El resurgir de Al-Ándalus (II)


Por Ali Kattani 



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Establecimiento del Reino de Granada

Después de que se derrumbara el estado almohade en Al-Ándalus trabajaron Ibn Hud e Ibn Al-Ahmar en la consecución de la unidad de las tierras andalusíes para resistir a la invasión de los Cruzados. Fue Ibn Hud, Abu Abdellah Ibn Yusuf Ibn Hud Al Yudhami, original de Zaragoza. Su movimiento comenzó en Murcia en el año 1228 (625 H.), sometiéndose a su mandato Murcia, Córdoba, Sevilla, Málaga, Almería y otras ciudades del país. Pero, tal vez no estuviera Ibn Hud a la altura de las esperanzas depositadas en él, y fue derrotado por los cristianos en sucesivas batallas, sin poder salvar Córdoba, la capital del Califato. La dejó caer en manos de los cristianos en el 23 de Shawál del 633 H. (29/6/1236 d. de J.). Y fue alzada la cruz inmediatamente sobre el minarete de su gran Mezquita. Supuso la caída de Córdoba un fuerte golpe para los musulmanes que se desanimaron en sus propósitos. No vivió mucho tiempo después Ibn Hud, muriendo en el puerto de Almería en el 1237 (635 H.), en circunstancias extrañas, después de que Aragón ocupara las islas Baleares de manos de los musulmanes.

            En cuanto a Ibn Al-Ahmar, rival de Ibn Hud, Abu Abdullah Muhammad Ibn Yusuf Ibn Nasr, original de Arjona, una de las fortalezas musulmanas situada entre Jaén y Andújar, perteneciente actualmente a la provincia de Jaén. Nació en ella en el año 1198 (595 H.). Fue un soldado de gran valentía y decisión. Su movimiento apareció en el mismo periodo que el de Ibn Hud, rivalizando con él. Ibn Al-Ahmar fue un político experto y valiente. Le secundaron las ciudades de Jaén y Guadix y sus alrededores después de su aparición. Dirigió un intento de incorporación de los puertos y las bases andalusíes del sur, y llamaron para secundarle Carmona, Córdoba y Sevilla a mediados del año 1232 (629 H.), por un corto espacio de tiempo. Después Córdoba y Sevilla trasladaron su obediencia a Ibn Hud. Y más adelante se le unieron Jerez, Málaga y los territorios circundantes en el año 1233 (630 H.).

            Cuando se unificaron los andalusíes alrededor de Ibn Hud, manifestó Ibn Al-Ahmar su inclinación hacia él en el año 1234 (631 H.) y lo secundó. Después de la muerte de Ibn Hud fue Ibn Al-Ahmar el que restableció en solitario la unidad de Al-Ándalus anexionándose Granada en Ramadán del año 635 H. (abril de 1238), y eligiéndola como su capital y el centro de su gobierno. A continuación conquistó Ibn Al-Ahmar la ciudad de Almería y expulsó de ella a su gobernador Ibn Ramimi. Así fue como surgió el Reino de Granada en circunstancias dramáticas y oscuras, y todo el que estaba a su alrededor, amigo o enemigo, vaticinaba para ella una rápida desintegración.

            No se detuvo el avance cristiano sobre las tierras andalusíes, sino que cayó Valencia en manos de los aragoneses en el año 1238 (636 H.), y le siguieron después Játiva, Denia, Alicante, Orihuela y Cartagena entre los años 1243-1246 (641 y 644 H.). Más tarde la gente de Murcia se resignó a firmar un pacto con el rey de Castilla el año 1243 (640 H.). Y así fue como se perdió el este de Al-Ándalus de manos de los musulmanes, apareciendo síntomas evidentes de la aniquilación de Al-Ándalus. Los andalusíes solicitaron de nuevo el auxilio a los marroquíes. Sin embargo, Marruecos no estaba en una situación posible de ayuda a Al-Ándalus, ya que estaba siendo presa de violentas guerras civiles que le impidieron acudir en auxilio del Islam en Al-Ándalus como era su costumbre. Solicitaron entonces la ayuda del estado Hafsia tunecino, el cuál estaba más débil aún. Nos ha dejado el Legado Andalusí una casida de Ibn Al Abbar Al Qudai, embajador de Abu Yamil Zayan, gobernador de Valencia, que envió al sultán Hafsia Abu Zacarya poco antes de la caída de Valencia pidiéndole socorro, diciendo:

 

Salva con tus caballos, caballos de Allah, la tierra de Al-Ándalus                  

Que el camino de su salvación está perdido

Y concédele el honor del auxilio que busca 

Porque todavía el honor de tu auxilio es pretendido

Tiene algo en sus entrañas que le estorba

A lo largo del sufrimiento que padece día y noche

La gente de la Península ha despertado inmolada

Por los sucesos y ha anochecido destrozada

En cada lugar queda algo

Que se torna horfandad lo que para el enemigo es fiesta

Y cada singularidad tiene un injusto revés de la fortuna

La tranquilidad se repliega en guardia y el júbilo en pena

Los romanos se reparten el botín. ¡Qué no obtengan sus partes!

