La importancia espiritual de la alimentación en el Islam
(El mes de Ramadán y el sacrificio del cordero)


Abdelmumin Aya


 

Una vez acabado el Ramadán, la nueva cita del calendario musulmán es con el Día del Sacrificio, en el que la tradición recomienda que cada padre de familia sacrifique un cordero. Ambas celebraciones están estrechamente relacionadas, no sólo por su cercanía en el tiempo, sino por su carácter de aprendizaje de una importante realidad material: la necesidad que tiene la criatura de alimentarse y sus implicaciones espirituales.

La criatura es un ser dependiente; su poder no reside en sí mismo, sino que su mera existencia es una deuda que tiene con aquello ante lo que ha decidido postrarse, que es -ante todo- lo que se basta a Sí mismo (al-Qayyûm). La tradición nos dice que Adán se engrió al verse creado y que, entonces, Allah le hizo pasar hambre; junto con el pan, Adán encontró a Allah. Junto con su condición de ser no-autosuficiente, la criatura establece la religión, esto es, el reconocimiento de que existe algo que no ha sido creado, de lo que depende que todo -ella misma- se preserve en el ser. En este sentido, el Ramadán nos ha recordado lo necesario que nos es el alimento y la bebida y, mas allá de la necesidad, nos ha recordado el placer supremo que supone un bocado de comida o un sorbo de bebida cuando en el iftâr cada día rompíamos el ayuno de Ramadán. Mientras lo hacíamos, a algunos que somos proclives a viajar con la mente por las regiones siderales del Pensamiento, se nos iba la cabeza al milagro imposible de desentrañar que supone que gracias a ese alimento la criatura se preserve en el ser, lo que es tanto como decir, que gracias a su alimento la criatura se mantenga como Manifestación de Allah. Por eso, es posible que no haya acto tan sagrado para la criatura como el alimentarse. ¡Hasta tal punto Allah no es un ser ajeno, distinto, aparte de la existencia, que ‘su trabajo” es realizado por cada una de las criaturas una vez que éstas ya están en la existencia!... Todo esto ha sido un aprendizaje posible gracias al ayuno a que nos obliga el Ramadán.

Y, tras el Ramadán, nos encontramos con la segunda parte de este aprendizaje de sí mismo en el tema de la alimentación, que recibe el hombre que se ha puesto bajo la protección del Islam: el Día del Sacrificio.

En el Día del Sacrificio recordamos lo que cuesta a otros seres vivos el que nosotros nos mantengamos en la vida. La mayoría de nosotros comemos animales, pero no queremos asumir el coste de nuestras acciones: la muerte de otros seres. Preferirnos que sean otros los que hagan el trabajo de matar. Es hipócrita nuestro cerrar los ojos ante nuestras necesidades. Y tan necesario (y tan natural) es a la criatura la muerte de otros seres vivos, como desnaturalizado es que tenga complejo de culpa por ello. En realidad, es tan absurdo un hombre con complejo de culpa por comer carne como un león o un tigre atormentado por idénticos escrúpulos de conciencia. El vegetarianismo es una opción legítima en el Islam, y hasta significativa de un cierto grado de sensibilidad en la persona. Pero no nos confundamos: el Islam es la religión del hombre, no la del ángel: la de la calle, no la del eremita, ese santo virgen y mártir que no mamaba los viernes del pecho de su madre. No es un Cristianismo que pretende que tengamos unas necesidades diferentes de las que tenemos y que sólo sirve a los santos, mientras que al amparo de estos hombres excepcionales se fragua la civilización más destructiva que jamás se haya concebido. En el Cristianismo, tras cada Madre Teresa de Calcuta se han parapetado cientos de miles de cómplices del Sistema que se dicen cristianos y que a diario son los artífices de una civilización sin Dios, tras cada Francisco de Asís miles de explotadores del entorno, como en el futuro tras cada cura obrero o cada teólogo de la liberación -ahora denostados- se esconderán un sinnúmero de burgueses con sus prejuicios de clase. El Cristianismo ha dado lugar al Capitalismo por poner las metas del hombre demasiado lejos de su naturaleza real; así, mientras unos pocos se dedicaban “a la santidad”, millones con la excusa de que “no todos podemos ser santos” montaban la más abominable estructura material de una civilización que ha dado la espalda a lo sagrado. El Islam parte de la naturaleza real del hombre y de sus acciones cotidianas, no de cómo debería ser, porque, en el fondo, querer que las cosas sean de un modo diferente a como son -a como no pueden dejar de ser- es una forma de shirk, es un creer que nosotros lo habríamos hecho mejor, es un juzgar el mundo desde la cabeza del hombre. Allahu Akbar. El Islam es la religión de la bendita sexualidad, la de la violencia natural (legítima tensión dentro de la sociedad para que no se corrompa)... es la religión que bendice las necesidades y no la que trata de abolirlas como si jugáramos a ser dioses y quisiéramos crear el mundo de un modo diferente. Este mundo es el mejor de los mundos posibles, y ser religioso en él es tan sólo ser hombre, árbol, cascada, roca... No hay nada especial que hacer. Basta con ser para ser manifestación de Allah.

El sacrificio de animales es un buen aprendizaje (para todo aquel que coma carne) de las consecuencias de sus acciones. Nadie debe estar de espaldas a sí mismo: “El que se conoce a sí mismo conoce a su Señor”, dice el hadiz. Así que el Islam, una vez al año, te obliga a saber cuál es el precio de que tú estés vivo, te obliga a derramar sangre de animal si cotidianamente te alimentas gracias a que eso ocurra. Algo que aún en nuestros pueblos es un hecho tan natural que no inmuta a nadie, y que sin embargo hace temblar al ciudadano. ¿Sabéis cuál fue mi primer pensamiento la primera vez que corté el cuello de un cordero, con esa mirada limpia y penetrante del que va a ser sacrificado, esa sangre que brota caliente impregnado su propio cuerpo blanco? Mi primer pensamiento fue: “Tengo que devolver a la Vida lo que me ha dado.”

En sociedades tradicionales no se da este tipo de persona que “juega” a no tener sentido en su vida, no se dan los deprimidos, los suicidas, los que viven en el tedio de dejar pasar los años... Nosotros, los ciudadanos, encargamos a otros todas las muertes (leñadores. matarifes, verdugos, soldados...) que nos son necesarias, y por ello creemos que nuestra deuda está saldada con pagar un dinero por una mercancía o pagar unos impuestos. No es así. Nuestra deuda con la Vida se salda sólo compensando con nuestra actividad diaria, nuestra alegría de vivir, nuestro amor por el mundo, nuestra creatividad, el Arte, la Poesía, la contemplación de la Naturaleza, digo, compensando con todo ello las muertes de los seres por las que seguimos estando vivos. El hombre debe preservar la Naturaleza, sin excusa, y a sí mismo como parte inmersa en esa Naturaleza. El hombre no es algo opuesto al Todo, sino parte del Todo. No es ni el Rey de la Creación, ni un esclavo que tenga prohibida toda injerencia en la propiedad de su señor. Puede usar del mundo como lo usan el resto de las criaturas, sin complejos de culpa, pero con el respeto del que sabe que somos hijos de la tierra, y el que prostituye a su madre se prostituye a sí mismo. Los hombres que viven de un modo tradicional siempre han matado para alimentarse, pero sólo en la medida que les ha sido necesario y con la racionalización con que lo hace el que conoce bien la Naturaleza.