Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba veintiocho


A principios de este siglo, el Shayj Sidi Ahmad al-´Alawi escribía un artículo sobre las mutaciones que en poco tiempo y de modo acelerado estaba sufriendo el Islam, unos cambios drásticos que llegaban al punto de hacérselo irreconocible. Cuenta cómo en escasas décadas esas transformaciones habían significado un absoluto desarraigo de los musulmanes. En el mismo texto hacía referencia a sus años de juventud en los que el Islam era un hecho natural en su entorno, caracterizado por una extraordinaria sensibilidad, se expresaba con modos espontáneos y podía ser entendido en toda su profundidad sin quebrantos ni artificialidad. Pertenecía a la vida y se aprehendía en lo inmediato al ser humano. El Islam era entendido en su sentido de absoluta limpieza de corazón, que lo hacía receptivo y capaz de trascender sin tener que recurrir a elaboraciones extrañas. Era agudeza de los sentidos y reflexión penetrante, sencillez que posibilitaba la captación de las últimas realidades, que alcanzaba lo esencial de la existencia al moverse con el fluir natural de la Báraka, de la bendición que rige el Universo.

Refiriéndose a sus últimos años, el Shayj constataba cómo en gran medida eso había acabado. El Islam estaba siendo petrificado: buena parte de culpa la tenía, sin duda, la presencia arrogante del colonialismo que aprovechaba la ingenuidad de los musulmanes para devastar su mundo, contaminando e infectando su atmósfera limpia con los cargados aires de su civilización amante de los artificios, inculcando en los musulmanes un terrible complejo de inferioridad que los hacía víctimas voluntarias de sus atropellos.

Pero también la respuesta de gran parte de los miembros más destacados de la Umma a estos desmanes no fue a partir de ese Islam auténtico: formados por el propio colonialismo, eran incapaces de superar los complejos, y desde ellos quisieron reivindicar su identidad musulmana. El Din se transformó en una trinchera, pero en gran medida “confeccionada” al gusto de los que eran tenidos por enemigos. Se quiso restaurar el Islam, pero era un Islam desarraigado: es el de los salafis, los modernistas que, buscando lo esencial, rechazaron las grandes aportaciones de los maestros del Islam, que eran contrarias a “lo civilizado”, entiéndase, lo accidental. Se fue instituyendo un Islam frío, deseoso por hacerse valer en la “realidad” dominante, aceptada sin más, como si careciera de alternativas. La gran víctima de esa deformación era, precisamente, lo más jugoso de los musulmanes: su sensibilidad a flor de piel, su espontaneidad que veía en el Din la manifestación de la vida misma de pueblos de cultura milenaria y herederos de las mejores tradiciones de la humanidad entera. Ese Islam poderoso, incapaz de insertarse en el imperio de las circunstancias, dejaba paso fatalmente a ese otro Islam a la deriva.

El Shayj al-´Alawi, exponente de un Islam arraigado, pero cada vez más marginado en una sociedad musulmana que rendía tributo a los “logros” occidentales, echaba en falta a esos sabios sencillos del pasado, dotados del poder de lo que está en contacto inmediato con la naturaleza primordial encontrando sus fuentes en todo y en perfecta armonía con los ritmos que gobiernan el devenir.

Los maestros de la espiritualidad musulmana siempre han sido conscientes de esa dimensión esencial del Islam. Quien frecuenta la compañía de los sufis es sorprendido, más que por sus saberes tan extraños a nuestros gustos occidentales, por su profundidad sin más: una sola palabra puede ser motivo en ellos de una intensa emoción; lo que a la persona común pasa desapercibido, en ellos es causa de una reflexión trasformadora. Y verdaderamente, esa capacidad con la que se extrae una enseñanza inmediata de todo lo que nos rodea, estructura de modo definitivo lo que de siempre se ha considerado como musulmán.

El Corán habla para los alladzina ámanu, los que ya tienen Imán, es decir, esa facultad propia del Corazón. Los que tienen Imán son los despiertos, los atentos.

