Las Jutbas de los Andalusíes

Decimortecera jutba


Al-hamdu lillah que ha creado corazones en los pechos de los seres humanos, que son el núcleo de la vida que palpita; al-hamdu lillah que en esos corazones ha depositado a su vez corazones que son el secreto mismo de la humanidad del hombre, y esos corazones invisibles son el polo de la existencia de cada criatura, lugar íntimo alrededor de cuyo eje gira su universo misterioso. Al-hamdu lillah que ha obrado con la intensidad de su fuerza y la sutileza de su ciencia que todo lo abarca; El es el Uno-Unico, su dominio se extiende por los cielos y la tierra, y todo es penetrado por su Presencia absoluta, que todo lo sostiene.

Ash-hadu an la ilaha illa Allah, el que es Singular, y su soledad es el atributo soberano de su unidad absoluta, no ha engendrado ni ha sido engendrado, y nada hay que se le asemeje; wa ash-hadu anna Muhámmadan ‘abduhhu wa Rasuluh, siendo Sidna Muhammad (s.a.s.) el hombre que se retiró a la caverna de Hira y en ella le fue revelado el Corán al-Karim como senda inequívoca para los que se vuelven hacia Allah; él (s.a.s.) es el maestro, el shayj, el imam verdadero; él (s.a.s.) es el Camino hacia Allah, el Sendero Recto para los que abren su corazón a Allah-Uno. Allah lo bendiga con su Rahma y su Báraka, y le de paz a él y a los suyos, y se complazca en sus compañeros.

 

Amma ba’d: as-salamu ‘aláikum wa rahmatullahi ta’ala wa barakátuh.

 

El verdadero corazón del hombre, el que está en las entrañas mismas del corazón físico, órgano secreto con el que el ser humano siente el universo y presiente a Allah, el corazón de sus pasiones, sus anhelos, sus afanes, sus emociones, sus tristezas, sus miedos, sus esperanzas, el centro mismo de su ser consciente, es semejante a una tienda de campaña, a una jaima a la que se puede acceder por sus cuatros costados, fáciles de rasgar sus telas. O más bien es como una diana, cuyo destino es recibir flechas penetrantes. O más bien es como un espejo en el que se proyectan las imágenes de todo lo que pasa frente a él: una tras otra las imágenes van desfilando ante el espejo del corazón y van grabando en él su vestigio. O más bien, es como un lago en el que mil río vierten sus aguas, unas son dulces, otras amargas, y otras aún son salobres.

 Al corazón llegan toda suerte de impresiones. Puertas para ellas son nuestros sentidos. A esas puertas las llamaremos accesos físicos. Pero hay otras entradas, otras que son sutiles y pertenecen al ámbito del mundo interior de cada ser humano. Son la imaginación, el deseo, la ira, la naturaleza íntima que da forma a nuestra personalidad. Al-Ghaççali dice: “Cuando percibe algo a través de los sentidos, el corazón queda impresionado; y lo mismo sucede cuando en él se despiertan apetitos a causa de otros motivos como el haber comido en exceso, o a causa de la fuerza de su constitución natural; todo ello graba en el corazón su huella indeleble.

Si el ser humano careciera de sentidos físicos, la simple imaginación es suficiente para marcar rasgos en el corazón, pues la imaginación no deja un solo instante de actuar: pasa de una imagen a otra, y todas ellas modelan el corazón”. A lo que se refiere le Imam es a que el corazón es vida, jamás está quieto, pues en él la quietud, como en el corazón de carne y sangre, no sería sino indicio de muerte.

El corazón siempre es receptivo, necesita recibir impresiones, son su sangre, y luego reenviarla para alimentar el cuerpo. Pero si algo tiene especial influencia sobre el corazón es a lo que en árabe se llama Jawatir, es decir, las ideas, las ocurrencias. Los Jawatir son destellos o resplandores de la inteligencia cuyo brillo llega hasta el corazón. Los Jawatir son los frutos bien de la reflexión bien del Dzikr o memoria y recuerdo.

Dice al-Ghaççali: “Son conocimientos o percepciones de la inteligencia, que son o nuevas o rememoradas”. Y dice también: “Se les llama Jawatir porque sobrevienen al corazón, son enviadas desde el intelecto repentinamente, mientras que antes el corazón no las tenía, por eso se las llama Jawatir, es decir, ocurrencias, ideas sobrevenidas”. Los Jawatir son los verdaderos motores de la voluntad. La intención, la resolución, el querer algo, ocurre cuando al corazón llega el Játir, la idea iluminadora. El Játir mueve el deseo y el deseo mueve la voluntad, la voluntad mueve la intención, y la intención mueve los miembros del cuerpo haciéndoles solicitar y buscar el objeto que ha reproducido el Játir en lo más íntimo de su ser, en su corazón mismo.

