Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba veintitrés


Al-hamdu lillah que es Uno, la ilaha illa Huwa, Dueño único de los cielos y de la tierra, no hay fuerza ni poder más que en Allah, suya es la Presencia sutil que todo lo gobierna: El es el Auténtico, El es la Verdad que lo sostiene todo. Todo lo que no es Allah es fraude y timo, en El es en lo que reposa la existencia entera, El es el soporte de la Creación, Qayyúmu s-samawáti wal-ard, la ilaha illa Allah, el Viviente, el Subsistente, todo perece salvo la Faz de Allah, y hacia donde te vuelvas ahí está la Faz de Allah: de Allah venimos, a El pertenecemos y a El volvemos. Subhana Allah suyo es el Dominio, El es el que rige los movimientos de los astros inmensos y las moléculas ínfimas, y suyo es el Hamd, nada en la existencia es elogiado sin que ese elogio se refiera en realidad a Allah, suyas son la Belleza y la Majestad, a El es a quien se ama y a El es a quien se teme, y su Presencia es la Realidad de las realidades, la Verdad de las verdades: todo es un espejismo sobre la Identidad de Allah, por ello decimos que a El llegan los ojos de los corazones de los que están dotados de visión penetrante. Y Muhammad (s.a.s.) es el Mensajero de Allah, el Rasulullah, el Nabíullah, el Habíbullah, él es Sidna Muhammad (s.a.s.) y su lengua tradujo a los hombres una revelación que le venía del Señor de los Mundos; Muhammad (s.a.s.) fue el fiel, el sincero, el transmisor de las Palabras, el que dió a conocer el Corán de Allah, sea bendecido y saludado con la bendición permanente y el saludo de la paz que no tiene principio ni final, así como los suyos, los Ahl al-Báit, y Allah se complazca en sus Compañeros, los Sahaba, que fueron los pilares firmes de la Umma de los musulmanes.

Amma ba’d: as-salámu ‘aláikum wa rahmatullahi ta’ala wa barakátuh.

En pocas palabras diremos que el Islam es un regalo de Allah para sembrar en el ánimo de los seres humanos una profunda conciencia que los haga estar alerta. El Islam es Taqwa: Taqwa significa atención, cuidado. A la plenitud de la Taqwa se le llama temor. Temer a Allah significa volverse completamente hacia El: es huir de Allah hacia Allah, porque el que intuye a Allah sabe de su grandeza. A ese temor se le llama también amor, porque el que intuye la majestad de Allah descubre en ella toda su belleza. Allah es Uno, la ilaha illa Huwa. Taqwa es al final conciencia absoluta, e sumergirse totalmente en los significados más sutiles de la Unidad radical de Allah. El Salat es el envoltorio, el manto más hermoso, que tiene ese temor-amor, esa Taqwa con la que el hombre se vuelve de corazón hacia el que es su fuente. El Salat es un signo, el Salat es un secreto. El Salat es un decir “Allah me basta”, es ese momento del ser humano que sólo puede llenar  Allah. Hasbi Rabbi, “mi Señor me basta”, ése es el corazón del Salat: quien durante su Salat no se abandona a ese profundo pensamiento no tiene Salat. Reunirse en la soledad del Corazón con el que es Uno, eso es el Salat, y en esa Presencia unitaria postrarse infinitamente, entregarse. Eso es el Salat, eso es la Taqwa, eso es el Islam. Allah llena los espacios del múmin, hacia donde se vuelve el verdadero musulmán sólo encuentra la Faz de Allah. Shayj Sidi Ahmad al-’Alawi (r.) venía a decir: “Con el pensamiento recorro los significados de Allah: me hundo en las profundidades de su eternidad sin principio y no encuentro donde puedan reposar mis pies; luego me alzo a las cimas de su eternidad sin final y mis esperanzas son defraudadas porque no hay límite en el que hacer descansar mi mente; entonces, abismo mi inteligencia en los sentidos de su interioridad, me sumerjo en Allah, y no hallo sino un infinito por el que vagar sin poder aferrarme a nada en absoluto; mas después quisiera emerger a la superficie de Allah y no descubro en esa superficie sino espacios infinitos, eternos, sin principio ni fin. En mi estupor digo: “¿A qué puedo agarrarme? ¿cuál será mi asidero?”. Y una voz me dice: “No hay asidero, ése es el asidero”.