Los primeros musulmanes supieron responder al Corán porque ya estaban habitados por el Imán: su intenso sonido les era familiar, tenía en ellos una “correspondencia”, pues el Corán, es la Palabra que, “si hubiera sido dada al oído de las montañas más firmes las hubiera pulverizado”, ¿cómo no habrían de ser conmovidos?

La misma mentalidad es la que siempre ha regido la actitud de los musulmanes ante lo trascendente. La irrupción de la inmensidad de Allah en la conciencia de cualquiera de ellos, sugerida por lo más mínimo, engendra un acto de “retorno” hacia El. Es un despertar que tiene innumerables ocasiones y que muestra al ser humano lo esencial, despojándolo de sus ataduras a un mundo que hasta entonces lo condicionaba demasiado.

El Imán es condición indispensable para que el Islam de alguien sea real: en caso contrario sólo es fingimiento o hipocresía, o bien es elucubración inoperante.

El múmin, el que está dotado de Imán, siempre está preparado para ese instante en el que deberá “volver” a Allah, cuando lo que sea se le anuncie. Un detalle pequeño puede ser la causa de ese giro transformador: su vida, hasta ese momento, le parecerá insulsa y emprenderá el Camino hacia Allah, hacia el Uno Verdadero.

A esa ruptura se la conoce en árabe con el nombre de Tawba. El Taíb es el que se vuelve hacia Allah (que tiene otra denominación más intensiva, tawwáb, que se dice también de Allah, que siempre está volcado hacia el ser humano dispuesto a aceptarlo). Literalmente, Tawba significa “retorno, vuelta”, ilalláh, hacia Allah. Es un darse cuenta de que hasta entonces se había vivido en la desidia, en el abandono a lo que carece verdaderamente de sentido, algo efímero a lo que le había dado una importancia excesiva. A partir del momento radical de la Tawba, el propósito firme es el de alcanzar la Ve5rdad última de Allah, auténtico sentido de todo lo real.

En árabe existen varios términos para designar el concepto “mundo”: uno de ellos es ´alam, que significa “signo” porque a través de El comprendemos a Allah, Rabb al-´alamin, Señor de los Mundos, el que los rige y les da vida y abundancia. El mundo ´alam, es señal de Allah, su huella en nuestra existencia, el cambio hacia El, su libro desplegado en el que desentrañar sus secretos. Es el mundo repleto de ocasiones para la Tawba. Pero otro de sus nombres es el de Dunia, con el que se designa “lo inmediato, lo cercano”: es nosotros y cuanto nos rodea. Dunia es el mundo en su esplendor, en su apariencia deslumbrante. Siendo como somos los seres humanos bastante cortos de miras, fácilmente el Dunia se convierte para nosotros en un espeso velo cegador: nos quedamos en su superficie abrumados por su brillo.

El universo, contemplado como Dunia, como mundo inmediato, es una barrera entre el hombre y Allah. Limitándonos a su superficie, el Dunia nos impide alcanzar su sentido último, no nos deja vislumbrar la verdadera fuente de toda su belleza, no nos deja ver al verdadero y eternamente Bello. Significa esto que nuestros sentidos no pueden atravesar directamente el Velo que cubre a Allah preservándolo de las miradas indiscretas: al-Ajira, el Mundo de Allah, el mundo que está detrás o después del Velo, Hiyáb, está vedado a la percepción de los sentidos creados. Sólo el Corazón hace pié en esos valles, y deambula por ellos recogiendo sus sabidurías.

