Las Jutbas de los Andalusíes

Jutba diecinueve


1

Los comienzos del Islam fueron difíciles. Los primeros trece años estuvieron repletos de vicisitudes, dificultades y obstáculos. Los musulmanes fueron marginados y perseguidos en Meca. Declararse musulmán era exponerse al desprecio y a la amenaza de los idólatras. Por ello, a los primeros musulmanes los caracterizaba su sinceridad. Fueron musulmanes auténticos, movidos por el amor a la Verdad, gentes rendidas a Allah Uno-Único.

Cuando la situación se hizo insostenible en Meca, Rasûlullâh (s.a.s.) ordenó a los suyos abandonar la ciudad dejándolo atrás todo. Los musulmanes respondieron a esa indicación del Profeta (s.a.s.) y sólo se llevaron consigo su sinceridad. Esto hizo de la Hiÿra (la Emigración a Medina) un acto radical y poderosamente simbólico.

En un célebre hadiz, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: ínnamâ l-a‘mâlu bin-niyyât,  las acciones valen lo que las intenciones, es decir, es la intención que mueve al ser humano, la niyya, lo que tiene valor y mérito para Allah.  A continuación, dijo: wa innamâ li-kúlli mri-in mâ nawà, y cada persona recoge el fruto de aquello a lo que aspira. Es decir, la intención es algo tan enérgico y en realidad tan efectivo que siempre obtiene el fruto de aquello que desea, y esto puede tener buenas o malas consecuencias.

La intención no es algo etéreo: es el indicio de que algo se ha desatado, y ya no puede ser irrelevante. El hecho de sentir un deseo o un anhelo, o una simple inclinación, es un prodigio inexplicable. Lo que sí sabemos a partir de este hadiz es que la intención es una exigencia en el hombre ante la que las cosas se someten y le ofrecen sus verdades.

En el mismo hadiz, Rasûlullâh (s.as.) aclara esto proponiendo un ejemplo: “Quien haya emigrado por Allah y su Mensajero, su emigración ha sido hacia Allah y su Mensajero”, todos aquellos que fueron sinceros en su Emigración, es decir, los que emprendieron el camino hacia Medina con la intención de mantenerse en el Islam y obedecer la indicación del Profeta (s.a.s) han alcanzado su objetivo en el preciso instante en que esa fue su auténtica voluntad. A la intención sincera se la llama Ijlâs, y quiere decir que algo se ha hecho exclusivamente por Allah (la obediencia al Profeta entra dentro de este apartado). Y, como hemos dicho, la intención es tan poderosa que al momento se cumple -si está orientada hacia Allah- porque topa inmediatamente con lo Verdadero, con lo que tiene capacidad para colmar al ser humano.

Si la intención tiene otro propósito, también es satisfecha en realidad, pero al ser aquello que se busca aparte de Allah algo fantasmagórico, pues sólo Allah es Verdad, la frustración es aquello a lo que esa intención conduce. Por ello, a continuación Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “Y quien haya emigrado para conseguir algo de este mundo o para casarse con una mujer, su emigración no ha tenido otro fin que aquello que perseguía”.

Efectivamente, se cuenta que un hombre hizo la Hiÿra entre los musulmanes, pero tenía una motivación bien distinta: deseaba a una musulmana que le había puesto como condición para casarse con él que la acompañara en la emigración. Él lo hizo, y esa era la intención que le empujó a seguir al Profeta (s.a.s.). Su nombre ha sido olvidado (se le llama tradicionalmente Muhâÿir Umm Qáis, el que emigró por Umm Qáis, nombre de la mujer), y no se sabe qué pasó después.

Lo interesante es precisamente eso: su objetivo era algo concreto al margen de Allah, y por eso él ha caído en el olvido. La satisfacción de su deseo es lo de menos, porque desde el principio el objeto deseado estaba condenado a desvanecerse, o a morir y desaparecer con el tiempo. Es decir, su intención ha alcanzado también lo que en realidad, y sin saberlo, se había propuesto. Buscó lo perecedero y lo encontró, pero ese encuentro con la última verdad de lo que se anhela es una experiencia terrible y frustrante.