Una Shahada profunda, un Salat profundo, un Zakat profundo, un Ayuno profundo, una Peregrinación profunda, un Yihad profundo, todo ello son guías por esas sendas unitarias, por esos caminos sin orillas de Allah-Uno. El Islam son pasos hacia Allah, hacia la eliminación de todo lo que estorba la capacidad de trascender del ser humano. El Islam es radical, es abismal. En el Islam no hay dioses: Allah es un asomo a lo indecible, a lo impensable. El Islam es rupturista: nada le sirve al musulmán en su búsqueda, que es su vida. La vida como senda, ésa es la reflexión que se hace en el Islam. Las ‘Ibadas son compañeras en esa ruta. A cada paso, afianzan. A cada paso, iluminan. Ser rigurosos en la práctica de las ‘Ibadas es ser riguroso en la búsqueda de Allah. A cada paso, las ‘Ibadas nos apartan de los falsos ídolos, de los falsos dioses. Avanzar en las ‘Ibadas es ir rasgando todos esos velos; las ‘Ibadas nos devuelven la visión.

Nuestras vidas son un cúmulo de velos que nos ocultan lo esencial de las realidades. Es como si todo quisiera engañarnos, confundirnos; hemos elaborado a lo largo de milenios de historia densas cortinas de humos que diluyen en su fantasía las verdades.

 Esas mentiras nos engañan, nos entretienen. Por ello, es necesario la Taqwa, es necesario estar alerta. Despertar: eso es lo que nos exige el Islam. Estar atentos, eso es lo que el Islam quiere de nosotros: ¿por qué, si no, cinco Salat al día? ¿por qué, si no, ayunar un mes al año? ¿por qué, si no, se nos ha enseñado que no debemos consumir alcohol ni drogas? ¿por qué, si no, tantas cosas?. Volvernos hacia Allah significa recuperar el sentido. Sobre la alfombra del Salat se reproduce cinco veces al día lo que dijo un sufi: “acudí a la puerta de Allah con el deseo de pasar adentro, pero me detuvo un pensamiento: ¿con que llave abriré esa puerta?, y se me dijo: “No hay llave; esa es la llave”. Purificarse absolutamente esa es la llave. No hacen falta llaves para entrar donde está Allah-Uno e Inmenso. Dejarlo todo atrás, esa es la llave. Esto es el Salat. Sobre la alfombra del Salat se realiza el encuentro y todo se funde, todo se extingue: “toda vida ha de morir, sólo Allah es el Viviente, el Subsistente”. Dejar atrás las vanidades, la soberbia, el engreimiento, la mentira, la pretensión, la cobardía, las ilusiones, todo ello son pasos hacia la libertad en Allah. Dejar atrás las doctrinas, los dogmas, las creencias, las seguridades, y avanzar hacia Allah Verdadero al que no limitan nuestras tonterías. Sólo tenemos una certeza, que habremos de morir. La muerte es volver a Allah. Morir es encontrarse con Allah-Uno. El Islam nos advierte, nos prepara para ese reencuentro. ¿Qué felicidad nos producen nuestras mentiras, nuestros autoengaños, nuestros sueños? ¿qué placer puede producirnos la mediocridad de nuestras vidas?. Un goce mediocre, una vida mediocre, una esperanza mediocre, una ambición mediocre, así son nuestros goces, nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestras ambiciones. Y no obstante, luchamos con afán, nos fatigamos estérilmente por alcanzar esas metas que tarde o temprano acaban por defraudarnos. Nos quemamos en esta vida: envejecemos, enfermamos, nos consumimos en lo absurdo. El Islam orienta nuestros esfuerzos hacia Allah, nos hace mirar hacia las cumbres mientras que los hombres se arrastran hacia la nada. Y todo ello sembrando en nuestros ánimos una fuerza invencible que convierte a los verdaderos musulmanes en muyahidin, en combatientes. El Islam crea un mundo hermoso. El Islam posee su propia estética. Absurdo sería pensar que todo lo que hemos dicho sólo podría realizarse en un ascetismo rudo y estéril. Muy al contrario: el Islam es un espejo donde se refleja la vida con todos sus matices. Islam es vida. Islam no es obsesión. Al liberarnos de nuestros ídolos, el Islam nos empuja a la construcción de la realidad. Al purificarnos, al limpiarnos, nos hace partícipes de una comunidad cuyos valores trascienden los del hombre común. Al abolir la mentira, al desgarrar los velos, el Islam instaura la sinceridad y el respeto como fundamentos de la existencia. ¿Son la sinceridad y el respeto las claves de nuestra sociedad?, ¿no es, en verdad, laa hipocresía, el signo de nuestro tiempo?, ¿no es el deseo de dominio y la avaricia lo que mueve a las comunidades humanas en las que vivimos?.