La ceguera que produce el Dunia es la fuente de todas las miserias humanas: arrebata la voluntad del hombre y la pone a su servicio, condenándolo al miedo, la avaricia y la vanidad, orígenes de todos los crímenes. Aparecen la ruindad y la vileza, es decir. El mundo de las apariencias que obligan a comportamientos destructivos. Son los dunúb de los que el musulmán debe apartarse. Los dunúb quieren decir que el ser humano se ha quedado en la superficialidad del Dunia, incapaz de percibir la Unidad que lo armoniza todo. Tawba significa que se abandona todo ello para sumergirse en la contemplación de al-Ajira. Es trascender el Dunia, atravesar el Velo, rasgarlo con el pensamiento y el Imán del Corazón. El momento de la Tawba es cuando el hombre se de cuenta de que su existencia en el Dunia carece de sentido (el sentido en él es imposible, lo niega su misma realidad), y se decide entonces a romper con todo ello. Abandona decididamente el dunúb: la cobardía, la mentira, la arrogancia... Se simplifica a sí mismo para acceder al Mundo simple del que es Uno en todas las cosas. Ha tenido un instante intenso en el que la magia del Dunia no lo ha hechizado, y ha rasgado el Manto: ha intuido a Allah asomándose en lo infinito. Se inicia entonces en el Camino, en el Islam verdadero, es decir, se entrega resueltamente al Querer de Allah, al Amor que todo lo engendra. A partir de entonces, a lo largo de su vida, miles de pequeñas Tawbas se irán sucediendo: es un sendero de depuración continúa, de incesante eliminación de dunúb, de ruindades inevitables, pues la Perfección, el Kamál, sólo es de Allah, del mismo modo que la verdadera Belleza, Yamál, sólo es suya.

Esa es la Majestad, el Yalal, de Allah. La Tawba es el lugar de reposo del caminante: simbolizada por el Istighfár, la solicitud de disculpas a Allah. Cada vez que un musulmán se vuelve hacia su Dueño real pidiendo perdón por sus torpezas reproduce la necesidad de Tawba. Se vuelve con sus palabras hacia Allah, significando su voluntad de regresar a El en su totalidad. Si su Imán es sincero, no puede echarse ya hacia atrás.

En resumen, Tawba es volver a sintonizar con el ritmo que todo lo mueve. No es el arrepentimiento ni la conversión de un iluminado, sino la conciencia del que devuelve a cada cosa su verdadero valor. Táib es el que tiene un criterio justo y una reflexión sana. Significa que ha hecho penetrantes sus sentidos y ya no es engañado por nada ni siente la necesidad de causar males innecesarios a la creación de Allah, sea a él mismo o sea a cuanto le rodea. La existencia entera está en paz con él. Es el que ha desterrado la crueldad del Dúnia de su vida y busca a Allah con sinceridad. Lamenta el tiempo perdido y tiene verdadera resolución, y es atento a los Signos interrumpidos de Allah.

Al-hamdu lillahi rabbi l-´alamín, ashhadu an la ilaha illa Allah wahdahu la sharika lah, lahu l-mulku wa lahu l-hamd, wa huwa ´ala kúlli shaiin qadir; ashhadu anna sayiddaná Muhammad ´abduhu wa rasúluh, salla Allahu ´alayhi wa ´ala álihi wa sáhbihi wa sallama taslíma.

Allah (s.w.t.) nos dice en el Corán al-Karím: “Oh, vosotros, los que os habéis abierto a Allah, inclinaos, postraos, reconoced a vuestro Señor, y haced el bien ¡tal vez triunféis!, y combatid en el Sendero de Allah con esfuerzo verdadero” (ya áyyuha l-ladina ámanu rka´ú wa syudú wa ´budú rábakkum wa f´alú l-jayra la´allakum tuflihún wa yáhidu fi lláhi haqqa yihádih). Esta aya es la número setenta y siete de Surat al-Hayy. Precisamente el Hayy, la Peregrinación es la gran convocatoria que allah dirige a la humanidad entera, una llamada a que los hombres se unan ante su Dueño verdadero abandonando los ídolos y las fantasías, las quimeras que ni benefician ni perjudican, pues no son verdades.

En esa aya de Surat al-Hayy, Allah ordena a la gente reconocerlo sólo a El como Rey verdadero, y ante El rendirse. Y después, nos ordena hacer el bien y luchar. Esas son las bases sobre las que el Islam quiere fundamentar su comunidad, su nación de musulmanes, la Umma. Un profundo sentido de la trascendencia, una profunda intuición de Allah, un sentir continuamente al que te ha creado, el que te mantiene, Aquél al que vas a volver: éste es el primer requisito. Junto a este mundo interior, junto a estas realidades que deben habitar como certezas en nuestros corazones, debe haber una acción hacia fuera, que es el Jáir, el bien. El que ha abierto su pecho a su Creador, a su Sustentador, a su Destino, obrará si es sincero, según el bien. El bien es solidaridad, el bien es abundancia y prosperidad, sinónimo de Báraka, fecundidad.

