Una Insólita Cruzada
Por Javier Lacosta

 

La guerra entre cristianos y musulmanes por la conquista de Mallorca abundó más en actos de cobardía que en los de valentía.

En la fecha del 31 de diciembre de cada año se celebra en Baleares por parte de entidades ciudadanas e instituciones públicas la caída de Palma de Mallorca, Medina Mayurqa para los musulmanes, en manos de las tropas catalano aragonesas del rey Jaume I. Se pretende conmemorar así el inicio del proceso de la adscripción del archipiélago a la órbita cristiana y su apartamiento de la musulmana. Los actos incluyen un homenaje militar y religioso al estandarte cuatribarrado de quien fue calificado por los musulmanes como "el tirano de Barcelona". Los nombres de los principales protagonistas del bando cristiano en aquella cruzada se observan en calles y plazas. La historia escolar, la historiografía franquista y la decimonónica, junto con la tradición popular, enaltecen las figuras de los conquistadores hasta elevarlos poco menos que a la categoría de héroes providenciales.

Como en tantas ocasiones, en realidad la celebración oficial y lo que realmente ocurrió tienen muy pocos puntos de coincidencia, o ninguno (1). Aún hoy se asegura por parte de historiadores en ejercicio que el motivo de la invasión cristiana o "reconquista" de Mallorca fue el de acabar con la piratería, que Jaume I protegió y perdonó al sultán mallorquín, que los musulmanes fueron libres de quedarse en la Mallorca cristiana o que los caballeros cristianos fueron modelos de virtudes cívicas y abnegación militar.

Todas estas historietas bienintencionadas no son sino invenciones muy posteriores al 31 de diciembre de 1229. En realidad, las crónicas medievales más o menos contemporáneas de aquellas fechas registraron múltiples actos de cobardía e indisciplina por parte de los conquistadores, actos que fueron mucho más numerosos que los de arrojo, valentía y nobleza en una expedición que tuvo la consideración de cruzada contra los infieles. El propio rey dedicó palabras de elogio para sus enemigos que "luchaban de manera que cada uno valía por dos" (2), en tanto que su frase histórica "vergonya cavallers, vergonya!" -’¡vergüenza, caballeros!’- dedicada a los magnates cristianos que rehuían la lucha pasó a formar parte del acerbo coloquial de Baleares.

La guerra por Medina Mayurqa o Ciutat de Mallorques, que no recuperó el nombre latino de Palma hasta las instauración de la dinastía borbónica, fue una acción de conquista extraña e insólita. Por primera vez, una monarquía peninsular se instalaba de modo permanente en un territorio ultramarino. Los episodios inauditos, incluso lde carácter doméstico, abundaron a lo largo de toda la campaña, y parecerían invenciones si no fuera porque están historiados en crónicas de autores medievales, entre ellas las memorias del propio rey (3).

Este decidió llevar a cabo la expedición de conquista cuando apenas contaba veinte años de edad. Había acudido a cortes en Tarragona cuando un marino y comerciante, Pere Martell, le invitó a cenar en su casa. Martell, también cómitre o contramaestre de galeras, hizo tal descripción elogiosa de Mallorca, "cosa de meravella", que los nobles instaron al rey a tomarla. Así, a la primera acción importante que emprendería el joven rey se uniría que el reino -poética circunstancia inaudita- estaba "en medio del mar"; se trataba de la primera empresa ultramarina de la reconquista "con lo que tendréis tres veces más honra que si estuviera en tierra", adujeron los nobles (4). Los musulmanes mallorquines ya habían sido víctimas de una razzia en 1114, a manos de pisanos aliados con catalanes bajo el mando de Ramón Berenguer III.

En cortes de Barcelona se hicieron las participaciones de la campaña próxima. Siguiendo las leyes de la Guerra Justa, el Papado concedió las tierras de los infieles a Jaume I, dado que se tenía por justo decretar la guerra contra los infieles. Pero el rey de Aragón y Conde de Barcelona sólo tenía bajo su mando directo a los caballeros y nobles aragoneses vasallos, los "rics homes", y a los mercenarios almogávares pagados de su bolsillo: ni tales fuerzas ni el tesoro real eran suficientes. Así, Jaume I acordó con los nobles catalanes que aportaran dinero y tropas, pero estas bajo mando de los propios nobles, con la contrapartida de la concesión de tierras y bienes en Mallorca, en un sistema de contrato con la corona parecido al que, siglos más tarde durante la colonización de las Indias, serían las capitulaciones reales para exploración y conquista.

