Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba veintiseis


“¡Yo soy el velo y el desvelado!”, así escribía ‘Abd-ar-Rahmán 'Abd-al-Qadir, médico-poeta andalusí.

No es difícil entender que Allah sea aquello que está oculto tras el velo, pero tenemos también que llegar a comprender las implicaciones que tiene en nuestra vida diaria la primera parte de este hermoso verso: ¡Yo soy el velo!”.

El velo que oculta a Allah en el mundo es Allah. No es sólo que tras cada una de las personas y cosas con que nos encontramos esté Allah, sino que no son otra cosa que Allah en el modo en que podemos percibirlo, pues no se nos es dada otra forma de acceso a Él que a través de los sentidos. Los sentidos nos darán la medida de cómo relacionarnos con lo exterior, con ese velo que oculta y -al mismo tiempo- no puede ocultar a Allah. El místico no es un hombre que haya abandonado sus sentidos: es el que le da su pleno cumplimiento, es la más sensible de las criaturas.

Y con esta sensibilidad, y con esta delicadeza trata el místico todo lo que lo rodea, porque todo lo que le rodea es el velo de Allah. Con esta delicadeza come, bebe, anda, habla.... porque su comida es Allah, y lo es el aire que lo envuelve, y lo es la tierra que pisa y lo son los árboles, y su propio cuerpo y los kâfirûn y los shaitânes... aunque no lo comprendamos; y es el velo de Allah nuestro propio cuerpo, de ahí la importancia de cuidarlo. Cuando los maestros espirituales de Oriente -que son los Profetas que les fueron enviados, pues no ha habido nación a la que no haya sido enviado un profeta- eran preguntados por la Vía, contestaban cosas como “Cuando tengas sueño, tiéndete, y cuando tengas hambre, come”, porque aprendieron pronto qué significaba comer, dormir, hablar, respirar.... y cómo había que hacerlo. Saber estar adecuadamente, saber actuar con armonía en el mundo es estar en Alláh.

No hace mucho leí a un sabio de nuestros días que decía: “La mística es una cuestión de ética; el tasawwuf es adab.” Adab: cortesía, delicadeza, tacto... ¡Qué gran sabiduría encierran estas palabras!: “El tasawwuf es cuestión de comportamiento.” Hay quien se acerca al tasawwuf pensando que es otra de las modalidades de viajes galácticos que se ofrecen hoy en día en todas las místicas. Pero el tasawwuf es, ante todo, comportarse de un modo. Y, si no es sólo esto, es desde luego todo lo que vamos a saber de sufismo durante la práctica totalidad de nuestra vida. Las karâmât (los carismas) no aparecen siempre, y si aparecen es para que seamos capaces de ignorarlos, de superarlos: las visiones del malakût deben evitarse hasta que se impongan como algo propio a nuestra naturaleza, pues acercan la mente a un peligroso abismo si ésta no ha sido llevada por sus ritmos naturales. No hay que pretender las karâmât ni las visiones del malakût. Entonces, ¿en qué emplearemos nuestro esfuerzo para profundizar en el camino de Allah? En el adab, en el tacto al relacionarnos con el mundo. Esto es, comportarnos con cortesía con los que nos rodean, con ternura con los niños, y con delicadeza con todo lo creado y todo lo que podemos percibir con los sentidos y lo que podemos manipular, incluso las cosas “materiales”: las alfombras, las puertas, los platos, los libros... Esto es lo primero que un musulmán debería saber de tasawwuf, y luego todo lo demás. El hombre que abre una puerta con delicadeza sabe tratar a sus hermanos con delicadeza. Y el hombre que no se comporta con las cosas que lo rodean con delicadeza no ha entendido ese “Yo soy el velo”. De alguna forma hemos sentido la verdad islámica que había en esos versos de Dámaso Alonso: “Cuando murió el poeta, se quedaron tristes todas las cosas pequeñas que él cuidaba”.  Ojalá cuando cada uno de nosotros muera se queden tristes no sólo las personas que alguna vez pasaron junto a nosotros, sino todas las cosas que usábamos, porque sería muestra de que hemos tratado al mundo con la delicadeza      que le debemos, porque no vamos a encontrar tras la muerte otro Allah que eso con lo que nos encontramos a diario y muchas veces no sabemos ver.