Dice al-Ghaççali: “los Jawatir que causan la intención final son malvados cuando conducen a algo cuyo fruto último es dañino, o pueden ser benéficos cuando invitan al bien, es decir, aquello cuyo fruto último en al-Ajira es bueno para el ser humano”. Añade el Imam: “Podemos llamar al Játir benéfico “inspiración o Ilhám”, y podemos llamar al Játir nocivo “susurro interno o Waswas”. Y también dice el Imam al-Ghaççali: “Has de saber que estos Jawátir son productos de una causa ya que surgen en el tiempo. Al percibir que los resultados son distintos deducimos que también lo son sus causas.

Esto es una de las normas o sunnas de Allah en el universo que permiten nuestra inteligencia y  entendimiento: cuando ves que un mismo fuego ilumina las paredes de una habitación y también que ennegrece el techo, sabes fácilmente que aunque la causa última es la misma, esta produce otras causas cuyos resultados son totalmente distintos, y así el fuego produce a la vez luz y humo”.

 Según el Imam al-Ghaççali, hay que llamar Málak a la causa del Játir benéfico, es decir, el Ilham o inspiración, y hay que llamar Shaytán a la causa del Játir nocivo o Waswas. Málak es la criatura de Allah (debemos recordar que en el Islam damos el nombre de criatura a todo lo que no sea Allah) cuya misión es la de guiar al bien, producir conocimiento, revelar la Verdad, animar, ordenar lo justo. Los Maláika son los inspiradores de todo lo provechoso: esta es la definición del Imam al-Ghaççali. Es decir, los Maláika son los motores últimos, antes de Allah, hacia todo lo que es bueno para el hombre. Por su lado, Shaytán es la criatura opuesta a todo lo anterior.

Dice el Imam al Ghaççali: “Amenaza al hombre, lo guía por caminos tortuosos, le inspira el miedo a la pobreza y a la muerte”. Shaytán es la causa trascendente de todos los males, de todo lo que el hombre entiende como malo. Dice el Corán en Surat Yasín: “Todas las cosas las he creado en parejas”. Así, el Málak es el opuesto al Shaytán, del mismo modo que el Ilham es el opuesto al Waswás. Al corazón que se inspira en el Ilham se le llama Muwaffaq, es decir, acertado, triunfante; mientras al que sucumbe ante el Waswás se le llama Majdul, defraudado.

El corazón Muwaffaq es el opuesto al corazón Majdul, según la Sunna de los pares. Efectivamente, nos enseña el Corán, y nos lo recuerda el Imam al-Ghaççali, todo lo creado está en el número dos, en parejas opuestas o complementarias, pues la unidad sólo pertenece a Allah-Uno. Rasulullah (s.a.s.) dijo: “En el corazón hay dos resplandores o Lamman, una Lamma pertenece al Malak que es el resplandor que le sugiere lo bueno y le hace reconocer lo verdadero, quien lo sienta que sepa que viene de Allah y que alabe a Allah; la otra Lamma le viene de su enemigo que le sugiere el mal y lo confunde ante lo verdadero, quien lo sienta que recurra a Allah buscando refugio contra el lapidado”. Y después recitó la aya que dice: “Shaytán os hace temer la pobreza y os aconseja todo lo vergonzoso”.

 Dice el Imam al-Ghaççali: “En su fitra, es decir, en su naturaleza primordial, el Corazón es indiferente, recibe por igual todas las influencias de los Jawátir, provengan del Málak o provengan del Shaytán, es decir, sean Ilhám o Waswás. Cuando el ser humano va adquiriendo juicio, su inclinación hacia uno de los extremos se va configurando como predominante. Si se deja arrastrar por las pasiones, la ira, la violencia, el egoísmo, el Waswás acabará por imponerse. Si es más reflexivo, ponderado, equilibrado, si atiende a las razones del buen juicio y el entendimiento, se inclinará hacia el Ilhám.” Y también dice el Imam: “El desorden es donde pasta Shaytán”. Rasulullah (s.a.s.) dijo en cierta ocasión: “No hay persona que no sea acompañada continuamente por un Shaytán”. “¿Ni tan siquiera tú?”, le preguntaron sus compañeros. Y él (s.a.s.) respondió: “Ni tan siquiera yo, solo que Allah me ha ayudado, lo he vencido y se ha hecho musulmán, y ahora no me ordena sino lo que es bueno”. Es decir, si el hombre combate sus desórdenes es ayudado por Allah y vence a su Shaytán, su inclinación a lo confuso, lo traicionero. Cuando el Nafs, el Ego, es domesticado, se convierte entonces en magnífico auxiliar de la verdadera aspiración y necesidad del ser humano. Llamémosle Nafs o Shaytán, el Waswás es todo lo que nos inspira agobiándonos, mientras que el Ilhám es liberador.