Tanto en la teoría como en la práctica se establecía así desde el principio una dualidad en el mando militar que luego aumentó las dificultades de la campaña y posibilitó actos de cobardía que rayaban en la deslealtad hacia el rey.

El contingente cristiano embarcó en una escuadra que partió de Salou en la segunda semana de septiembre de 1229. Estaba formada por 155 embarcaciones de gran porte y otras menores en número sin determinar. Las naves transportaban una fuerza de 15.000 hombres y 1.500 caballos, además de intendencia y máquinas de sitio, así que debieron viajar bastante apretados. En Mallorca, el valí almohade Abu Yahya disponía de 18.000 hombres y 2.000 caballos, ó 42.000 hombres y 5.000 caballos, según las diferentes crónicas. Abu Yahya gobernaba, no sin tensiones internas, una de las ciudades "más fuertes del mundo y mejor amurallada" (Pina), con una población de unas 50.000 personas -muchas de ellas comerciantes pisanos, genoveses o catalanes de paso, como lo fue el propio Pere Martell- en una isla cuajada de alquerías y predios.

Ya en el primer encuentro entre los contendientes, tras desembarcar en Santa Ponça el 12 de septiembre de 1229, no se hicieron prisioneros: hubo 1.500 muertos por parte de los sarracenos. Pero casi inmediatamente comenzaron los actos de cobardía e indisciplina en las filas de la hueste cristiana. Así, Jaume I ordenó ese mismo día que un tercio de la hueste permaneciera de guardia en tanto el resto disponía el campamento, pero los nobles catalanes -de quienes dependían personalmente los peones y jinetes que habían aportado en las cortes de Barcelona- simplemente no le hicieron caso alegando cansancio de hombres y monturas.

El tercer día desde el desembarco y pocas horas antes de la batalla de Porto Pí, a Nuno Sanç y Guillem de Montcada no se les ocurrió otra cosa que discutir delante del rey para decidir quién de los dos comandaría las fuerzas, ya que ninguno se prestaba voluntario para la misión ni estaba deseoso de asumir el peligroso honor. Sanç consiguió escabullirse como si fuera un recluta para quedarse en un segundo plano, y en la batalla de Porto Pí fueron Montcada y el conde de Ampurias, su pariente, quienes mandaron. A la hora de avanzar, los nobles se desentendieron de la acción, entretenidos en el campamento, y dejaron al rey solo al mando de los peones.

Al fin comenzó la lucha al dar con un fuerte contingente de musulmanes montados, pero la tropa de Nuno Sanç retrocedió ante la embestida sarracena. Aquí exclamó el joven rey lo de "vergonya cavallers, vergonya"; el propio Jaume detuvo y reprendió a Guillem de Mediona, que abandonaba la lucha excusándose en que sangraba por la boca debido a una pedrada, diciéndole que "por tan poca cosa un caballero no abandona". Puestos ya en fuga los musulmanes, Jaume I quiso avanzar rápidamente sobre la Medina, que ya se divisaba, para cortar la retirada a los huidos, pero los nobles, en un sospechoso alarde de prudencia, le rogaron que se detuviera para rendir los funerales por Ramón y Guillem Montcada, muertos en la batalla. El propio Sanç, en un exceso de cautela, detuvo con sus manos las riendas del rey.

Entre el dolor por la pérdida y la desorganización de los nobles, ocho días se tardaron en establecer el campamento real, a pocas leguas de las murallas. Jaume I hizo que técnicos marselleses, pagados con fondos del tesoro real, montaran dos trabucos, un ‘fenévol’ y un ‘manganell turqués’, artillería medieval con la que se comenzó a bombardear la Medina. Los musulmanes oponían dos trabucos y catorce algardas (5). Ante la ofensiva, los musulmanes ataron a varios cautivos cristianos en lo alto de las murallas, para que los atacantes se vieran forzados a detener el bombardeo: recurso disuasorio muy usado en la época -por otro lado, no se guarda memoria de quienes pudieron ser los tales cautivos. El rey no se apiadó, encomendó los prisioneros a Dios, redobló los tiros que pasaron por encima de los cautivos y éstos fueron devueltos al calabozo por sus captores al no tener éxito el chantaje.