No me cansaría de hablar, en esta mi primera jutba en Córdoba, de la principal tarea de un musulmán a lo largo de toda su existencia. Que no es hacer mucho salat. Ni mucho dhikr. Ni hablar mucho de sufismo. Ni sentir cosas raras. Sino sencillamente hacerse cada vez más fino al tratar a los demás y a todo lo que lo rodea. Hasta el punto de que nuestro amado Profeta (B.P.) decía. (y nuestro imam nos lo recordaba hace no demasiado): “No son creyentes. No son creyentes. No son creyentes.” "¿Quiénes?”, le preguntaron los sahaba. “Quienes molestan a sus vecinos a sabiendas y no cambian de actitud.” La corrección con los que nos tratan a diario no es sólo por da’wa, por atraerlos hacia el Islam, es porque reforzar los vínculos de la comunidad humana en la que vivimos es parte esencial de nuestra vivencia espiritual. Allah ta'ala en un hadiz qudsí dice: “Quien refuerza el rahim me une consigo”. Allah ha sacado el rahim de su propio nombre, y esa relación que nos une a los demás es la misma que nos une a Allah.

Acabamos. Os recomiendo y me recomiendo a mí mismo emplear toda nuestra existencia en afinar nuestra educación al tratarnos unos a otros, en no avergonzarnos de nuestra ternura con los que la precisen, en aprender a tener armonía al actuar y, en general, en tratar con delicadeza al mundo... Si alguien que ocupara un sitio de honor en nuestro corazón nos diera algo, cuidaríamos eso que hemos recibido corno si -de alguna forma- esa cosa fuera nuestro ser querido. Pues es justamente lo que nos ocurre con el mundo y lo que lo habita: eso que nos ha dado Allah para conocerlo y, en realidad, lo único que sabemos y sabremos nunca de Allah.

Necesitamos del yihad. Sin el yihad el Islam no se entiende. Necesitamos esforzarnos en un mundo que no comprende la bondad hacia la Creación que ha venido a predicar el Islam. Pero cuando el yihad es sincero empieza por nosotros mismos. Nuestro principal enemigo no está fuera, sino dentro, y también nuestro principal aliado: hay que saber encontrar en nuestro interior a uno y otro. Y cuando el yihad es sincero empieza en la mezquita, desde el salât, desde el reforzar el rahim con nuestros hermanos, desde la sinceridad de nuestro corazón. Si la balanza se inclina y dedicamos más tiempo y empeño a derrotar a los “enemigos del Islam” que a nuestra propia lucha espiritual por ser mejores, entonces estaremos -en el mejor de los casos- ante una fantasía de expansión del Islam que no llegará muy lejos: nuestro fruto no será el que el Islam sea mejor comprendido, goce de salud y se extienda en nuestra tierra. Sin vida espiritual nuestro yihad será sólo construir un edificio sin cimientos que acabará por derrumbarse. O ponemos nuestro sincero deseo de Allah en el fondo de nuestra vida y hacemos de nuestro da'wa y nuestro cotidiano yihad una proyección exterior de esta necesidad de Allah, o todo lo que consigamos no será consistente ni perdurará.

Una segunda condición de nuestro yihad -este esfuerzo cotidiano por defender y extender el Islam en nuestra tierra- es la de que exige y depende de nuestro ijlâs, es decir, de la sinceridad de nuestros motivos cuando decimos que actuamos sólo por Allah.