¿No están sus mejores cualidades ocultas olvidadas?

Y de ellas en Valencia y Córdoba

Lo que golpea el alma o lo que derrama la conciencia

Minaretes que ha ocupado su sitio la idolatría sonriente   

Alegres. Y ha salido la fe deprimida

Y los enemigos han hecho sus burlas en ellos

Con la nostalgia de que vuelva una parte de ella, debilidad humanitaria.

            De pronto Ibn Al-Ahmar incorporó Almería al Reino de Granada, para dirigirse después a la provincia de Jaén a combatir a los cristianos, poniendo cerco al castillo de Martos en el año 1239 (636 H.), pero no pudo apoderarse de él. Se enzarzó pues, en una encarnizada batalla contra los cristianos, ocupando tras ella los cristianos el castillo de Arjona, patria chica de Bani Al-Ahmar. Después rodearon los cristianos la mismísima ciudad de Granada en el año 1244 (643 H.), pero fueron rechazados desde sus murallas sufriendo pérdidas horribles.

            Cuando Ibn Al-Ahmar vio que no disponía de fuerzas para combatir a los cristianos, ni esperanzas de obtener ayuda de Marruecos o Túnez, se ofreció al rey de Castilla Fernando prestándole obediencia a cambio de que le permitiera gobernar su reino y sus tierras en nombre del rey de Castilla, cumplir con el pago de un diezmo anual equivalente a la cantidad de ciento cincuenta monedas de oro; ser su aliado en todas las guerras que librara contra sus enemigos, fuesen musulmanes o no; presenciar las Cortes de Castilla como vasallo del trono de Castilla. Entregó a Castilla Ibn Al-Ahmar Jaén, Arjona, Porcuna, Priego de Córdoba, Zújar y Alcalá la Real, además de otros extensos territorios. Así fue como dictó el tirano de Castilla el pacto con Ibn Al-Ahmar en el año 1245 (643 H.), y le dejó el control de las plazas o castillos que quedaban en su mano.

            Dejó Ibn Al-Ahmar lo que quedaba del territorio de Al-Ándalus a su irremediable destino y además contribuyó a su ocupación con su ayuda a Castilla, conforme al acuerdo. En el año 1247 (645 H.), se entregó a Castilla el oeste de Al-Ándalus que comprende entre otras ciudades Tavira y Silves (actualmente en Portugal). A continuación ocupó Fernando la ciudad de Carmona, preparando de ese modo la ocupación de Sevilla con la colaboración de Ibn Al-Ahmar. Solía desempeñar Ibn Al-Ahmar el papel de consejero de los musulmanes en esas ciudades, pueblos y fortificaciones para que se entregaran a los cristianos a cambio de que se les perdonara la vida.

            Fernando puso cerco a la ciudad de Sevilla a comienzos del mes de agosto del año 1247 (Yumada 1ª del 645 H.) con inmensas fuerzas en las que participaron la mayoría de los príncipes cristianos en España y Europa en una verdadera Cruzada sin precedentes. Envió una escuadra naval por el interior del Guadalquivir. Apoyó Ibn Al-Ahmar al tirano de Castilla en este cerco, conforme al acuerdo, con el envío de fuerzas de caballería. La gente de Sevilla, sin embargo, proyectó su defensa con una valentía heroica. El cerco de Sevilla se prolongó durante casi ocho meses, después del cuál se vieron forzados a entregarse a primeros de Ramadán del año 646 H. (23/12/1248), convirtiendo inmediatamente los cristianos su gran mezquita en iglesia como de costumbre. Y trasladó Fernando la capital de su reino de Toledo a Sevilla.

            Así fue como comenzaron a caer una tras otra las ciudades del occidente de Al-Ándalus, después de la caída de Sevilla. Se apoderaron los cristianos de Jerez, Medina Sidonia, Cádiz, Sanlucar de Barrameda, Guillena, y otras de entre sus bases, ciudades y fortalezas. Ibn Al-Ahmar ayudó a los cristianos a ocupar gran parte de estas plazas fuertes, entre ellas Cádiz. Así apareció Ibn Al-Ahmar, con un comportamiento raro, doloroso y humillante, como aliado de los cristianos, en la ocupación de las ciudades del Islam y la destrucción de sus fortalezas, como oponente de toda resistencia, y como promotor de cada abdicación y cada derrota. Fue Ecija una de las últimas ciudades entregadas a los cristianos a finales del año 1263 (662 H.).

            Pretendieron los cristianos traicionar Ibn Al-Ahmar para arrebatarle los territorios de Al-Ándalus que quedaban en su mano. Fue entonces cuando los andalusíes, desengañados de sus gobernantes, pidieron ayuda a la gente de Marruecos y sus tribus. Y viendo Ibn Al-Ahmar la debilidad de la respuesta dio un nuevo paso para calmar el tirano de Castilla, entregándole a finales del año 1267 (665 H.), más de cien fortalezas y pueblos. Así fue como celebró la paz con Castilla.

