Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba veinticuatro


Al-hamdu lilllah que es Uno, la ilaha illa Huwa, sólo El es Dueño de los cielos y de la  de la tierra, sólo El es Grande, nada le puede ser comparado, nada se le asemeja; El es absolutamente singular en su Unidad, el Uno, el Unico, el que es testimoniado por cuanto existe: no hay criatura que no sea signo del Poder y el Saber de Allah, Señor de los mundos. El dijo: “¿No soy Yo, acaso, vuestro Señor?”, y respondimos: “Sí”, ya antes de existir, cuando éramos simientes en las profundidades de Ádam, ‘aláihi s-salam. La ilaha illa Allah, todo pertenece a Allah y todo a El ha de volver, todo cuanto existe ha de perecer, sólo permanece la Faz de Allah, y allí hacia donde te vuelvas está la Faz de Allah. Muhámmadun rasulullah, sálla Allahu ‘aláihi wa sállam: Muhammad fue hecho surgir por Allah entre los hombres, nos ha sido enviado como obsequio, como Rahma para la existencia entera. Muhammad (s.a.s.) es el centro de la creación, el eje del círculo de la vida. Fue el hombre al que Allah hizo maestro de los hombres, y guía hacia la certeza en la Unidad del Señor de los Mundos. Allah lo bendiga a él y a los suyos, y se complazca en sus compañeros y en todos aquellos que lo sigan, y abarque en su Rahma a la Nación que de él ha surgido.

Amma ba’d: as-salámu ‘aláikum wa rahmatullahi ta’ala wa barakátuh.

Has de saber que la gente desconoce sus defectos. Al Nafs le repugna reconocer su mediocridad. Es fácil, resulta cotidiano, encontrarse con el espectáculo patético de hombres y mujeres que presumen de su forma de ser, y en realidad ellos mismos consideran que es así, que tienen motivos para pavonearse. Pero contemplados desde fuera son, en la mayoría de los casos, simplemente ridículos. En otros casos, incluso son peligrosos. Ese autoengaño del Nafs es terriblemente destructivo porque impide crecer y madurar a las personas. Tanto es así que hasta el que descubre en sí mismo un aspecto de su personalidad que considera que debe corregir, cree que con poco esfuerzo lo va a conseguir. En el Islam, a ese esfuerzo se le llama Muyáhada que viene de la misma raíz que la palabra Yihad, aludiendo ya de este modo a su carácter grave y profundo. La Muyáhada exige un enorme empeño y es tarea de quienes están dotados de una voluntad firme y resuelta. El que hace Muyáhada, como el que hace Yihad, es conocido con el noble nombre de Muyáhid, combatiente. El Muyahid es un guerrero, pero también es un estratega. Debe conocer bien a su enemigo, el Nafs, el Ego, y no desestimarlo jamás. Desestimar al Nafs es haber sido derrotado antes de la batalla.

El Nafs es enormemente complejo. Tiene aspectos positivos y otros negativos. El Muyáhid auténtico detectará en el Nafs sus puntos flacos así como los aliados con los que puede contar entre las filas de su mismo enemigo.

Perfeccionar el Juluq, la naturaleza del Nafs, ese es el objetivo de la Muyáhada. La batalla en la que se embarca el muyáhid no es la de una destrucción. Su guerra es una reconstrucción, un Islah; se trata de expulsar a Shaytán, su verdadero enemigo, de sí mismo, de su propio dominio, que es su Nafs. Expulsar a Shaytán del Nafs, erradicar del Nafs todo susurro nocivo, toda wáswasa que hace perder al ser humano su verdadero norte y lo enfanga en una vida estéril y vulgar, esa es la voluntad que guía la acción del muyáhid.

