Las Jutbas de los Andalusíes

Tercera Jutba


Una de las virtudes que más se valoran en el Islam es la de la constancia. En un Hadiz, Rasulullah (s.a.s) nos enseña que es más valiosa una acción constante aunque sea humilde que otra que sea aparatosa e impresionante pero que no tenga continuidad. Habibullah nos decía con esto que labrar las cosas es mejor que fabricarlas de golpe, que lo hecho con sabiduría, siguiendo los pasos que exige, haciendo las cosas en la progresión que demandan, las hace más sólidas y duraderas, más perfectas y valiosas. Lo que se hace en un arranque fuerte, lo que es resultado de una voluntad o un pálpito, tiende a desvanecerse al igual que efímeras son las emociones que lo han producido. La actitud sabia ante la vida, ante las empresas que nos propongamos, es la de una reflexión primera, una meditación sostenida que ponga cordura ahí donde una pretensión desmedida nos haga tender a hacer locuras, a querer ir demasiado deprisa, a quemar etapas sin haberlas asumido. Hay unas palabras sabias que dicen: el sosiego es propio del Rahmán, las prisas son de Shaytán. La velocidad no es constante, agota todos nuestros esfuerzos en su arranque, nos rinde antes de permitirnos alcanzar nuestros objetivos.

Lo hecho con sabiduría, lo que se hace dando los pasos convenientes, sí es constante. Lo calmado es una inspiración del Rahmán, la precipitación es un susurro de Shaytán que nos lleva irremediablemente a la desilusión, nos abate, nos lleva irremisiblemente al punto de partida y agota nuestras vidas en eternos comienzos infructuosos. El mumin, el musulmán verdadero, ve con una luz especial que emana de su corazón y esa luz lo reviste de sabiduría y paz, y sus cosas son guiadas por la sabiduría y la paz, no por la ignorancia y las prisas. El Islam, la vida misma, es un camino, y por un camino hay que dar pasos hacia delante; si corremos por ese camino no disfrutaremos de sus etapas, no nos cobijaremos en los albergues que están hechos para nuestro descanso de vez en cuando, sólo conseguiremos cansarnos antes, acabar antes, y nos echaremos a un lado del camino donde no debamos echarnos, y eso será nuestra ruina. El Islam, la vida misma, es un camino, pero un camino que no tiene final, pues su meta es Allah y en Allah no hay límites. Si nos lanzamos hacia un final, no lo encontraremos y eso sólo hará que nos decepcionemos. Y así con todo: la sabiduría está en dar pasos hacia delante, pero pasos firmes, constantes, aunque sean humildes, pasos que nos hagan avanzar, que nos hagan progresar, que nos afiancen en cada experiencia para que en cada experiencia tengamos la oportunidad de aprender y podamos reflexionar y entresacar enseñanzas que nos ayuden a seguir, a dar un nuevo paso. Sólo así llegaremos lejos.

Cuando tengamos la sensación de que todo se nos viene encima, que estamos agotados a causa de haber hecho grandes esfuerzos sin haber logrado nada, pensemos si no nos habremos dado demasiada prisa, si no nos hemos saltado alguna etapa por la que la prudencia nos hubiera aconsejado pasar. Hagámoslo porque si no esas sensaciones de fracaso son los mejores instrumentos de Shaytán para hacernos retroceder, para obligarnos después a empezar de nuevo y no conseguir nunca nada. Pero sobre todo aprendamos el significado de la constancia, aprendamos que su condición primera es el "sabr", la paciencia. El sabr es una paciencia activa con la que nos sobreponemos cuando estamos desfallecidos, cuando las cosas no son como nosotros desearíamos, cuando una desgracia o calamidad nos abate. Es entonces cuando nuestra voluntad es puesta a prueba, y si es puesta a prueba es porque Allah la destina a cosas mayores, a la percepción de Su Grandeza.

Al mumin, al musulmán verdadero, no le atemorizan las contrariedades, no lo confunden las contradicciones, no lo espanta lo que espanta a los que no son muminín, y es porque la luz que emana de su corazón le aclara las cosas, le hace saber que está en manos sólo de Allah, del Señor de los Mundos, y que su misión es siempre seguir adelante, dar nuevos pasos firmes sobre un camino sólido. Sus pasos son sabiduría y el suelo que pisa es sabiduría, y la sabiduría sólo emerge de la reflexión sosegada y la meditación pausada, y se manifiesta en la constancia. El Corán al-Karim dice: "Cuando tomes una decisión apóyate en Allah". Es decir, cuando tomes una decisión tira con ella para adelante y no te deshagas en titubeos y miramientos. Esto es importante.

Todo lo que hemos dicho de la constancia de nada sirve si no lo interpretamos en el sentido de que hay que darle mil vueltas a cada cosa. Todo tiene su justa medida y su equilibrio, su punto exacto. Meditemos las cosas antes de hacerlas, pero cuando las tengamos mínimamente claras, guiados por la luz del entendimiento que Allah nos ha dado, tiremos con ellas adelante y seamos en nuestro caminar sabios y constantes, sensatos y prudentes. Nada hay peor que el titubeo, y si lo hay es precisamente la constancia en el titubeo. El titubeo es signo de falta de seriedad. Cuando titubeemos acusémonos de falta de seriedad y ello nos ayudará a salir de ese atolladero, a escapar de esa trampa. Hay en nuestra vidas muchas trampas; hemos hablado de dos de ellas, las prisas y los titubeos. Son dos extremos de lo mismo. Frente a esas dos trampas están sus antídotos, la constancia y la resolución. Y si debemos ser constantes y resueltos para todo, con más motivo hemos de serlo con las cosas del Islam, porque si de todo queremos sacar provecho para nosotros, del Islam es de donde más provecho podemos sacar. El Islam es la ocasión para ganarnos la Rahma de Allah, y con la Rahma de Allah ya nada nos faltará. El Corán nos dice: "Por alcanzar eso es por lo que deben obrar los hombres", y también dice: "Por lograr eso, no temáis en competir entre vosotros", porque los frutos de esa competición son un bien para todos. Para conseguir la plenitud de la Rahma de Allah trabajemos con sabiduría y con constancia, con resolución y sin titubeos. Ese sí es un noble motivo y una meta que no defrauda.