            Empleó Ibn Al-Ahmar lo que quedaba de su vida en la consolidación y organización de su reino, así como la fijación de los refugiados. Nombró a su hijo Muhammad como el sucesor heredero después de él. No turbaron el orden las guerras al final de sus días salvo la rebelión de Málaga y la injerencia de los cristianos en Algeciras. Murió Muhammad Ibn Al-Ahmar en el 29 de Yumada 2ª del año 671 H. (diciembre de 1272) a la edad de 76 años (13).

            En menos de un siglo disminuyó la extensión de Al-Ándalus de 250.000 Km2 a solamente 30.000 Km2. Siendo los territorios que actualmente comprenden las provincias de Málaga, Granada y Almería, y una parte de las provincias de Cádiz, Córdoba y Jaén, siendo zonas montañosas no aptas para el cultivo y que el ingenio andalusí las convirtió en centros de civilización no equiparables en agricultura, industria y defensa. Y no fue eso posible sino con el  ingenio de Muhammad Ibn Al-Ahmar, el que fuera diestro en la política de lo pasable, asegurándose la salvación de un trozo de Al-Ándalus, que reunía en él la diáspora de la Umma Andalusí, aunque fuera por métodos humillantes imposible de aceptar otro que él.

            Estos desgraciados sucesos condujeron a un cambio radical en la nación andalusí. Siempre que los cristianos ocupaban tierras islámicas del territorio andalusí, emigraba la capa social intelectual, los fabricantes y artesanos a los lugares que quedaban de los territorios islámicos, es decir a Granada y su territorio. Mientras que el pueblo llano permanecía en los territorios ocupados. De ellos, unos eran obligados forzosamente a cristianizarse y otros continuaban firmes en su Din, y esos fueron la mayoría. Trajeron los cristianos a emigrantes cristianos de otros lugares para colonizar las tierras de los musulmanes. Así fue como los musulmanes se convirtieron en minoría en su propia patria. Los andalusíes nombraron a los musulmanes que se quedaron bajo el dominio cristiano como “mudéjares”. Estos se organizaron en yamáas islámicas. En muchas zonas constituían la mayoría de la población fuera de las ciudades, especialmente en Aragón y en el País Valenciano hasta comienzos del siglo XVII. Los mudéjares preservaron su Din del Islam en condiciones extremadamente adversas, rayando la esclavitud. Con el paso del tiempo se debilitó la lengua árabe entre ellos, llegando a escribir sus libros y sus cartas en romance. Y esta lengua difiere de la lengua que vimos en los tiempos del estado Omeya o de los Reyes de Taifas como la que hay en los zéjeles de Ibn Quzmán. Es una lengua popular que se escribe con letras árabes y es según las zonas castellano (español actualmente), portugués, aragonés, o catalán. Estas lenguas pasaron a tener una gran importancia entre los musulmanes después de la caída de Granada.

            En cuanto al número de la población del reino de Granada, a pesar de su pequeña superficie, era equivalente a la población del resto de la Península Ibérica aproximadamente. Todos eran musulmanes, sin que hubiera entre ellos minorías cristianas. Desapareció el romance entre ellos y la lengua árabe con su dialecto andalusí pasó a ser su única lengua, mientras que el español no era sino una lengua extranjera. El Reino de Granada se constituyó en el refugio de los andalusíes “mudéjares” y otros. Y sus fronteras siempre estaban abiertas para ellos, recibiendo cada año un gran número de emigrantes del norte y los muyahidín del Magreb.

            En este periodo triste que condujo a la aparición del Reino de Granada escribió Abu Tayib Saleh Ibn Sharif Ar Rondí (de Ronda) su famosa casida en la que describe las realidades de Al-Ándalus, sus tierras y sus pueblos, de injusticia, adversidad y aniquilación, cuando dice:

 

Sobrevino un asunto tal a la Península para el que no hay consuelo        


La montaña de Uhud cae por ello y se desploma la montaña Zahlan

El mal de ojo se cebó sobre el Islam y lo padeció

De tal forma que territorios y pueblos de él quedaron vacíos

Hasta que dijo:

El Islam haníf puro llora de sentimiento

Como llora por la separación el errante amado

Por patrias que han quedado del Islam vacías

Una vez devastadas el paganismo las ha edificado

Dónde las mezquitas se han convertido en iglesias, no 

Hay en ellas sino campanas y cruces

Hasta los mihrab lloran siendo de piedra sólida

Y hasta los mímbares se afligen y son de madera

A continuación dice:

Cuál pueblo humillado después de su grandeza

Ha transformado su estado el pagano y el tirano

Ayer eran reyes en sus casas

Y hoy son en las tierras paganas esclavos

Hasta que dice:

Por eso mismo se diluye el corazón deprimido

Si es que había en el corazón Islam y fe.