El Corán considera que el Júluq Hásan, la naturaleza hermosa y la conducta noble, es sinónimo de Imán, es sinónimo de ser musulmán, de ser un verdadero múmin. Su contrario es sinónimo de hipocresía. Dice el Corán al-Karím: “Han triunfado los múminin, aquellos que son profundos en su Salat, los que se apartan de las palabras innecesarias”. Y también elogia a “los que se vuelven hacia Allah, los que lo reconocen en cada uno de sus actos, los que lo alaban en todo lo que hacen”. Y dice: “ Múminín son aquellos cuyos corazones tiemblan cuando Allah es recordado”. De estos últimos dice: “Esos son los múminín en verdad”. Y dice: “Hombres del Rahmán son los que caminan sobre la tierra con humildad, y cuando los ignorantes pretenden molestarles, ellos responden: Paz”. Quien quiera medir su Nafs, que se mida a sí mismo con esas palabras del Corán al-Karím. Si encuentra que se cumplen en él, que se felicite. Pero si se ve lejos, que emprenda sin tardanza la Muyáhada y abandone cualquier otro entretenimiento, porque en ello le va la vida. Le va la vida, es decir, carece de ella: sólo la logrará en el cumplimiento de las Palabras del Corán. De lo contrario, está condenado a la mediocridad de una existencia de la que no sacará fruto alguno.

Nuestra Sharia está llena de enseñanzas. Merece la pena dedicarle un gran esfuerzo. El Corán, la Sunna, son fuentes inagotables de inspiración. Es conveniente acercarse a ellas con respeto, con la admiración que produce un maestro recto cuyas palabras se escuchan con serenidad y espíritu abierto, con confianza porque se conoce al maestro. Y es así porque el Corán y la Sunna, al ser tesoros, están bien guardados en un cofre. La llave de ese cofre es el Adab, la cortesía. El que carece de Adab, el que se acerca al Corán y la Sunna con un espíritu estúpido, es maldecido por Allah. Y aquello en lo que esperaba encontrar algo, se vuelve contra él. Rasulullah (s.a.s.) decía: “A aquél para el que Allah desea algún bien, Allah le dota de entendimiento”. Si Allah no te desea el bien, mejor hubiera sido para ti el no haber existido. Se impone la Muyáhada, el esfuerzo por lograr ese entendimiento que es la más afilada de las armas. Y otro hadiz nos enseña algo cuya sutilidad es abismalmente profunda; Rasulullah (s.a.s.) dijo: “Quien obre según lo que sepa, Allah lo obsequia con el conocimiento de lo que aún ignora”. Es una promesa de Allah. Allah promete satisfacer el Adab, la cortesía, y el afán del ser humano. Le promete el entendimiento.

 Volviendo al tema del Júluq Hásan, de la naturaleza hermosa y la conducta noble, el Imam al-Ghaççali lo resume en pocas palabras, al igual que el Corán, para que cada uno se mida a sí mismo, y dice: “Es el pudor, la no agresividad, la bondad hacia todo cuanto te rodea, la sinceridad, el silencio, el trabajo continuo, evitar lo dudoso, apartarse de la curiosidad, mantener los lazos familiares, ser respetuoso, agradecido, complacido, riguroso consigo mismo, virtuoso, tener sentido de la dignidad; no maldecir, ni insultar, ni calumniar, ni malhablar de nadie; no se precipitado, ni rencoroso, ni avaro, ni envidioso; ser alegre, amar en Allah, enfadarse en Allah, disfrutar en Allah, esto es el Júluq Hásan”.

