Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba veintinueve


 

Al-hamdu lillah que ha comunicado el Islam a los seres humano, que les ha enseñado aquello en lo que hay un criterio razonable y un camino recto: quien se guía por la senda del Islam encuentra una certeza que es su arma más poderosa, su espada más afilada, con la que derrota las maquinaciones del kufr resolviendo sus angustias, liberándose de aquello que oprime el pecho de los hombres, y esa razón es LA ILAHA ILLA ALLAH, sólo Allah es Verdadero, y aquello que no es Allah es nada y la nada es su destino, y todo es consumido en la Unidad Absoluta del que es Uno sobre todas las cosas. Para el musulmán auténtico, la arrogancia del mundo se desvanece en la profundidad de su percepción de las realidades, y todo es relativizado por la Inmensidad de Allah, Señor de los Mundos. Y este conocimiento esencial nos fue transmitido por MUHAMMAD RASULULLAH, sálla Allahu ´aláihi wa sállam, imagen perfecta del ser humano en su plenitud que realizó su califato y se hizo Imam de los hombres, Guía hacia Allah, liberador del hombre; él (s.a.s.) destruyó los ídolos, no dejó ninguno en pié, y se lanzó sin miedos a la búsqueda de la Verdad que subyace bajo las formas y apariencias del Mundo, y encontró a Allah. Allah lo bendijo, lo hizo abundante, y de él surgió nuestra Nación, y Allah nos proporcionó a través de él una Sharía, una senda juiciosa para los que desean establecerse en la armonía y en la rectitud. Allah lo bendiga con su luz a él, a los suyos y a sus compañeros.

Amma ba´d: as-salámu ´aláikum wa rahmatullahi ta´ala wa barakátuh.

Ciertamente, el ser humano sin Allah es miserable. Su miseria es absoluta, hace miserable su vida y su mundo, su existencia entera es imagen de la miseria. La miseria es privación es hirmán: quien nada tiene nada puede dar, quien está privado de todo necesita arrebatar, se convierte en ladrón y carroñero. Esto lo sabemos porque sabemos que Allah es riqueza, prosperidad y abundancia. El es Ghaní, Rico. Y fuera de Allah sólo puede haber la escasez de la nada. Sin Allah, el hombre está vacío, no tiene nada, porque sólo Allah es algo, es todo. El káfir llena su vacío único que puede crear, con mentiras y engaños, con traiciones y deslealtades, con todo lo que es sinónimo de kufr, de ceguera, de ignorancia, es decir, de nada. El kufr es engaño y autoengaño, destrucción y autodestrucción, miseria en la miseria, tinieblas en las tinieblas, estupidez en la estupidez. Estamos rodeados de esa escasez: escasez de salud, de medios, de aspiraciones, escasez de luces, miseria absoluta que destruye cuanto toca, que pudre al hombre y a su mundo. Estamos inmersos en esa pobreza, al borde de un abismo oscuro, como dice el Corán al-karim, al que fatalmente todo parece condenado. Miseria es vacío, es carencia, privación: una persona sin sentido de la trascendencia, sin sentido de Allah, de lo inmenso, ¿a qué aspira? ¿qué puede lograr? Sólo desea satisfacer su momento, calmar la desazón de su nada en el instante, y son muchos instantes, en los que la presiente.

Todo lo que inquieta a los hombres, todo lo que nos inquieta, procede de la arrogancia que produce esa falta de perspectiva, ese kufr que niega a Allah,que es desagradecido, innoble: surge de ese manantial venenoso de lo que no tiene sentido, de lo que no es verdadero, de las mentiras que hemos inventado. Hemos reconstruido toda nuestra realidad sobre artificios, sobre pilares que a cada momento se tambalean con nosotros: nuestros pies son de barro sobre una mezquina existencia irreal. ¿Dónde están los que son capaces de trascender esas verdades del hombre? ¿Dónde están los que pueden ir más allá de la historia de la humanidad? Hace falta coraje y valor para darse cuenta que vivimos en la bajeza del engaño, pero hace falta audacia para poder superarla. Audacia es sinónimo de aspiración a Allah, es himma, voluntad resuelta y certeza que nada hace titubear. ¿Dónde está esa himma que nos alce, que nos haga dar pasos firmes hacia la grandeza de Allah-Uno?