La campaña, a medida que se alargaba, se teñía de rojo sangre: los atacantes catapultaron a la Medina las 400 cabezas de otros tantos musulmanes capturados en una escaramuza (Desclot) cuando, al mando de Fati Allah -lugarteniente del valí-, intentaban reabrir la fuente que proporcionaba agua a la Medina, y que los cristianos habían cegado. Era un prólogo de la que les esperaba a los sitiados. Esa misma determinación cruel llevó a los nobles cristianos a rechazar dos negociaciones para tratar la virtual rendición de Abu Yahya, que ofrecía la ciudad y el resto de la isla a condición de que se respetaran de las vidas de los defensores y se dejara partir a quienes lo desearan. El rey era partidario del acuerdo, ya que le economizaba soldadas y vidas y le proporcionaba una ciudad intacta, pero los numerosos parientes de los Moncada y el obispo de Barcelona exigieron venganza y exterminio, juramentándose en ser los primeros en entrar a saco en la Medina. Jaume hubo de doblegarse, ceder y rechazar la oportunidad de terminar rápidamente la campaña.

Pero una cosa era clamar venganza y otra llevarla a cabo. El día 30 de noviembre y los dos siguientes, los cristianos fueron derrotados en tres ataques sucesivos de los musulmanes, lo que hizo bajar la moral de forma notable. De nuevo Nuno Sanç dio muestras de su indisciplina al querer abandonar el campo para acudir a una cena que le ofrecía un moro amigo (6), pero se lo impidió un amago de motín entre los nobles, que le echaron en cara este abandono y amenazaron con marcharse todos y desertar del incómodo sitio si lo hacía Sanç. Este desistió de la cena al fin, pero la ocasión dio lugar a nuevos juramentos terribles sobre quienes entrarían los primeros en la Medina y lo que harían una vez allí con sus habitantes.

Juramentos que, apenas unos días después‚ se olvidaron. De nuevo decayó la moral. En vísperas del que fue ataque definitivo del 31 de diciembre, el rey no durmió durante tres días porque se hizo cargo personalmente de todo, ya que los nobles se desentendían. Hasta tuvo que inspeccionar personalmente las guardias nocturnas, que eran abandonadas en medio de una desidia general. Sólo la hueste a sus órdenes seguía trabajando en las cavas o minas subterráneas abiertas para socavar los cimientos de los lienzos de murallas, en tanto los nobles apenas salían de sus tiendas y barracas por el gran frío que hacía. El joven rey, educado por los Templarios, era la única persona con mando de tropas que mantenía serenidad y coraje en contraste con la desafección y desánimo de los nobles, deprimidos por la fortaleza de las murallas y por un temporal de lluvias que duró semanas y convirtió el campo en un barrizal. Tanto es así que Jaume I desestimó una ocasión de ataque nocturno por estar seguro que caballeros y peones rehuirían la lucha, como ya lo hacían a plena luz del día.

Justo antes del asalto finaldel día 31 de diciembre (7) y tras la misa, todos los integrantes de la hueste se abrazaron con lágrimas y se pidieron perdón unos a otros, en clara señal de despedida por estar convencidos de que iban a una muerte segura y desconfiar de la victoria. A la hora de la verdad, ante una brecha abierta en la muralla, el rey debió repetir por tres veces la orden de avanzar, ya que nadie le seguía. Sólo los peones, y no los nobles vengativos, iniciaron una marcha al paso al grito de "Sancta María!" contra un lienzo de la Porta de Santa Margalida (Bab al Kofol), pero en formación de ‘melé’ o masa compacta autoprotegida por los escudos, de la que no sacaban sus armas por temor a que los sarracenos les cortasen los brazos. Fue otra ocasión para la admonición real de "vergonya cavallers ..." dirigida a quienes debían cumplir sus juramentos ...

