Las Jutbas de los Andalusíes

Decimocuarta jutba


Rasûlullâh (s.a.s.) era conocido por su sinceridad ya antes de comenzar a transmitir la Revelación. En la época preislámica se le llamaba con el doble sobrenombre de Sâdiq-Sâdiq, que significa persona sincera en la que se puede depositar la confianza. Las diferentes informaciones que nos han llegado sobre este tema demuestran que su amor a la verdad jamás fue cuestionado, ni tan siquiera por sus enemigos. Su Mensaje fue rechazado porque no interesaba o por celos, pero él (s.a.s.) no fue acusado de mentiroso.

Su gran enemigo, Abû Yahl, en cierta ocasión le dijo: “No te desmentimos a ti, si no que decimos que es mentira lo que nos anuncias”, y el Corán lo recoge afirmando en un versículo: “No te declaran embustero. Son los signos de Allah lo que consideran mentira” .

De Abû Yahl también se cuenta que en cierta ocasión dijo: “Yo sé que lo que él dice es verdad, pero me impide seguirlo el que todos los privilegios los detenten los de su clan. Se les ha dado el derecho a proporcionar alimento y agua a los peregrinos, se les hace presidir la asamblea, se les concede el derecho a portar el estandarte. Pero cuando han dicho: ‘Entre nosotros hay un profeta”, hemos dicho: ‘No’. Por ello no le seguiré”.

Mu‘âwiya relató que cuando todavía era niño, en cierta ocasión iba sobre un asno por el desierto acompañado de su padre Abû Sufyân y su madre Hind. Coincidieron en algún lugar con Rasûlullâh (s.a.s.), y su padre le ordenó bajar de su montura para que sobre ella fuera Rasûlullâh, que empezó a exortarles para que se hicieran musulmanes. Cuando acabó, bajó del asno y se marchó. Entonces Hind se volvió hacia Abû Sufiân y le dijo: ‘¿Por este brujo has hecho que mi hijo descienda de su cabalgadura?’. Y mi padre le respondió: ‘No es brujo ni mentiroso’. -Sólo el rango que detentaba entre los suyos impedía a Abû Sufiân convertirse en seguidor de Rasûlullâh (s.a.s.), viéndose obligado a declararle enemistad.

Cuando Abû Sufiân acudió ante un general bizantino intentando desacreditar a Rasûlullâh (s.a.s.), el general le preguntó: “¿Le acusábais de mentiroso antes de que empezara a decir lo que ahora dice?”, y Abû Sufiân, que era noble, se vió obligado a responder que no. Al final del relato, el general dice: “Te he preguntado si lo acusábais de embustero antes de decir lo que ahora dice, y me dijiste que no. No tiene por qué mentir ahora a las gentes y mentir además sobre la Verdad Suprema”.

Al principio, Allah ordenó a su Mensajero (s.a.s.) actuar con discreción en su anuncio del Islam, pero más adelante le mandó hacer público el Mensaje, diciéndole: “Advierte a los más cercanos a ti”. Ibn ‘Abbâs cuenta que cuando le fue revelado dicho versículo subió a lo alto de la colina de Safâ y comenzó a convocar a los clanes hasta que se reunió mucha gente ante él, y dijo: “¿Qué pensaríais si os comunicara que un ejército se ha reunido contra vosotros y está acampado en algún valle cercano preparándose para atacaros? ¿Me creeríais?”. Y le respondieron: “Sí. No te hemos conocido jamás una mentira”. Entonces Rasûlullâh (s.a.s.) les dijo: “Pues bien, os comunico que he venido a anunciaros que os amenaza un castigo terrible”. Abû Láhab, que estaba entre los congregados, dijo: “Maldito seas, Muhammad. ¿Para eso nos has reunido?”. Y entonces fue revelada la Sûra en la que se le maldice.

De entre los enemigos de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) los hubo que abrazaron el Islam antes de que éste triunfara. Enemigos acérrimos como Jâlid ibn al-Walîd, ‘Umru ibn al-‘Âs, ‘Umar ibn al-Jattâb, etc., aceptaron el Islam aunque al principio lo rechazaran porque les resultaba escandoloso o contrario a sus tradiciones y creencias, pero poco a poco se dieron cuenta de lo absurdo de confiar por un lado en la sinceridad de Muhammad (s.a.s.) y por otro seguir combatiéndolo.

Otros de sus enemigos se hicieron musulmanes después del triunfo del Islam, como Abû Sufiân y el resto de Quráish. Sin embargo, figuraron a partir de entonces entre los mejores de los musulmanes, y es porque lo que les había impedido antes aceptar el Islam fueron las rencillas, los celos y el interés egoísta, y no auténticas dudas. Cuando la victoria del Islam les abrió los ojos se reconocieron fácilmente como musulmanes y destacaron como tales.

 2

Rasûlullâh (s.a.s.) prefería estar con sus Compañeros a aislarse. Se reunía con ellos para comer, iba con ellos de viaje, asistía al Salât y demás asambleas. Le gustaba la sencillez, la franqueza, y detestaba el fingimiento y que la gente se tomara molestias por él. Y su comportamiento no era distinto al que había mantenido antes de la Revelación. De ello dieron fe muchos de sus Compañeros, que ya la conocían de mucho antes.

Sus Compañeros, los Sahâba, no eran beduinos ignorantes aislados del mundo a los que fuera fácil engatusar. Muchos eran de Meca, la ciudad más importante de Arabia, una ciudad a la que acudían peregrinos y comerciantes con frecuencia, y cuyos habitantes eran tenidos por los árabes de toda la península como gentes de virtud y capacidad de liderazgo. En sus afueras anualmente se celebraba la feria más importante de Arabia a la que acudían los más ilustres poetas de la época, por lo que el nivel intelectual no era bajo. Por su parte, los Sahâba de Medina estaban acostumbrados al contacto con los judíos y sabían de las Revelaciones antiguas.

A lo anterior hay que añadir que tras la muerte de Rasûlullâh (s.a.s.) los Sahâba demostraron una experiencia, una eficacia y una inteligencia sorprendentes para transmitir su Mensaje a pueblos muy diferentes y de culturas muy avanzadas, llegando a convencer del Islam a naciones enteras, integrándolas en la Umma y fundiéndose ellos en una universalidad que caracteriza al Islam. No eran por lo tanto unos beduinos fanatizados y engañados por una superchería sino hombres y mujeres muy despiertos, abiertos y capaces.

Si juntamos lo dicho -el contacto permanente de Rasûlullâh (s.a.s.) con sus Compañeros y la inteligencia de estos últimos-, debemos aceptar que engañarlos era difícil. Lo cual confirma la sinceridad de Rasûlullah (s.a.s.).

Al contrario, sabemos que la confianza que los Sahâba depositaron en Rasûlullâh (s.a.s.) aumentaba con el tiempo. Los que más le acompañaban más seguros estaban de él y eran los más firmes en obedecerle. Pusieron en él sus vidas y sus posesiones. Sus palabras las recogían con una atención que les permitió memorizarlas con una exactitud fuera de lo común en la historia de la humanidad. La Senda de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) se convirtió para ellos en el camino de sus vidas. Es dccir, los Sahâba confirmaron en cada uno de sus instantes las enseñanzas de Sidnâ Muhammad (s.a.s.).