El carácter de los habitantes del desierto
De “Los siete pilares de la sabiduría” de Lawrence


Desde la redacción de Webislam queremos incluir un texto escrito por un enemigo declarado del Islam que vivió algún tiempo en el desierto de Arabia porque todo aquello que nos presente de positivo de nuestra visión del mundo será incontrovertible verdad. Señalamos con negrita las percepciones acerca del pueblo en que nació el Islam que más nos llaman la atención, y reflejan que las explicaciones de la metafísica islámica en que estamos empeñados en la denominada “descristianización del Islam” no es una maniobra de marketing de las religiones sino el volver a la autenticidad del Islam del desierto. Puede apreciarse en el texto cómo pasa de un lenguaje despreciativo a uno admirativo de aquello de lo que está hablando.


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Si el miembro de la tribu y el habitante de la ciudad del Asia de lengua Árabe no fueran razas diferentes, sino tan sólo hombres en diferentes estadios sociales y económicos, podría esperarse una semejanza familiar en el funcionamiento de sus espíritus, de tal modo que sería razonable que elementos comunes aparecieran en las obras de todos estos pueblos. Al principio, en el primer encuentro con ellos, se descubrió una claridad o dureza de convicciones general casi matemática en su limitación y repelente en su falta de simpatía. Los semitas no tenían medias tintas en su visión. Eran un pueblo de colores primarios, o, mejor dicho, de blanco y negro, que veían el mundo siempre con perfiles acusados. Era un pueblo dogmático, que despreciaba la duda, nuestra moderna corona de espinas. No comprendían nuestras dificultades metafísicas, nuestras interrogaciones introspectivas. Conocían solamente la verdad y la falsedad, la creencia y la incredulidad sin nuestra vacilante comitiva de matices más finos.

 Para este pueblo todo era blanco y negro, no solamente en lo externo, sino también en lo íntimo; blanco y negro no sólo en la claridad, sino también en el contraste. Sus ideas sólo se encontraban a sus anchas en los extremos. Vivían voluntariamente en los superlativos. A veces, extremos contradictorios parecían poseerlos simultáneamente, pero jamás transigían y seguían la lógica de varias opiniones incompatibles hasta extremos absurdos, sin advertir la incongruencia. Con fría cabeza y juicio sereno, imperturbablemente inconscientes de la oscilación, iban de una a otra asíntota.

 Era un pueblo limitado, de mentes estrechas, cuyos inertes entendimientos yacían en una resignación indiferente. Sus imaginaciones eran brillantes, pero no creadoras. Había tan poco arte árabe en Asia, que puede decirse que no poseían ningún arte, aun cuando en sus clases elevadas figuraban protectores liberales que habían estimulado toda suerte de talentos en arquitectura, cerámica o cualquier otra de las artes cultivadas por sus vecinos e ílotas. Tampoco manejaban grandes industrias; no poseía organizaciones de la inteligencia o del cuerpo. No inventaron sistemas de filosofía ni mitologías complicadas. Seguían su curso entre los ídolos de la tribu y de las cavernas. Perteneciendo al menos morboso de los pueblos, aceptaron el don de la vida sin preguntar nada, como algo axiomático Para ellos era algo inevitable, impuesto al hombre, un usufructo fuera de toda posible regulación. El suicidio era un imposible y la muerte no era lamentable.

 Era un pueblo de espasmos de cataclismos, de ideas, la raza del genio individual. Sus movimientos resultaban más sorprendentes por contraste con la tranquilidad de su vida cotidiana; sus grandes hombres, más grandes por contraste con su plebe. Sus convicciones eran instintivas; sus actividades, intuitivas. Su principal producto eran los credos; poseían casi el monopolio de las religiones reveladas. Tres de estos esfuerzos han perdurado entre ellos, dos de los cuales se han extendido también (en forma modificada) entre los pueblos no semíticos. El cristianismo, traducido a los diversos espíritus de los idiomas griego, latín y teutónico, ha conquistado Europa y América. El Islam, en diversas transformaciones, ha “subyugado” el África y parte de Asia. Han sido éxitos semíticos. Los fracasos los guardaron para sí. Las franjas de sus desiertos están salpicadas de creencias en ruinas.