La entrada y empuje de cuatro caballeros, junto con la aparición de Sant Jordi (8), fue providencial, ya que en ese momento los sarracenos que defendían el lienzo emprendieron la huida. Los parientes de Ramón y Guillem de Montcada no entraron los primeros en la ciudad, ni ninguno de los otros nobles, pese a los solemnes juramento de venganza. En estos momentos cruciales, de nuevo las leyes de la caballería, el honor y el ardor guerrero fueron dejados de lado: más de 30.000 musulmanes huyeron por la Porta de Porto Pí, en tanto peones y nobles se dedicaban al saqueo y asesinato antes de concluir la operación militar con el bloqueo de la ciudad. En apenas unas horas se elevó a otros 20.000 el número de muertos, muchos de ellos en el interior de sus casas como civiles y no como combatientes. Las moras ofrecían sus joyas personales a quienes asaltaban sus viviendas a cambio de la vida -"toma estas joyas y perdóname la vida" (Desclot)-; frente al palacio de la Almudaina fueron asesinadas trescientas personas por una hueste descontrolada. Desde el interior, los magnates musulmanes rogaron al rey la protección de los caballeros bajo su mando para rendirle la fortaleza. En señal de buena voluntad, los musulmanes le entregaron como rehén‚ al hijo menor de Abu Yahya, un muchacho de 13 años.

En medio del maremagnum, hombres de Tortosa capturaron al valí en un corral y se lo ofrecieron al rey, pero no en un acto de lealtad sino por un precio, como si fuera un esclavo: exigieron a cambio 2.000 libras barcelonesas, que Jaume I rebajó a mil. El rey ofreció a Abu Yahya protección personal para evitar su asesinato, pero sólo en ese momento crítico: Yahya fue torturado luego, hasta la muerte, durante 40 días; también el pequeño rehén‚ su hijo, fue decapitado (9).

El saqueo de la ciudad se alargó durante ocho días caóticos, durante los cuales el rey se vio abandonado hasta de sus servidores domésticos -"ningú no volía tornar a nós", se lamenta Jaume en sus memorias-; para comer y dormir dependía de las invitaciones de otros caballeros.

A un episodio codicioso le sucedía otro: el obispo de Barcelona, Nuno Sanç y Bernat de Sancta Eugénia impusieron que el reparto de los bienes de la Medina se hiciera mediante subasta, de manera que los prohombres adinerados pudieran hacerse con la mayor parte de enseres en detrimento de los menos pudientes. Jaume I proponía, por el contrario, que el reparto se hiciera mediante un sorteo para que los peones pudieran beneficiarse "porque (en caso contrario) no será subasta, sino engaño". Bien se había dado cuenta de las intenciones de los nobles. También, porque inventariar y hacer la subasta llevaría mucho tiempo y era preciso, desde el punto de vista militar, perseguir a los huidos y acabar la conquista de Mallorca. O sea, que llegó Carnaval y Pascua, y aún se estaban los cristianos regateando en la Medina.

Tantas semanas de inactividad forzada e indecisión debían por fuerza desembocar en algo grave. Peones, barones y simples jinetes se hartaron de la actitud de los nobles y decidieron saquear la casa de Gil d'Alagó (10), reclamando al rey que se habían quedado sin su parte del botín "y morimos de hambre aquí, y queremos volvernos a nuestra tierra". Dos días después también fue saqueada la casa del preboste de Tarragona, uno de los promotores de la expedición, que lo perdió todo excepto dos cabalgaduras. Ante un motín de la hueste ya declarado, Jaume I confió el tesoro de la Almudaina a los templarios y prometió devolverles lo suyo a los descontentos, aportando él más aún, incluso tierras. Ya pasada la Pascua de 1.230, el inefable Nuno Sanç abandonó al rey para armar tres galeras y practicar el corso en Berbería antes que poner su empeño en continuar la lucha para asegurar el resto de Mallorca -lo que desmonta la civilizada tesis de que el móvil de la conquista de Mallorca era terminar con la piratería, ya que los mismos cristianos la practicaban-; tal vez en la valoración acertada que el corso era menos expuesto -y más rentable- que la operaciones terrestres.

En tanto, en la ya Ciutat de Mallorques se declaró una peste que se llevó al otro mundo a muchos de aquellos díscolos nobles y magnates: sucumbieron Guillem de Clarmont, Ramón Alamán, García Peres de Meitats, Gerau de Cervelló, el conde de Ampúrias ... Los supervivientes se volvieron a sus dominios peninsulares, dejando al rey con los peones y los caballeros aragoneses, por entender que el compromiso con la corona adquirido en as cortes de Barcelona sólo les obligaba a colaborar con Jaume en la toma de la ciudad, pero no del resto de la isla.