A cada momento nuestras estupideces, nuestra inmadurez, lo grotesco de nuestra cotidianidad, nos tiran hacia atrás, nos confunden apareciéndosenos como únicas verdades, como realidad inapelable, y una y otra vez echan por tierra lo más grande que pueda haber en nosotros, que es la aspiración a Allah. Una y otra vez, la miseria que hay en nuestro alrededor, que encuentra una lamentable correspondencia con la miseria que hay en nosotros, en cada uno de nosotros, esa miseria nos hace regresar, nos vuelve a encerrar en el círculo vicioso de su patética enfermedad: maledicencias, calumnias, mentiras, quejas, desbarajustes, sinsentidos, carencias absolutas de una realidad siempre moribunda, siempre agonizante que nos sume en su agonía permanente. Esos engaños son lazos fuertes, nos hincan de rodillas sobre su tierra putrefacta. Nos hacen buscar soluciones a pseudoproblemas, y sólo pueden ser remiendos en una vida hecha de remiendos.

El Islam aporta a nuestra existencia una luz, dice: “Di Allah, y abandónalos a sus entretenimientos”, es decir, di “Allah” hasta que lo tengas claro, hasta que Allah corra por tus venas, fluya por tu sangre, entonces lo verán todo claro, verá como la vida es un entretenimiento para los hombres, es un rato que hay que pasar como sea: acumulando riquezas, prestigio... Dí “Allah” hasta que descubras esa triste realidad, hasta que esa miseria se te haga patente, y cuando la aborrezcas, cuando te dé asco de todo el mundo que el hombre ha creado con sus ídolos y sus mentiras, sólo entonces podrás ser libre. Te librarás de las confabulaciones que hay contra ti, porque el mundo de los hombres está confabulado contra el ser humano, contra el califa. El mundo es un usurpador. Pero son muchas las cosas que hay en nosotros que están aliadas con ese traidor: nuestra pequeñez, nuestra avaricia, nuestra cobardía, nuestra dejadez. Son el enano que habita en nosotros, el Nafs absurdo que nos ata a lo que está atado, que nos ata a la superficie, a lo exterior de lo creado por Allah, y nos hace ser como el resto de lo que existe, el resto de la humanidad de los cementerios, de los muertos que sólo aparentemente están vivos. El Nafs no es sólo las cualidades censurables, es fundamentalmente nuestra inseguridad: es de nuestra inseguridad de la que brotan todos nuestros males, la fuente de todos nuestros miedos, y no hay peor cadena para el hombre que el miedo y la irresolución.

Dí “Allah” y abandónalos a sus entretenimientos, da el paso necesario, ilumínate, recupérate... Volverse hacia Allah es salirse de la fila del mundo para avanzar como Imam solitario, es ponerse por delante. Y ojalá en ese instante no te acompañe el Nafs, la arrogancia y la soberbia estúpida, el mismo Nafs que antes te engañaba. Ojalá tu paso en el Islam no sea otro modo de esa estupidez que consume al mundo. Son muchos los musulmanes estúpidos, los que se hacen acompañar del enano que no los deja hacerse gigantes. Y en el Islam cometen tantos estropicios como el peor de los káfir, en el Islam están tan ciegos como en la Yahilía. Es necesario depurarse los pulmones para poder respirar el aire fresco del Islam, quien no lo hace acaba acatarrado. El Islam es subir a las cumbres, es perderle el miedo a las alturas; a muchos se les ve agarrado a las rocas porque padecen vértigo. Dí “Allah” y abandónalos a sus entretenimientos. Estamos rodeados de miseria humana, y en nosotros, inevitablemente, hay también mucha miseria. Si es indispensable superar nuestra propia miseria, si estamos obligados a trascendernos, también es necesario que superemos la miseria que nos rodea. Trascenderla es impedirle que nos impida, que nos obstaculice, que nos prive de la Rahma de Allah-Uno.

