Las Jutbas de los Andalusíes

Decimosexta Jutba


Rasûlullâh (s.a.s.) era sincero incluso cuando bromeaba. Abû Huráira contó que los Sahâba se sorprendían porque Rasûlullâh (s.a.s.) gastaba bromas. Le preguntaron por ello, y él respondió: “Sí, pero sólo digo la verdad”.

Durante un viaje, un hombre le pidió a Rasûlullâh (s.a.s.) que le facilitara un camello, y él le dijo: “Te dejaré una cría de camella”, y el hombre le dijo: “¿Y qué voy a hacer con la cría de una camella?”. Entonces, Rasûlullâh (s.a.s.) le respondió: “¿No son los camellos crías de las camellas?”.

Una mujer llamada Umm Áiman le dijo a Rasûlullâh (s.a.s.) que su marido quería verle, y él le preguntó: “¿Quién es tu marido? ¿El que tiene algo blanco en un ojo?”. Y ella, sorprendida, la respondió: “No, no tiene cataratas”. Entonces, Rasûlullâh (s.a.s.) le dijo: “No hay nadie que no tenga algo blanco en los ojos”.

Había un hombre del desierto que sentía un gran afecto por Rasûlullâh (s.a.s.) y siempre que podía le enviaba algún obsequio. También Rasûlullâh (s.a.s.) lo amaba. Un día que estaba en el mercado vendiendo sus productos, se le acercó Rasûlullâh (s.a.s.) por detrás y lo abrazó sin que él pudiera verlo y dijo: “¿Quién quiere comprar este esclavo?”. Cuando el hombre se zafó y pudo volverse y vió que era Rasûlullâh (s.a.s.), le dijo: “¿Crees que soy de poco valor?”, refieriéndose a que como era feo sería difícil de vender, y Rasûlulâh (s.a.s.) le respondió: “Para Allah eres muy caro”. Al llamarle esclavo se refería a que era un siervo de Allah muy apreciado.

Una anciana se acercó a Rasûlullâh (s.a.s.) y le pidió que invocara en su favor pidiendo a Allah que la hiciera entrar en el Jardín. Entonces, Rasûlullâh (s.a.s.) le dijo: “Las ancianas no entran en el Jardín”. Entonces ella se alejó llorando, y Rasûlullâh (s.a.s.) inmediatamente envió a alguien para que le explicara que no entraría en el Jardín como anciana sino como adolescente, pues en el Corán se dice: “Les volvemos a dar forma de adolescentes”.

Ánas contó que Rasûlullâh (s.a.s.) le llamaba “el de las orejas”. Cuando le preguntó que por qué lo hacía, ya que no las tenía grandes, él le respondió: “Todo el mundo tiene orejas”.

Estos son algunos ejemplos de las bromas que gastaba Rasûlullâh (s.a.s.) en las que se ve que ni tan siquiera entonces mentía o engañaba ni se burlaba de nadie. ¿Cómo no iba a ser sincero al hablar en serio? Al contrario, enseñaba que la sinceridad debía ser la cualidad más importante con la que el musulmán se adornara. El amor a la verdad es amor a Allah, porque Él es el Verdadero. A Allah se le encuentra en lo real y en lo auténtico, y no en lo falso ni en lo tramposo. El embuste, la traición, la hipocresía y el fingimiento se cuentan entre las vilezas que con más énfasis censura el Islam. Y en esto Rasûlullâh (s.a.s.) no hizo ningún tipo de concesiones, y dijo: “Incluso las mentiras pequeñas son tenidas en cuenta por Allah”.

Por esta postura radiclamente opuesta al engaño, Rasûlullâh (s.a.s.) tiene el sobrenombre de Sâdiq, el Sincero.  Y esto es lo que hace de él un Amîn, alguien en quien se puede depositar la confianza.

 

2

Rasûlullâh (s.a.s.) fue siempre fiel a su palabra y esperaba que la gente lo fuese. Le resultaba difícil imaginar que se hablara por hablar y hacer promesas que no se iban a cumplir. Enseñó a las gentes que un musulmán quedaba comprometido por lo que dijera.

Un año antes de la tregua de al-Hudaibía, los qurayshíes intentaron apoderarse de Medina. Reunieron las tribus aliadas a ellas y cercaron la ciudad de los musulmanes. Los Banû Quraiza, judíos de Medina, aprovecharon la ocasión para flatar al pacto de mutua protección que antes habían concluido con Rasûlullâh (s.a.s.) lo cual supuso un fuerte golpe para los msulmanes que veían como se rompían sus propias filas ante el enemigo. A pesar de ello, ante la firmeza de los musulmanes, al final los quraishíes debieron levantar el cerco y retirarse.

Reforzado por este triunfo, Rasûlullâh (s.a.s.) supo aprovechar la coyuntura y ganarse la confianza de muchas tribus vecinos, de modo que pudo organizar a su vez un ejército que fue enviado contra Meca. Se detuvo en un lugar llamado al-Hudaibía y los quraishíes, alarmados, le enviaron emisarios. Uno de ellos, ‘Urwa ibn Mas‘ûd az-Záqafi describió más tarde su encuentro con Rasûlullâh (s.a.s.) con estas palabras: “He visitado al rey de los persas en su propio palacio, y al de los bizantinos y al de los etíopes, pero a ninguno de ellos he visto impresionar tanto a los suyos como lo hacia Muhammad con sus seguidores”. Es decir, todo era favorable a Sidnâ Muhammad (s.a.s.) en ese encuentro con los quraishíes, pero en lugar de aprovechar la ocasión para inflingirles una derrota definitiva, prefirió concertar con ellos la paz. Él (s.a.s.) había dicho: “Si los quraishíes me piden que respete los lazos de parentesco, lo haré”, y así fue. Incluso aceptó, cuando no tenía por qué hacerlo, cláusulas que eran humillantes, como una que fue la que más hirió a los musulmanes y que consistía en que los musulmanes entregarían a los quraishíes a quienes a partir de entonces abandonaran Meca buscando refugio en Medina, mientras que ellos no quedaban comprometidos a hacer lo mismo con los que traicionaran a los musulmanes. Esta condición produjo una grtan confusión. Se cuenta que incluso ‘Omar ibn al-Jattâb dijo a Rasûlullâh (s.a.s.): “¿No somos musulmanes? ¿No son ellos idólatras? ¿No eres tú el mensajero de Allah?”. Y Rasûlullâh (s.a.s.) le respondiñó: “Yo soy el Esclavo de Allah y su Mensajero, no desobedeceré su orden ni Él me echará a perder”. Para los musulmanes supuso un golpe grave la fidelidad de Rasûlullâh a su compromiso de llegar a un acuerdo con los quraishíes.