Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba veinticinco


A menudo decimos que, para que el Islam arraigue  en  nuestros  corazones y florezca en nuestros actos, tenemos que abrimos a Allah asomándonos a ese abismo infinito que vertebra nuestra existencia, que nos constituye, que nos da el ser que somos.

Abrirnos a Allah...¡Que fácil de decir! ¡Si tan solo entendiéramos, con todo nuestro ser, que Allah sólo hay uno! Allah es la vida que hay en nosotros, Allah es lo firme que nos da firmeza, Allah es el siempre vigilante sin el cual todo se desvanecería en la ilusión de un sueño. Todo cuanto podemos concebir es de Allah. Todo, por bajo o por sublime que lo podamos considerar, está al servicio de Allah.

A veces quizá pensemos que Allah es algo lejano, algo que ni toca nuestras vidas diarias ¡Nada más lejos de la realidad! ¿Qué puede afectarnos más que aquello que nos hace ser, en cada momento, dormidos o despiertos. Atentos o distraídos, vivos o muertos?  Y nos afecta tanto que nos guía hacia sí mismo con una riqueza infinita de recursos que no podemos ni imaginar . Y no nos guía, quizá, por donde nosotros creemos, o por donde a nosotros nos gustaría. El hombre, quizá, propone: pero es sólo Allah quien dispone lo mejor.

Porque Allah es sabio. El conocimiento, esa luz que deslumbra el ser humano, lo fascina y le hace creer que él mismo es un ser luminoso; él conocimiento del que disfrutamos es apenas una sombra del pleno conocimiento de Allah, ¿cómo puede ser el conocimiento de aquello que da el ser, que hace existir, que es la realidad que subyace al velo que es nuestro yo?

Allah no ejerce fuerza mi coacción ninguna. Cuándo quiere algo, ese algo es. Ciertamente, Allah  nos sobrepasa, pero Allah  también está en el corazón de su siervo.

¡Pidámosle a Allah que nos ayude a encontrarlo en nuestro corazón!

 

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Al-hamdu  lí-llah , que se ha enterrado como un tesoro en el corazón de cada uno de nosotros para que podamos encontrarlo. Encontrar a Allah, que es la luz de los cielos y de la tierra...

Sabemos que cada uno de nosotros es un velo que nos oculta esa luz, y es también un velo que refleja esa luz.

A veces vemos el velo que oculta, y lo vemos en nuestro hermano. Y buscamos la luz de Allah en nuestro propio corazón. Y, a base de buscar en esos lugares, nos vamos aferrando a esas ideas preconcebidas y al final corremos el riesgo de quedar bloqueados por los velos de nuestras ideas. Pero, ¿ y si buscáramos la luz de Allah en el corazón de nuestros hermanos, en el corazón de cada persona, de cada ser humano? ¿Y si recordáramos que nuestro corazón es también una criatura de Allah, un velo que nos separa infinitamente de Allah?

Cada uno de nuestros hermanos es un nombre de Allah. Quizá no uno de los nombres más bellos y hermosos, pero sí una ocasión de sentirnos próximos a Allah mediante sus nombres. Igual que tratamos el nombre de la persona a quien amamos, así tenemos que tratar cada nombre de Allah , cada persona, recordando que su corazón es el asiento infinito de Allah. Y el asiento infinito de Allah en cada corazón nos pide un cuidado y una entrega infinitos.

¡Que la conciencia de la presencia viva de Allah nos abra a la morada de sus tesoros!