El rey en persona, al mando de la tropa que dependía directamente de él -los "rics homens" de Aragón, los caballeros del Temple y los mercenarios almogávares- dirigió las operaciones de limpieza en el interior de Mallorca hasta el mes de noviembre de 1230. Se trataba de la labor militar más sucia y menos gloriosa, que sin embargo no fue desdeñada por el rey. En una ocasión que él mismo cita obligó a desalojar una cueva ocupada por centenares de refugiados mediante la acción del fuego. En esos duros meses en las montañas de Sóller (Shuiyar), Almallux, Banyalbufar, Pollença (Bullansa), Artá (Yartan) o la llanura de Inca (de Inkan, ‘lugar’), días hubo en que el rey junto con cien peones y caballeros compartieron siete panes por toda comida.

Jaume hubo de regresar a Mallorca en otras dos ocasiones, debido a que el interior de Mallorca no acababa de estar pacificado: ese era el fruto de tantas disensiones y deslealtades. Los cristianos tuvieron que enfrentarse contra un improvisado ejército de 6.000 hombres al mando de Aben Sheyri -tío materno del ejecutado valí Yahya-, quien fue vencido y muerto el 14 de febrero de 1231. A Sheyri le sucedió Xuaip en la dirección de la resistencia. Tres castillos, en Alaró, Pollença y Santueri, fueron las bases de los rebeldes; el rey cita que los musulmanes en Mallorca podían ser en aquellos momentos "bien quince mil con mujeres y niños" (11). De ellos, sólo dos mil continuaron la lucha cuando el rey y Xuaip concertaron una tregua, dando el primero libertad de residencia a los musulmanes. Los últimos resistentes fueron liderados por el cadí Abu Alí Umar ben Ahmed ben Umar al Amirí, quien fue muerto en la toma del castillo de Pollença en mayo de 1.231 (12). Los mallorquines musulmanes, antes que caer cautivos, prefirieron arrojarse por las laderas de los acantilados en el interior de tinajas, que se despedazaron contra las rocas.

En tanto, gracias a una estratagema famosa (13), Jaume firmó el 17 de junio de 1.231 un tratado con Abduala Mohamed, "cadí de Menorca", por el cual el rey era recibido como "señor natural" de los musulmanes menorquines, quienes se obligaban a satisfacer un tributo anual compuesto de "900 almudinos de cebada y 100 de trigo (...) 100 cabezas de bueyes y vacas de 2 a 6 años, 300 cabezas entre cabras y machos cabríos, 200 cabezas entre carneros y ovejas y 2 quintales de manteca". Para entonces, apenas dos años después de la toma de Palma de Mallorca, el joven Jaume era designado con los títulos de "Rey de Aragón y de Mallorca, conde de Barcelona y señor de Montpellier"

 

NOTAS:

1/ En las dependencias palmesanas de la Cámara de Comercio de Mallorca, una escultura en hierro forjado representa la toma de la ciudad con una iconografía más cercana a la de la rendición de Granada: un sultán, rodeado de huríes y validos, entrega las llaves de la Medina a un Jaume I ecuestre, visión bien lejana de la histórica, como se verá.

2/ ‘Crónica o Llibre dels feits’, del rey Jaume I, pág. 123. Edicions 62, Barcelona 1988.

3/ Sólo entre los cristianos: ‘Crónica de Bernat Desclot o Llibre del Rei en Pere’, Ed. Soldevila (Barcelona 1983, 2a ed.), ‘Cróniques’ de Ramón Muntaner y de Pere Marsili, todas editadas por Soldevila; todas fueron escritas aproximadamente entre una y dos generaciones tras la muerte de Jaume I. Junto con la del rey, estas crónicas fueron refundidas en una unitaria ‘Historia de la conquista de Mallorca’ por José María Quadrado en 1850, obra reeditada en 1946 en Biblioteca Balear.