Actuar con ijlâs es saber que el poder personal que podamos conseguir -cuando decimos actuar por el bien del Islam- no vale nada. Las riquezas, bienes, casas, prestigio, importancia, contactos, beneficios de todo tipo, conocimientos mundanos, información, poder, poder en el dunyâ... no valen nada. Debemos actuar para facilitar nuestro retorno y el de los que nos rodean al centro, a Allah, esa inocencia que fundamenta lo creado. Y todo lo que no sea ayudarnos y ayudar a los demás en el conocimiento de Allah no debe tener sitio en nuestras vidas.

Entre la complicidad inoperante de muchos falsos místicos y el exceso de actividad exterior de los que actúan buscando sus propios beneficios bajo las más sublimes razones, el místico musulmán es alguien  que actúa   implacablemente  para   mejorar   su mundo, pero -como no lo hace por su propio interés- actúa sin desasosiego, sin perder la paz.

Para comprender mejor esta idea del ijIas, una vez más vienen en nuestra ayuda los hombres que recibieron la primera palabra revelada hace milenios en la India: “Actúa sin apegarte a los frutos de tu acción.” Ijlas en el yihad es hacer lo que se debe, sin cesar, sin miedo, pero no actuar para demostrarnos algo a nosotros mismos o a los demás. Hacemos lo que debemos hacer, poniendo todo nuestro empeño, por el bien del Islam; si se obtiene el éxito ¡al­hamdu li-llah!, si resulta el fracaso, ¡al-hamdu li-llah!. Ni uno ni otro dependen de nosotros: ni somos grandes por contribuir a que el Islam se engrandezca, ni somos miserables por fracasar una y otra vez siempre que hayamos puesto todo nuestro empeño. Si vemos así el asunto no perderemos la paz, porque sabremos que el éxito y el fracaso dependen de Allah.

Hermanos y hermanas en el Islam, hemos recordado en esta jutba las condiciones que debe tener un correcto yihad:

1-   El yihad debe empezar por nosotros mismos y llevarlo al exterior sólo en la medida en que naturalmente se proyecte. Cuando la casa está ordenada por dentro, barremos nuestra acera y luego el barrio entero, si queremos.

2- El yihad debe partir de la mezquita, de la intensidad de nuestro îmâm, de la acción transformadora que haya tenido lugar en nosotros a partir del salat y el recuerdo de Allah.

3-   El yihad debe hacerse con sinceridad en nuestras motivaciones, rectitud de intención: que no haya motivos personales sino sólo amor por el establecimiento de la justicia en el mundo, que es tanto como decir por el bien del Islam. No venir, en definitiva, a servirnos del Islam, sino venir a servirlo.

Con estas condiciones nuestro yihad será verdadero yihad. Los shaitanes no tendrán poder sobre nosotros, y los fantasmas desaparecerán. Nuestra cercanía de Allah nos garantizará la claridad de mente que precisamos en este confuso mundo, para saber qué son las verdaderas acechanzas y qué son los falsos enemigos, Allah, que es la realidad de lo que existe, mientras que el shaitan es esa parte de nuestros corazones que hace que concedamos realidad a lo que no tiene consistencia, lo que hace que nos preocupemos y que perdamos la alegría por cosas sin importancia, “éste ha dicho...”, “aquél ha hecho...”. “mira lo que ocurre...” Shaitan es el gran mago: el que proyecta las ilusiones de modo que nos atemoricen, que nos descentren, que nos entristezcan, que nos hagan distraernos en el camino hacia Allah. Por eso decía un sufí contemporáneo: “Cuando te dedicas a evitar las tramas del Shaitan, ya has caído en sus trampas.” Porque has dado al Shaitan una capacidad de crear realidad que no tiene, salvo en la imaginación del hombre que se ve envuelto en sus sortilegios. No son reales los fantasmas que dibuja ante nuestra imaginación, son humo, humo inteligentemente estructurado y concebido para confundirnos; sólo Allah es real y sólo para Él debemos tener ojos, manos, corazones, etc., sólo para Él actuar, sólo para Él ser, comer, dormir, andar, hacer sexo, mirar, soñar, pensar... sólo en Él y por Él estar en esta existencia.