El bien, el Jáir, es actuar en el mundo sabiéndote partícipe de la vida, que todo depende de todo, que todo influye en todo, que lo bueno que hagas redundará en ti. El bien, el Jáir, es la generosidad, la nobleza, el valor, la tolerancia, la gratitud, el conocimiento; es todo lo que hace tu vida y la de los demás más tolerable, más enriquecedora. Ese es el Jáir que el Islam os ordena hacer. Por último, y simultáneamente, viene el Yihad que es el esfuerzo, es lo contrario a la inercia. Un musulmán siempre debe estar en Yihad, es decir, superándose a sí mismo, superando las mentiras, la ignorancia, la vileza, superando a los dioses y a las supersticiones. El Yihad es profundamente liberador.

Esas son las tres cosas a las que invita la aya: ´Ibada, ´Amal y Yihad, Sabiduría, Acción y Esfuerzo. Esas son las herramientas. Pero fijaos bien a quien va dirigida la aya: “Ya áyyuha lladzína ámanu”, Oh, vosotros, los que os habéis abierto a Allah. No dice: “Oh, musulmanes”, aunque evidentemente los alladzina ámanu son los musulmanes. Utiliza sin embargo un término general porque va dirigido a la humanidad entera, a todos los hombres con sensibilidad, con aspiraciones verdaderas. El Islam es un deseo de Salam, de paz.

El Islam es un deseo de Salam, de salud. El Islam es algo abierto e inmenso. Por lo tanto, el Islam no puede ser mediocre ni miserable. No hay nada más estúpido que el que se considera musulmán en exclusiva, el que se considera que ha abarcado la grandeza del Islam y por lo tanto los demás sólo pueden aprender de él. Sin embargo, existe toda una tendencia hacia esa ruindad, una tendencia marcada por el signo de estos tiempos de uniformización. Shayj Sidi Ahmad al-´Alawi, en uno de sus artículos, se preguntaba qué estaba pasando con el Islam. Observaba cómo iba apareciendo un grupo que empezaba a clasificar a los musulmanes. Por supuesto ellos eran los verdaderos musulmanes y todos los demás estaban en distintos estadios de lo que ellos consideraban la única interpretación posible del Islam. Entonces, el Shayj (r.) lanzaba una mirada al pasado de la Umma y se decía “¿cuándo ha pasado esto antes?  ¿cuándo ha existido en el Islam tanta arrogancia?”. En su artículo se fijaba en el título del libro del Imám Málik (r.) la Muatta que significa “Sendero”, “Camino por el que se va”, es decir, vía por la que se puede ir hacia el Islam. El mismo Imám Málik (r.) jamás cometió la estupidez de decir “esto es el Islam”, sino “aquí tengo recogidas algunas notas sobre el Islam”, y decía “Todo lo que diga un hombre puede ser estrellado contra la pared, salvo lo que ha dicho el que está en esta tumba”, señalando hacia la tumba de Rasulullah (s.a.s.).

Cuando un califa omeya propuso al Imám Málik (r.) imponer su pensamiento a todos los musulmanes, el Imám Málik, como el Imám Shafi´i, como el Imám Ahmad, como el Imám Abu Hanifa, como el Imám Ya´far, como todos los demás grandes maestros de esta Umma, a la que Allah devuelva el sentido común, jamás fueron poseedores de una exclusiva sobre el Din de Allah. Fueron maestros, ser maestro en el Islam es señalar un camino y no inculcar certezas. Por eso, llamaban a sus pensamiento Madzhab”, camino por el que se va. No lo llamaron meta, ni verdad, ni destino de la humanidad.

Esta es la grandeza del Islam, el Islam es Rahma, es abundancia y bien. Quizás  la mayor parte de la gente no entienda esto porque la mayoría necesita verdades pequeñas a las que aferrarse, pero en el fondo las verdades del Islam son demasiado grandes para que nadie pueda aferrarse a ellas. El Islam es Rahma: da, no recibe. El Islam es un obsequio de Allah, es un regalo, ¿quién puede poner condiciones al regalo de Allah? Sólo puede hacerlo la mediocridad, la pobreza de espíritu.