4/ Pero antes se había registrado un ‘casus belli’ con el valí de Mallorca. Desclot recuerda que naves musulmanas mallorquinas tomaron en corso tres naves de Manresa en el puerto de Ibiza. Jaume I las reclamó con los bienes y personas; en caso contrario, que el valí se atuviera a las consecuencias. La acción del valí era respuesta, a su vez, a otra acción corsaria tortosina de la que había sido víctima.

5/ Datos recogidos en ‘La conquista de Mallorca pel Rei en Jaume I. Estudi técnic militar per Miquel Ribas de Pina’. Biblioteca ‘Les Illes d’Or’. (Palma, 1934). Como militar de carrera, Pina se hace cruces de la escasa disciplina y disposición de los mandos cristianos, cuya actitud y ejemplo se transmitía a la tropa.

6/ Ben Abet, el anfitrión de Sanç, era un musulmán del distrito de Pollença que quizás fue represaliado por Yahya. Ofreció a Jaume I todos los víveres que necesitara, pero no armas ni hombres. Tal vez creyera que la intención de los cristianos era hacer una razzia y marcharse luego, como ocurrió con la expedición pisano catalana de 1.114. Ayudando a los enemigos del valí creería librarse de un gobernante inepto e impopular. Para hacerse idea de las tensiones entre la población musulmana, casi al borde de la guerra civil en el momento de la invasión catalano aragonesa, ver ‘Bosquejo histórico de la dominación islamita en las Islas Baleares’, de Alvaro Campaner y Fuertes. Ed. Miquel Font y Conselleria d’Educació i Cultura del Gobierno balear (Palma, 1987), y ‘L’Islam a les Illes Balears’, Guillem Roselló Bordoy, (Palma, 1987).

7/ La cronología que se recoge tradicionalmente es la referida por el rey y los demás cronistas, pero debe tenerse en cuenta que estas fechas pertenecen al calendario juliano y no al gregoriano. En el almanaque islámico, la fecha corresponde al 25 de safar del año 627 de la Hégira.

8/ Los cuatro fueron, en este orden, Joan Martínez de Eslava, Berenguer de Gurb, el franco Suirot y Ferràn Peris de Pina. En cuanto a la figura de Sant Jordi, no fue vista por cristianos, sino por musulmanes y luego éstos, ya prisioneros, lo contaron a los asaltantes. La visión fue la de "un caballero sobre un caballo blanco, cubierto de armas blancas y de blanquísimas vestiduras". Sant Jordi era patrón de la caballería catalano aragonesa. Pina, págs. 86 y siguientes.

9/ ‘Els oblidats’, Guillem Rosselló Bordoy, ed. Ajuntament de Palma, 1990. El hijo mayor de Yahya, que dirigió la captura de las naves tortosinas en Ibiza, se había rendido al rey tras la mencionada ruptura de negociaciones entre las partes. Apóstata y bautizado como Jaume, el rey le casó con una doncella Alagó y le hizo señor de Illueca y de Gotor. Pero se duda entre la identidad de ambos hermanos, sobre si el decapitado fue el mayor o el menor. Todo apunta a que fue este último.

10/ D’Alagó había sido "cristiano y caballero", luego renegó y se islamizó con el nombre de Mahomet. Se ofreció como intermediario en unas primeras negociaciones con Jaume I, a quien le transmitió la oferta de que los musulmanes pagarían todos los gastos que hubieran tenido los atacantes hasta el momento, si abandonaban la lucha y reembarcaban. La ridícula oferta ni siquiera fue sometida a consejo por el rey. Si de nuevo se cita su nombre, y como rico propietario, quizá se explique por protagonizar un nuevo cambio de bando.

11/ Crónica del ‘Llibre dels feits’, cap. 79,

12/ ‘Els Oblidats’, pág. 81.

13/ El rey, que contaba con escasas fuerzas en la península de Artà desde donde se divisa el perfil de Menorca, hizo mantener encendidas gran número de hogueras durante la noche, para hacer creer a los musulmanes del otro lado del canal que disponía de un ejército numeroso y estaba dispuesto a asaltar la menor de las Baleares. El cadí, temiendo lo peor, adelantó la embajada para firmar el tratado de Cap de Pera en la costa de Artà. ‘La dominación islamita ...’, pág. 38 y ss. El tratado fue roto por Alfonso III de Aragón, que expulsó a los sucesores de Abduala (Boabdil) Mohamed en 1.287.