La mentira y la intolerancia son las compañeras inseparables del kufr. Tan poderosas se han vuelto, tan predominantes son, que nos confunden fácilmente. Con sus mentiras y sus intolerancias el mundo occidental quiere sojuzgar al Islam. Ha demostrado una capacidad insuperable en el dudoso arte de confundir al ser humano. Sabe preparar el terreno, se infiltra hasta lo más recóndito, allí donde no nos damos cuenta y, utilizando la táctica de Shaytán, sugiere sus palabras a sus corazones. ¿No lo ha dicho ya el Corán?: “Dí: me refugio en el Señor de la Gente, el Rey de la Gente, el Ilah de la Gente, contra el mal del que murmura en el corazón, sea del número de los genios, sea del número de la Gente”. El kufr, como Shaytán, no da la cara, no cuenta sus intenciones: socava, trabaja en la oscuridad, difunde sus mentiras con la inocencia de un niño. Pero los resultados de su acción son el indicio de su veneno. Defiende los Derechos Humanos para proteger a dictaduras, su discurso es dulce, sus palabras son justas, sus deseos son aparentemente amables, pero su objeto está detrás, su meta es el dominio y la hegemonía sobre el mundo. ¿Qué interés pueden tener los racistas europeos en el bien de los argelinos, los palestinos, los bosnios, o los chechenos?. Se inventan un estado palestino títere para comerciar con él, para aprovechar nuevos mercados. ¿Cuándo han sido sinceros?, ¿cuándo la honestidad ha guiado los pasos de las ambiciones occidentales?. Su arrogancia llega al extremo de inventarse ellos mismos el Islam, ponerlo en boca de los musulmanes, y a la vez nos obligan a callarnos. Nos hablan del discurso islámico, del integrismo, de la barbarie, pero ¿cuándo los musulmanes han podido expresarse con libertad?. Se limitan a descontextualizar frases, a referir anécdotas, a distorsionar verdades. El cientifismo del que hace gala al analizar la historia, el pensamiento o el arte humano, brilla descaradamente por su ausencia en todo lo que se refiere al Islam. Occidente ha erigido la más absoluta de las mentiras, la ha hecho verdad y le ha dado curso libre. Ni las mentes más abiertas de Occidente parecen darse cuenta, y juegan al triste juego cuyas reglas ha impuesto la ambición de una élite dominadora sanguinaria y sin escrúpulos. Y ha buscado víctimas en el mundo musulmán, ha confeccionado un triste escaparate de monstruos más o menos ridículos con los que afirmar ese engaño.

La historia reciente del mundo musulmán es desoladora: es un mundo desarticulado, desarraigado. ¿Cómo ha podido decaer tanto en tan poco tiempo?. Precisamente a causa de su nobleza. El Islam ha sido y es abierto. Su respeto a los otros, ante occidente, ha sido ingenuo en exceso. Se ha abierto completamente a él, como antes lo había hecho con otras culturas. Pero las culturas del pasado a las que el Islam se abrió lo enriquecieron: fue un feliz encuentro entre culturas, con sus más y sus menos; pero Occidente se presentó en el Islam con la insolencia del que se cree con todos los derechos, con todas las verdades. Mientras el Islam se le abría, Occidente lo iba minando. Fue ingenuidad de los musulmanes en su sentido de la tolerancia: y Occidente jamás cejó en su empeño por imponerse. Pudo dominar y domina el mundo entero. Culturas poderosísimas han caído completamente: ¿Qué es de la civilización china, india, negra, o japonesa?. Como un castillo de naipes se han derrumbado al soplo de Occidente. Sólo el Islam presenta batalla porque cuenta con el recurso inagotable del Yihad, ese Yihad al que tanto teme Occidente. Ese Yihad que es espíritu de supervivencia, sentido de la dignidad, identidad misma del Islam, ese Yihad es el corazón mismo del Islam. El Yihad late y da vida. Por ello es aborrecido. El Islam no sucumbe, debe ser derrotado, debe ser aniquilado. Esos son los pasos. Todas las estrategias se ponen en juego: militar, económica, cultural, todas las cartas se ponen sobre la mesa. Y sobre todas ellas, la mentira, el engaño, la astucia, el fraude y el timo, son los estandartes que enarbola el ejército occidental.

¿Qué es lo que hay en el fondo?: pueblos enteros que sufren, pueblos que padecen la injusticia, la agresión, la violencia, de Occidente. Actúe directamente o a través de intermediarios, Occidente es el culpable de ese sufrimiento humano. Por mucho que intente confundirnos con sus apariencias, por mucho incluso que lo logre, algún día caerá ese velo. Pero mientras tanto, los pueblos a los que se ha negado la voz, los pueblos que han sido condenados a muerte, son los testimonios de esa barbarie.