Es significativo que estos residuos de religiones fracasadas se encuentren en el límite entre las tierras cultivadas y el desierto. Eso indica el origen común de todos estos credos. Han sido aserciones y no argumentos; su divulgación ha exigido un profeta. Los árabes dicen que ha habido cuarenta mil profetas; poseemos testimonios de por lo menos algunos centenares. Ninguno de ellos procedía del desierto; pero las vidas de todos ellos seguían la misma pauta Nacían en lugares muy poblados. Un incomprensible anhelo apasionado los empujaba al desierto. Allí permanecían más o menos tiempo en meditación y abandono físico, y de allí regresaban, con su imaginado mensaje ya articulado, a predicarlo a sus antiguos y ahora ya titubeantes asociados. Los fundadores de los tres grandes credos, cumplieron este ciclo. Su posible coincidencia es una ley demostrada por las vidas paralelas de miríadas de otros fundadores, los infortunados que fracasaron, cuya profesión de fe podríamos juzgar no menos verdadera; pero a quienes el tiempo y la desilusión no ofrecieron haces de almas sedientas y secas, listas para la hoguera. Para los pensadores de la ciudad el impulso hacia Nitria había sido siempre irrepetible, pero, probablemente no porque encontraran que Dios moraba allí, sino porque en su soledad podían escuchar más distintamente la palabra viva que llevaban en sí.

La base común de todos los credos semíticos, vencedores o no, ha sido la idea omnipresente de la indignidad del mundo. Su profundo desapego de la materia les ha inducido a predicar la desnudez, la renunciación, la pobreza; y la atmósfera así producida ha sofocado despiadadamente a los espíritus del desierto. Una primera noción de la pureza que atribuían a tal rarefacción me fue dada en años ya lejanos, cuando después de haber cabalgado durante mucho tiempo por las ondulantes llanuras del norte de Siria, llegamos a una ruina de la época romana que los árabes creían edificada por un príncipe de aquellos confines para palacio de su reina. Se decía que el barro empleado en su construcción había sido amasado para mayor lujo no con agua sino con preciosas esencias de las flores. Husmeando el aire como perros, mis guías me condujeron de un aposento desmoronado a otro, diciendo: “Esto es jazmín, esto es violeta, esto es rosa”. Pero, al final, Dahoum me llevó consigo: "Venga la el más dulce de estos perfumes.» Entramos en el aposen­to principal, nos dirigimos a las aberturas que daban hacia el oriente, y allí bebimos con las bocas abiertas el viento sin fuerza, vacío, remansado del desierto. Aquel suave hálito había nacido en alguna parte tras el distante Éufrates y había hecho penosamente su camino a través de muchos días y noches de pasto seco hasta encontrar su primer obstáculo en los muros de nuestro ruinoso palacio. En torno a ellos parecía arrastrarse y detenerse, murmurando en lenguaje infantil «Esto ‑me dijeron‑ es lo mejor: no tiene sabor alguno». Mis árabes estaban volviendo sus espaldas a los perfumes y los lujos para elegir las cosas en las que la humanidad no había tenido arte ni parte.

 El beduino del desierto, nacido y criado en él, había abrazado con toda su alma esta desnudez excesivamente áspera para los demás, por la razón, sentida aunque no expresada, de que allí se encontraba indudablemente libre. Despreció los vínculos materiales, las comodidades, todas la cosas supérfluas y demás complicaciones con el fin de alcanzar una libertad personal que rondaba la inanición y la muerte. No veía virtud alguna en la pobreza misma; disfrutaba de los pequeños vicios y lujos -café, agua fresca, mujeres- que aun podía conservar.

 En su vida tenía aire y viento, sol y luz, espacios abiertos y un enorme vacío. No había esfuerzo humano, no había fecundidad en la naturaleza; sólo el cielo en lo alto y la tierra inmaculada debajo. Allí, inconscientemente, llegaba hasta las proximidades de Dios. Dios no era para él antropomórfico, tangible, moral; no estaba relacionado con el mundo o con su persona; no era natural, sino el ser '”auponatos, asinnatos, anafniés”, calificado así, no por desposeimiento, sino por investidura: un ser que todo lo abarcaba, la matriz de toda actividad. Naturaleza y materia no eran sino cristales que lo reflejaban.