 

 

 La mejor manera para alcanzar el equilibrio justo es, sin duda, el Dzikr, el constante recuerdo de Allah. Es el mundo, la ambición, el poder, la riqueza, el miedo, todo ello es la causa del Waswás, es decir, abre nuestros corazones a Shaytán. Es conveniente el Dzikr, recordar a Allah es ir poniendo cada cosa en su sitio, darse cuenta de cúal es el verdadero valor de cada cosa. Con el Dzikr, la perturbación que produce el Dunia, el Mundo, desaparece.

El Dzikr es aconsejable, es el mejor remedio para las enfermedades del corazón. El Dzikr es equilibrio, es el juicio sano y el criterio saludable. En el Dzikr todo se armoniza, y desaparece la ceguera que nos produce el Dunia. El Dzikr es serenidad; dice el Corán: “En el Dzikr de Allah se sosiegan los corazones”. El Dzikr corta el vuelo a Shaytán, cuando un corazón recuerda a Allah, ante él Shaytán resopla y da media vuelta como enseña precisamente la última Sura del Corán. El Dzikr, a parte de sus valores intrínsecos, es recomendable para alcanzar el equilibrio necesario, la agudeza que el Islam exige. El Dzikr es sabiduría, bálsamo contra la angustia. El Dzikr, bien hecho, el Dzikr profundo, pone en nuestras vidas un tónico efectivo capaz de hacernos superar sin traumas nuestras neurosis, nuestras inquietudes, nuestros apegos, nuestras tribulaciones. Y La ilaha illa Allah es el mejor de los Dzikr, es la Kálima, la Palabra que derriba todos los ídolos, la Kálima que devuelve el sentido y el buen criterio; es la Kálima de la justicia y la verdad; es la Kálima de la realidad, el verdadero sentido de la existencia entera. Rasulullah (s.a.s.) dijo. “Lo mejor que yo he dicho, y todos los profetas que me han precedido es La ilaha illa Allah”.

Cuando el Dzikr se realiza con el corazón, y no solo con la lengua, Shaytán desaparece: se le debilita el espacio que ocupaba y su fuerza se hace insignificante, y es que ante Allah, lo falso se desvanece y Shaytán es falsedad. Es entonces cuando se muestra el Málak portando su inspiración, su Ilhám. Dice el Imam al-Ghaççali: “El corazón es un campo de batalla entre los Maláika y los Shayatín, se persiguen unos a otros como ejércitos en guerra, hasta que uno de los dos partidos vence y se apodera del país.” Continúa diciendo: “No te es posible conquistar tu propio corazón sino les cortas el paso a tus enemigos, si no les preparas emboscadas y los privas de sus provisiones. Vacía tu corazón de alimentos para Shaytán, que son las inclinaciones del Nafs, y acuartela en tu corazón tus guerreros que son los Dzikr, esos son tus maláika”. Yaber ben ‘Obaida se quejó ante su maestro al-’Alá ben Çiyad del fuerte Waswás que sentía en su pecho, y su shayj le dijo: “Tu pecho es como una casa por delante de la que pasan ladrones, si se asoman y no ven nada, pasan de largo”.

Se refería el maestro a la necesidad de vaciar el corazón de todo lo que pueda tentar a Shaytán e invitarlo a asaltarte. Por ello dice Allah a Shaytán en el Corán: “Sobre mis siervos no tienes ninguna autoridad”, es decir, no podrás arrebatar el entendimiento a los que son sinceros, a los muminín que se han confiado a Allah. Sólo el que hace de su Nafs un dios, sólo el que se adora a sí mismo, sólo ese, y son la mayoría de los hombres, son esclavos de Shaytán en los que Shaytán actúa a sus anchas derrotando al ser humano, atándolo a sus cadenas, cegando sus ojos, haciendo de él un espantajo sin carácter, siempre temeroso, siempre apabullado.