 El Júluq Hásan es dar pasos hacia Allah, es abrirse a lo infinito. Su contrario, la hipocresía, el signo externo del kufr, es cerrarse a esa dimensión trascendente del ser humano. La hipocresía es hacer del Dúnia la meta única. Por ello se ha dicho que la aspiración, la himma, del múmin está en el Salát, el ayuno y la ‘Ibada, mientras que la himma del hipócrita está en la comida y en la bebida, en todo lo que estimula únicamente a nuestro animal. Hatim al-Asamm dijo: “El múmin está ocupado en sus reflexiones y meditaciones, el munáfiq está ocupado en sus ambiciones, miedos y esperanzas”. También dijo: “Mientras el múmin realiza todas sus esperanzas sólo en Allah, el hipócrita las realiza en todo menos en Allah”. Y también dijo: “El múmin sólo teme a Allah, el munáfiq teme a todos salvo a Allah”. Y también dijo: “El múmin prefiere dar sus riquezas a su Dín, el hipócrita prefiere dar su Dín antes que sus riquezas”. Y también dijo: “El múmin hace el bien y llora, el munáfiq hace el mal y ríe”. Y también dijo: “El múmin ama la soleda y el ser ignorado por la gente, el munáfiq no soporta la soledad y busca el reconocimiento”. Y también dijo: “El múmin siembra y teme no poder recoger la cosecha, el hipócrita consume cuanto encuentra y espera conseguir más”. Y dijo: “El múmin aconseja por el bien de los demás y triunfa, el hipócrita brinda sus consejos por lograr poder sobre los demás y corrompe”.

 El Imam al-Ghaççali dice: “En lo primero que debe educarse el muyahid es en la paciencia y en la perseverancia”. Quien carece de ellas jamás dará un paso en firme por las sendas de la autocorrección. Debe ser paciente consigo mismo, paciente en su lucha, paciente hacia los demás. Pero la paciencia debe ser acompañada por la perseverancia, si no se convierte simplemente en acomodo, siendo éste el peor de los defectos. También lo es, y uno de los peores, estar atento a los defectos de los demás: ello sólo es signo de estar podrido por dentro. En cierta ocasión, Anas acompañaba a Rasulullah (s.a.s.) cuando se les acercó un beduíno que en su rudeza tiró a Rasulullah (s.a.s.) de la capa de lana qque llevaba hasta herirle el cuello. El beduino, sin dejar de tirar de la capa, decía: “Ya Muhammad, dame algo de los bienes que Allah te ha confiado”. En lugar de hacerle algún reproche, Rasulullah (s.a.s.) le sonrió y ordenó que le dieran algo. Este hadiz nos habla de los dos principios que señalaba el Imam al-Ghaççali: la paciencia y la ignorancia de los defectos de los demás. Ambos son signos de un espíritu grande.

La Muyáhada, el esfuerzo en el autocontrol, es una lucha que emprenden los dotados de un espíritu elevado. Para que ese ejercicio de sus resultados es necesario un conocimiento adecuado de las debilidades y potencialidades del Nafs. Es toda una ciencia a la que los sabios del Islam han dedicado gran parte de su atención. En sus obras encontraremos una senda juiciosa. El que la siga comprometiéndose en esa batalla alcanza  sin duda mejorar su calidad humana. Al mejorar su calidad humana, se acerca decididamente y con firmeza hacia Allah. Esa ciencia está entresacada de las enseñanzas de Rasulullah (s.a.s.) y sus Compañeros, los Sahaba. Fueron una generación de hombres y mujeres de gran nobleza, con su humanidad a flor de piel. Son un ejemplo de lo que el ser humano puede alcanzar sin renunciar a su realidad, a su carácter humano. No son prototipos de una perfección idealizada. Nada de cristianismo hay en sus vidas. Tampoco tenían nada de judíos: sus vidas no eran frías experiencias acomodadas a la letra de una ley. Fueron seres humanos que vivieron la intensidad de un Islam que es camino. Dice al-Ghaççali: “Se purificaron, se limpiaron de la inmundicia, dejaron atrás las mentiras, los engaños, los fraudes, los timos, los rencores, y de sus adentros emergió hacia fuera lo mejor que hay en el ser humano, los tesoros guardados en el corazón, y se complacieron en la acción de Allah, la vida se convirtió para ellos en la realización de la Voluntad que da vida, que lo rige todo. El que no se complace en Allah, ése es el káfir, el hipócrita: nada bueno resulta de él, ni para sí mismo, ni para el mundo en el que está”.