte visigótico y allí, ante mis ojos, en tres dimensiones, elaboradísimo, topó mi entendimiento con un arco de herradura con certificado de origen visigodo, de esos que cualquier profano identifica como estilo tardío en toda cultura: Me acababa de dar cuenta de que los visigodos, aquellos que dicen que por ser malos chicos fueron aniquilados en un santiamén por la caballería árabe, tenían desarrolladísimo el arco que los árabes traían de novedad en las alforjas. Es decir, la guardia civil caminera de los españoles de entonces tenia metido en vena lo imposible en su arquitectura.

Como a los gitanos de García Lorca, estas sorpresas se transforman en el españolito de a pie en penas de cauce oculto y primavera remota. Nadie, mentalmente esculpidos como están por la Historia oficial, le sacará jamás de la sorpresa y si lo dice en un examen le suspenderán. ¿Quién?, cautivo mental por la mentira histórica de la invasión árabe y/o mora de España y el sur de Francia, le va a decir que en esos países el personal tenia construidos un sinnúmero de iglesias con monumentales arcos califales. Cómo se puede entender sin que explote la cabeza, que entre los siglos II y VII el arco de herradura era moneda común en Europa, cuando el caballo árabe estaba aún sin inventar, y, nómadas maestros de la poesía a lomos de incompatibles camellos, los árabes, ignoraban lo que era una casa porque solo vivían en jaimas y todavía su inexistente arquitectura tardaría siglos en enterarse de lo que los italianos, siempre artistas, llamarían con mala intención “arco moresco”.