Proponerse a Allah es desde el principio un triunfo. El Ijlâs es la fuerza de la sinceridad con la que el musulmán se conduce hacia su Señor Verdadero, y el Ijlâs, desde el momento en que se enciende en los corazones, ha alcanzado ya su objetivo. Esto es lo que nos enseña el hadiz. Por el contrario, el deseo de cualquier cosa que no sea Allah está condenado a la frustración, y esto no es bueno ni malo en sí, pero lo cierto es que en ese deseo siempre hay dolor al final, porque lo que no es Allah se disipa.

El Ijlâs es una virtud difícil de obtener: para alcanzarla hay que pulir la intención. Fundamentalmente exige un conocimiento profundo de la realidad de las cosas, un conocimiento que no consiste en datos sino en sabiduría. Conocer realmente, por un lado, la intrascendencia de todo y, por otro lado, la Grandeza de Allah Uno-Único, es la ciencia que conduce al Ijlâs, a la intención pura. Es entonces cuando el deseo del ser humano alcanza una meta absoluta y su deseo de otras cosas es matizado por su conocimiento, y esto le ayuda a sobreponerse siempre. Alcanza a Allah con su anhelo por Allah, y nada lo defrauda porque sabe lo que se puede esperar de cada cosa.

 

2

En otro hadiz, Rasûlullâh (s.a.s.) anunció que en un tiempo futuro un ejército atacará Meca, pero antes de llegar a ella se lo tragará la tierra. Dijo: “Vendrá un ejército para atacar Meca, y cuando lleguen a un lugar desértico se los tragará la tierra, desde el primero al último”. No dio más datos. Se sobreentiende normalmente que se refería a uno de los signos que anunciarían la proximidad del fin del mundo, pero en realidad eran palabras enigmáticas sobre las que sólo es posible hacer suposiciones.

En cualquier caso, lo importante es que ‘Âisha, la trasmisora de este anuncio de Rasûlullâh (s.a.s.), según ella misma cuenta, al escucharlas le preguntó: “Yâ Rasûlallâh, ¿porqué la tierra se los tragará a todos cuando en los ejércitos siempre hay gente humilde y otros que no tienen nada que ver (con la voluntad de los jefes)?”.

A esta objeción de ‘Âisha, Rasûlullâh (s.a.s.) contestó: “Desaparecerán desde el primero hasta el último, y resurgirán ante Allah según sus intenciones”. Tenemos aquí el mismo tema de antes: lo relevante son las intenciones. Aunque las intenciones de los jefes del ejército fueran perversas Allah tiene en cuenta los verdaderos propósitos de aquellos que los hayan seguido por un motivo u otro. Nada escapa al saber de Allah. Por otro lado, los comentaristas de este hadiz advierten sobre la imprudencia de acompañar o respaldar a los tiranos y a los destructores: arrastran consigo a los demás a la ruina.

Ya hemos dicho que las intenciones son motivaciones poderosas que desencadenan muchas cosas que están más allá de las previsiones. Y las intenciones más fuertes exigen de la Existencia respuestas más intensas y encuentran verdades más radicales. Por ello es desaconsejable totalmente acompañar a los déspotas, a los corruptos, a los injustos, a los perversos, y a todos los que son movidos por intenciones oscuras y destructivas. Y por eso mismo, al contrario, se aconseja acompañar y respaldar a sus contrarios, a las gentes de bien y sabiduría, para empaparse de la fuerza de sus aspiraciones.

La intención, la niyya, antes incluso que la acción que resulta de ella, lo determina todo. Purificar la niyya, convertirla en Ijlâs, es la firme decisión que debe tomar cada musulmán. Para irse entrenando es esa sinceridad configuradora de un mundo satisfactorio, hay dos medios. Primero, ejercitarse en las más nobles cualidades: la generosidad, el desinterés, el valor, la prudencia, la sobriedad, etc. Y el segundo medio es inspirarse en las gentes que han alcanzado ese grado de Ijlâs, acompañando a las gentes de la rectitud, los inspirados por el Islam.