 El beduino no podía buscar a Dios dentro de sí mismo; estaba demasiado seguro de que él se hallaba dentro de Dios. Nada podía concebir que no fuera Dios; sólo Él era grande. Sin embargo, había cierta familiaridad y cierta cotidianidad en este climático Dios árabe que era para el árabe su comer, su luchar y su gozar, el más común de sus pensa­mientos, su recurso familiar y su compañero, de un modo que resulta imposible para aquéllos cuyo Dios se halla tan tristemente velado por la desesperación de su indignidad car­nal ante Él y por el decoro del culto formal. Los árabes no sentían como algo anómalo el hecho de introducir a Dios en las debilidades y en los apetitos de sus menos aprecia­bles causas. Era la más familiar de sus palabras, y en rigor nosotros hemos perdido mucha elocuencia al Convertido en el más breve y feo de nuestros monosílabos.

 Este credo del desierto parecía indecible y aun impensable. Era fácilmente sentido como una influencia y los que permanecían en el desierto el tiempo suficiente para olvi­dar sus espacios abiertos y su vacuidad, eran inevitablemente empujados hacia Dios como el único refugio y ritmo de la existencia El Bedaui podrá á ser sunni o un wahabi nominal, o cualquier otra cosa dentro del círculo semítico, sin tomarlo muy en serio, un poco a la manera de los guardia­nes en la puerta de Sión, que bebían cerveza y reían en Sión, precisamente porque eran sionistas. Cada nómada tenía su religión revelada, no oral, tradicional o expresada, sino ins­tintiva. Por eso todos los credos semíticos (en carácter y esencia) hacen hincapié en la vacuidad del mundo y la plenitud de Dios, y por eso su expresión corresponde al poder y a las oportunidades del creyente.

 El habitante del desierto no podía esperar que otros aceptaran su creencia. No había sido nunca evangelista ni prosélito. Llegó a esa inmensa condensación de sí mismo en Dios cerrando sus ojos al mundo y a todas las complejas posibilidades latentes en él, que solamente podían ponerse de manifiesto al contacto con la riqueza y las tentaciones. Alcanzó así una segura y poderosa confianza, pero ¡cuán angosta! Su estéril imagen del yermo en el que se escondía. Así se infligió el sufrimiento, no meramente para ser libre, sino para complacerse. El resultado fue un deleite en el dolor, una crueldad que valía para él más que los propios bienes. El solitario árabe no encontró felicidad que pudiera compararse a la de la contención voluntaria. Encontró el placer en la abnegación, en la renuncia, en la autocoerción. Hizo de la desnudez del espíritu algo tan sensual como la desnudez del cuerpo. Salvó acaso su alma, pero con duro egoísmo. Hizo de su desierto una nevera espiritual en la que conservó intacta, pero sin mejoras posibles, una visión de la unidad de Dios. Los buscadores procedentes del mundo externo podían adentrarse en  él por una temporada y contemplar con despego el espíritu de las generaciones que aspiraban a convertir.

 Esta fe del desierto era imposible en las ciudades. Era, a la vez, demasiado extraña, demasiado simple, demasiado impalpable para la exportación y para el uso común. La idea, la creencia básica de todos los credos semíticos aguardaba allí, pero tenía que ser diluida para hacérsenos comprensible. El chillido de un murciélago era demasiado penetrante para muchos oídos; el espíritu del desierto se escapaba a través de nuestra contextura más burda. Los profetas regresaban del desierto con su vislumbre de Dios, y a través de su opaca sustancia (a modo de un cristal oscuro) mostraban algo de la majestad y resplandor cuya visión completa nos cegaría, nos ensordecería, nos impondría silencio, haría de nosotros lo que ha hecho del beduino: un hombre extraño, segregado de todos los demás.