A nuestro alrededor hay mentiras, calumnias, maledicencias, injurias, traiciones, ambiciones, fantasmas.... bien, ahí están. Lo sabemos. Ahora, cumplamos con lo que debamos cumplir. Seamos serios y honestos: negar la realidad es la estupidez de las estupideces. Que la cobardía de nuestro alrededor no nos haga cobardes, que la miseria de nuestro alrededor no nos angustie. La sabiduría enseña colocar cada cosa en su sitio, darle el valor que tiene en la certeza de que la ilaha illa Allah. Cuando esa certeza es absoluta, todo deja de ser grande, insuperable. Ni la peor de las calamidades tiene la más mínima consistencia ante la ilaha illa Allah. Ni el problema más gigantesco es algo ante la ilaha illa Allah. Ni la mentira más alta es considerada ante la ilaha illa Allah. Cuando brilla con todo su resplandor, es el más grande de los alivios, es la espada más afilada, el arma más poderosa. Ni lo bueno ni lo malo confunden al musulmán, ni lo bueno ni lo malo son para él reales, sólo es real la ilaha illa Allah, todo lo demás habrá de perecer y desaparecer en el tiempo, como dice el Corán, el Libro de la Nobleza, “sólo permanece la Faz de tu Señor, dul-yaláli wa l-Ikram, Señor de la Majestad y la Magnanimidad”.

Volverse hacia Allah en todo momento, esa es la clave, el elixir, el bálsamo, es el azufre rojo que todo lo convierte en oro. Si el musulmán no aprende nada de la ilaha illa allah es que no puede aprender nada, están tan privado como los kuffar. Y su vida, sus angustias, sus inquietudes serán las del káfir. Salvo el nombre y algunas costumbres formales, nada lo diferenciará del káfir. La ilaha illa Allah es la diferencia entre el musulmán y el káfir. La ilaha illa Allah es el estandarte de los musulmanes, y Allahu Akbar es con lo que remata todo. Y con Muhammad Rasulullah vive, hace su vida, en el equilibrio, en la armonía, sin excesos y sin escaseces. Al-hamdu lillah que nos ha hecho musulmanes, que nos ha dado la intuición de estas cosas, y es una intuición grande que hay que valorar en lo que se merece: es la diferencia, el punto bajo la letra ba, el resorte, la Báraka y la Rahma. La ilaha illa Allah es autenticidad y luz en mundo miserable. Ojalá no volvamos a confundirnos, ojalá nuestra vida sea a partir de ahora luz, y luz sobre luz, claridad absoluta, videncia, perspicacia, todo ello es a lo que nos abre la ilaha illa Allah. Ante la ilaha illa Allah caen todas las pequeñeces, todas las vilezas, todas las bajezas. Ante la ilaha illa Allah nada es bueno ni malo, nada es grande ni pequeño, importante o banal, ante la ilaha illa Allah, en su profundidad, simplemente todo desaparece.

Dí “Allah” y abandónalos a sus juegos. Los hombres y sus angustias, la humanidad y su retorcimiento, todo es percibido por el múmin como absoluta inmadurez: los hombres se hacen niños que juegan ante el conocedor verdadero. Y como con los niños, es condescendiente, tolerante, amable, pero también es recto duro, exigente. Pero más exigente es consigo mismo: se mira hacia sí mismo y se dice: ¿hasta que punto seré yo semejante a esos inconscientes? Y así, da un paso más hacia delante, hacia Allah Rabb al-´Alamín. Todo es motivo de reflexión para el sabio, todo le enseña algo, y sólo puede ser así cuando para él sólo Allah es verdadero.

Al-hamdu lillah: el Islam nos exige vivir en el mundo, no quiere hacernos ascetas. Pero nuestros corazones sí deben ser ermitaños. Nuestros corazones deben elevarse, alzarse al cielo de Allah. Démosle alas, desean volar hacia su Dueño. Que nuestro cuerpo cumpla con su misión, que soporte lo que deba soportar en este mundo: así lo quiere Allah, no seamos irresponsables. Pero poco tendrá que sufrir si el corazón le inspira, si lo ilumina y le da vida. Alo interior le pertenece liberarse con la libertad de Allah: y su bendición fluirá hasta alcanzar los poros de nuestra piel. Así es si sabemos entender, si nos damos cuenta de que todo debe salir de dentro hacia fuera.